Crítica de cine “Marighella”: El cine como acto revolucionario

 

Por Paula Frederick

“Quiero ser apenas uno entre los millones de brasileros que resisten”. Las palabras del escritor, político y guerillero brasilero Carlos Marighella, parte de su Minimanual of the urban guerilla, nacido de su lucha contra la dictadura de 21 años en el Brasil de los 60, luego del golpe de estado de 1964, son también en sí mismas un acto revolucionario, la férrea declaración de una voluntad. Pero la historia, claramente, no quiso que Marighella fuera un ciudadano más. Y el cine, tampoco. En su debut como director, el actor brasilero Wagner Moura, invitado a SANFIC 15, célebre por su interpretación de Pablo Escobar en la serie Narcos, realiza también su pequeña acción revolucionaria, al decidir contar otra historia más de un hombre extraordinario, que quizás nunca buscó serlo. Que no fue “apenas uno entre millones”, sino que consiguió movilizar masas, colapsar sistemas, crear principios y despertar la conciencia de muchos.

Con Marighella, presentada en la Berlinale 69 y film inaugural de SANFIC 15, Moura no se aproxima a la historia de forma invasiva: como si fuera un testigo silente y pudoroso, entra de a poco en la intimidad de Marighella (Seu Jorge), mientras construye un relato que deja crecer gradualmente y en forma natural en sus niveles de tensión, sin apuro por alcanzar el punto de ebullición. La historia sigue a Marighella una vez que termina su condena de un año en la cárcel y debe enfrentarse a la vida que, en cierta forma, había dejado suspendida; a un hijo que lo recuerda como una imagen mítica cada vez más difusa, así como a la propia urgencia por cambiar la situación de un Brasil violento, reprimido e inerte que, además, se ha transformado en una especie de marioneta del poderío norteamericano.

La causa de Marighella se construye en encuentros clandestinos, en la calma, el silencio y el uso de la palabra justa, en la reunión de mentes y espíritus que, como él, están dispuestos a dar todo por revertir la situación. Así, la narración de Moura se expande y sigue el pulso de los guerrilleros desde distintos prismas, a veces contradictorios, que son al final parte de un todo indisoluble: los retrata como seres individuales y a la vez colectivos, en su fuerza y también en su cobardía, como parte de un sistema que persigue un bien mayor, pero también como padres, hijos y hermanos que con su lucha ponen en peligro la vida de sus familias. Que intentan, infructuosamente, encontrar un equilibrio entre su universo privado y aquel mundo que quieren construir.

En dos horas y media de tensión creciente, momentos de crudeza, emotividad y desencanto, el relato de Moura se mueve como un péndulo entre distintos polos y formas de narrar, entre los bandos enemigos que se siguen constantemente y apenas logran encontrarse, entre lo evidente y lo que se calla, la lealtad y lucha colectiva que se enfrenta al más primitivo y egoísta sentido de supervivencia. La cámara, a su vez, también parece navegar entre estas dos aguas, entre una imagen nítida y explícita que luego da paso a un filtro granuloso, sucio y desenfocado, quizás como un retrato del estado interno de los personajes, tal vez como un juego de luces y sombras que solo se deja ver a través de sus propios contrastes.

El gran despliegue de personajes hace que, algunos de ellos, alcancen solo a esbozarse sin alcanzar su tridimensionalidad, como si fueran parte de un fresco histórico inmortalizado en alguna pared. Pero a medida que Moura acorta la visión y se vuelve más entrópico en su propio relato, enfocando el interés en Marighella y en sus cercanos, la dinámica se contrae y se vuelve más accesible, íntima y emotiva. Cuando se aleja de la voluntad de reivindicación histórica, de una ideología o del fracaso de una lucha y se queda en los primeros planos, en las conversaciones breves, en las relaciones de amistad que se quiebran solo con la muerte, o en un respiro contenido que puede salvar una vida.

La honestidad con que el director retrata a a Marighella, extrapolándolo desde su estampa de figura mítica a su condición de vulnerabilidad, hace que al final uno no busque en la película respuestas trascendentales, simplemente la urgencia de contar una historia humana detrás de una historia colectiva. Con matices, colores saturados, momentos borrosos y otros de claridad. Con un Sao Paulo como telón de fondo que parece suspendido en el tiempo y que a veces desaparece a contraluz.

Hacer cine es también hacer revolución. Es escoger el modo de contar una historia, dar luz a ciertas figuras y esconder otras tras las sombras, dejar fuera de campo un fragmento y resaltar lo que parece esencial. Mantener con consecuencia la lucha cinematográfica sin perder el norte ni desviarse en el camino, hasta que la pantalla se vaya a negro y aparezcan los créditos. Y en ese sentido, Moura gana la batalla.

Sábado 24 de agosto, a las 21:15 horas en Cinépolis La Reina.
Dirección: Wagner Moura
Año: 2019
Duración: 155 minutos

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