Por Victoria Bustos Arancibia
Las películas sobre la Segunda Guerra Mundial suelen reconstruir batallas, movilizaciones militares o violencia masiva, con un menor número de ejemplares enfocadas al horror cotidiano que transcurría a los márgenes del conflicto y el genocidio. La cinta dirigida por Silvio Soldini encuentra su inspiración para adaptar esta historia al cine, justamente en esos pasajes de la historia que pasan más desapercibidos. Sin recurrir a escenas bélicas o tramas de espías, el film construye un drama íntimo donde la amenaza no llega desde el frente, sino desde el plato servido sobre la mesa.
La historia comienza en 1943. Rosa, una joven que había estado viviendo en Berlín con su esposo, se refugia de los bombardeos con sus suegros en un pueblo cercano al cuartel general de Hitler, la llamada “Guarida del lobo” en Prusia, mientras espera que su marido vuelva de la guerra. Poco después de su llegada, es reclutada junto a otras mujeres para probar la comida destinada al Führer, y comprobar que no esté envenenada. Obligadas a comer las tres comidas diarias bajo vigilancia de la SS, las catadoras conviven entre el miedo y la sospecha. En ese entorno, Rosa intenta integrarse al grupo mientras establece vínculos volátiles y otros contradictorios.
La cinta transcurre con casi completa austeridad, apoyándose en la repetición de hábitos y la creciente tensión inherente al trabajo, para así recalcar la violencia primariamente psicológica que yace bajo la utilidad dictatorial de los cuerpos de las catadoras. Las comidas, los traslados escoltados y los silencios compartidos construyen una rutina opresiva donde el tiempo parece suspendido. La guerra permanece fuera de campo visual pero su peso se recuerda en cada conversación, en cambio, el enfoque está puesto en Rosa, sus días y noches, y a través de ella llegamos a vislumbrar algo de las vidas privadas del resto de las mujeres, quienes ante el secretismo forzado y la amenaza única a la que se enfrentan, terminan formando alianzas y conexiones que quizás sólo existen dentro de la olla a presión. La confianza y la desconfianza entre ellas se alterna constantemente.
Por ello es que gran parte del impacto de la película se debe a un trabajo decente de Elisa Schlott (Rosa) como protagonista, incluso ante giros o diálogos toscos. Con el material en mano, la intérprete convierte momentos de dramatismo evidente en muestras creíbles de variaciones emocionales contenidas. A su alrededor, el reparto secundario no goza de las mismas ventajas, teniendo que dar vida a personajes poco desarrollados, aunque lo logran al punto de dejar deseando por más contexto.
La fotografía sobria en tonos apagados que se despliega en todo momento, remite a la psicología del color con la que este género cinematográfico se ha identificado, subrayando la hostilidad e imposibilidad de llevar una vida feliz ante las circunstancias sociopolíticas. El entorno rural, aunque bien cuidado y combinado con el estilo visual, demuestra una escasez de escenarios que puede estancar la trama misma.
Sin embargo, el largometraje no siempre logra sostener la tensión que su premisa promete. El desarrollo avanza con cierta lentitud y algunos subtramas —una relación romántica, la identidad oculta de una de las catadoras, el destino del marido de Rosa— aparecen y desaparecen de la narración sin alcanzar todo su potencial dramático, relegándolas a detalles sin mayores consecuencias. La amenaza del envenenamiento está siempre presente, pero sólo a través del constante enunciado verbal mientras que la cámara toma demasiada distancia, capturando a las víctimas de la situación desde una visión clínica. La historia parece marcar el paso más que escalar emocionalmente.
Es una producción que, si bien no explota completamente sus posibilidades, aún así es una propuesta de punto de vista poco explorado por el cine histórico en general. Con la soledad y la resiliencia femenina en el foco central, hay una importancia temática patente. Nos encontramos con un relato entendible, fácil de seguir por despistados y adictos al teléfono, sus problemas radican más en la ausencia de una ejecución artística que aproveche mejor los recursos cinematográficos.
La película no busca ofrecer una revisión exhaustiva de la maquinaria Nazi, sino que se centra en el microcosmos de estas mujeres y las pequeñas decisiones que definen sus vidas en medio del horror. Y es desde esa sencillez que Las catadoras dejará a algunos espectadores satisfechos, incluso con la sensación de haber aprendido datos históricos comprobables —y otros no tanto— de la guerra en cuestión.
Ficha técnica
Título original: “Le assaggiatrici”
Título: Las Catadoras
Dirección: Silvio Soldini
Guion: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Cristina Comencini, Giulia Calenda, Ilaria Macchia, Lucio Ricca. Basado en la novela de Rosella Postorino
Fotografía: Renato Berta
Montaje: Carlotta Cristiani
Música: Mauro Pagani
Producción: Vision Distribution, Lumière & Co., Tarantula Suisse SA, Tellfilm
Reparto: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun
País: Italia (coproducción con Bélgica y Suiza)
Año: 2025
Duración: 123 minutos
Género: Drama
Distribuidora: CDI FILMS
Estreno en salas de cine: 16 de abril de 2026
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