Crítica de cine “Los rostros del diablo”: Enemigo interno

 

Por Paula Frederick

Los rostros del diablo (o Metamorphosis), la nueva entrega del director Kim Hong-seon, llega junto a la exitosa oleada de cine coreano que hace un tiempo invade carteleras, temporadas de premios y discusiones cinéfilas. Sin ir más lejos, se estrena a la cola de Parasite, el hit absoluto del coreano Bong Joon-ho, que hizo historia al obtener simultáneamente el Premio a Mejor Película y Mejor Película Extranjera en los premios de la Academia 2019. Quizás lanzar al mercado un nuevo thriller sea un acto osado, ya que las expectativas ante la producción cinematográfica del país oriental son cada vez más altas y eso inevitablemente genera comparaciones, a veces odiosas. Pero partamos reconociendo el mérito: bravo por el cine coreano, sus altos niveles de producción, creatividad y dividendos. Sin duda, un cine que hay que seguir.

Lo cierto es que la historia que nos propone Kim Hong-seon, desde el inicio parece a medio camino entre El Exorcista y Parasite. La comparación se vuelve inevitable: Terror explícito e in crescendo, un sacerdote con dudas existenciales que elude la fe, la promesa constante de un caos, el horror que viene desde adentro, de la intimidad, que rompe el cotidiano para dar paso al desconcierto. Ahora es la familia Kan-Gu quien ve como el terror y el caos se apoderan de su mundo privado, sin que exista una razón aparente para esta invasión, este parásito que poco a poco domina sus mentes y acciones. ¿Quién es entonces el enemigo? ¿Una presencia diabólica ajena? ¿O los propios demonios internos que se manifiestan? Más que resolver preguntas, la propuesta deja una inquietud suspendida: en tiempos de crisis, desorden y oscilación emocional ¿qué tan seguros podemos estar en nuestro propio entorno familiar?

Fuera del discurso moral, el contexto o las comparaciones ineludibles, Los rostros del diablo funciona. Es una película que resiste, que logra mantener el interés y lucha hasta el final como un cuerpo poseído, consiguiendo la metamorfosis completa de un film casero y predecible a una pieza original que, en cierta forma, se desmarca de sus antecesores y agrega un nuevo aire al panorama del cine de terror pasado y actual. En su esencia, la historia se transforma en un reflejo de los miedos transversales que todos, de alguna forma, tenemos. Sea una representación literal o figura, la inquietud está ahí y se acentúa en la cuarentena mundial, donde todos son llamados a quedarse en casa con los suyos. El lugar, supuestamente, más seguro. La película toca esa fibra, la del enemigo que está latente, que vive y se nutre de lo conocido, de lo íntimo, que puede tomar mil rostros y transformarse en una vía sin escapatoria, porque viene desde dentro.

Ese juego de espejos, donde los personajes se multiplican, pierden su identidad y se vuelven absolutamente impredecibles, es la sustancia de Los rostros del diablo y del cine coreano: en la pausa que promete caos, en la mirada entre conocidos que se desconocen, en la cámara que recorre la intimidad y se mete en todos los rincones sin pudor, porque sabe que ahí es donde se encuentra la acción y la mobilidad.

Puede que la película no nos cambie la vida, ni siquiera el modo de ver cine. Pero sí nos acerca a una forma distinta de filmar, a una sociedad y cultura de apariencia lejana, pero que tiene muchas historias que contar y miles de formas y rostros para hacerlo. Que nos muestra que no somos demasiado distintos, que nuestros miedos y formas más humanas, al final son las mismas. Y que el cine es el mejor medio para darlas a conocer.

Título original: Byeonshin
Dirección: Kim Hong-seon
Reparto: Bae Seong-woo, Sung Dong-il, Jang Yeongnam, Hye-Jun Kim
País: Corea del Sur
Duración: 113 minutos

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