Crítica de cine “Michael”: Volver a Neverland

Por Paula Frederick

¿Cómo escribir sobre una biopic, dejando de lado la condición de fan? ¿Se puede juzgar la experiencia cinematográfica con objetividad, si el primer casete que recibiste en tu cumpleaños fue Dangerous, si descubriste el mundo de los videoclips con Thriller y te enamoraste del cine con Moonwalker? Desde ese lugar, ver Michael, de Antoine Fuqua (Día de entrenamiento), es asumir que la emoción ganará la partida. El aplauso se vuelve directamente proporcional a la cantidad de lágrimas derramadas, y los juicios se reemplazan por canciones entonadas a todo pulmón y pies en movimiento bajo la butaca. No sé si es el camino más fácil, pero sí el más genuino: dejarse llevar por esa emoción que desborda desde los créditos iniciales, cuando los mocasines negros aparecen en pantalla gigante, dejando entrever los calcetines blancos, relucientes como un halo de luz en la oscuridad. Basta esa imagen fugaz para tener la certeza: la entrega será total.

¿Por qué? Porque así es la naturaleza humana, diría Michael. Pero es bueno hacer el ejercicio. Estamos ante una de las biopics más esperadas de la historia, con un personaje inmenso en talento, matices, polémicas y alcance mundial. Frente a un estreno de estas dimensiones, hay que empezar con la persona en el espejo y pedirle compostura. O, al menos, esperar que esa emoción desborda no nuble el análisis y, sobre todo, la objetividad.

La primera escena de Michael resume el pulso de la película. Un niño de diez años (Juliano Krue Valdi, de voz y carisma extraordinarios) mira por la ventana mientras la nieve cubre a los niños que juegan en los antejardines de Gary, Indiana. El grito de Joe Jackson (un Colman Domingo aterrador y brillante) lo arranca de golpe de su fantasía: “¡Estamos ensayando, Michael, ponte en fila con tus hermanos!”. Así, los juegos y la libertad se derriten con la nieve, y ese niño inquieto vuelve a su precoz lugar de estrella, a golpe de gritos, noches sin dormir y castigos. Su infancia ideal queda atrapada al otro lado del vidrio, como una película que solo puede mirar desde lejos.

Michael regresa una y otra vez a esa escena inicial. Cada mirada nostálgica, cada sonrisa forzada, remiten al peso de ese padre y sus consecuencias: inseguridades físicas, la necesidad de rodearse de animales exóticos y fuera de su hábitat, una voz frágil que busca afirmarse. Ahí está la contradicción vital que mueve al propio MJ: la búsqueda desesperada de aprobación paterna y, al mismo tiempo, el impulso de escapar de su yugo. Respeto, miedo y rebeldía conviven en cada gesto, en cada partitura.

A corto andar, no quedan dudas: la película está contada desde la vereda de Michael. Resalta sus virtudes, candidez, su amor por sus hermanos y los animales desvalidos, su extrema sensibilidad. Aquí no se hace mención a las acusaciones de abuso, ni los juicios que lo acompañaron desde los noventa. La historia se detiene en 1988, antes de que esa dimensión invadiera su vida, dejando abierta la puerta a una eventual segunda parte que, se especula, ya estaría en producción.

Por ahora, queda la primera fracción, de dos horas de duración, donde vemos el ascenso del niño prodigio: el fenómeno de los Jackson 5, la relación con su madre, el estallido de Thriller y MTV, los conciertos y desmayos multitudinarios. En paralelo, la figura del padre se deforma, incapaz de contener a ese hijo que se transforma en superhéroe, mientras él se vuelve villano. Un creador que, como el doctor Frankenstein, contempla desconcertado la potencia irrefrenable de su propia creación, sabiendo que ya no le pertenece, pero incapacitado de soltarla.

Con el alma groupie herida, y agudizando el ojo cinematográfico, hay algo en Michael que no termina de cerrar. Quizás, la película confía demasiado en el magnetismo de su protagonista y se recuesta en su fama, en su pulso vital y en una audiencia ya conquistada, en lugar de ir más allá de lo evidente. En definitiva, hay poco riesgo. La película sigue con precisión los códigos de la biopic clásica: clichés, inflexiones de guion, frases emotivas y moralistas. Todo funciona, pero rara vez sorprende. Tampoco profundiza en zonas que pedían mayor desarrollo, como la alquimia creativa con Quincy Jones o el lugar de Jackson como artista afroamericano en una industria marcada por la segregación. A diferencia del impulso rupturista del artista en cuestión, el filme prefiere ceñirse al manual. La emoción está, y con creces. La sorpresa, en cambio, se queda corta.

Aun así, hay destellos que valen la pena: la relación con su chofer y confidente Bill Bray, el cameo de Mike Myers (similar al de Rapsodia Bohemia, del mismo productor de Michael), o las escenas con su madre, Katherine (Nia Long), ese refugio cálido donde la televisión y referentes como Chuck Berry o Fred Astaire delinean los sueños del pequeño Michael. Fragmentos de un mundo que siempre logra hacerlo sonreír.

Y luego, está Jaafar Jackson. Hijo de Jermaine y sobrino del propio Michael, su interpretación no es solo convincente: es magnética. Heredero directo de un legado imposible, logra apropiarse del gesto, la voz, el movimiento, sin caer en la imitación vacía. Hay ternura en su mirada, precisión en su cuerpo y una melancolía persistente que atraviesa cada escena. Es, sin duda, el corazón de la película. Un talento que, esperemos, no sea devorado por su primer rol cinematográfico.

Michael puede leerse como un homenaje para fans, o como un intento por suavizar una imagen que, incluso después de la muerte, sigue generando divisiones. Probablemente haya tiempo, y otra película, para abordar esas zonas más incómodas. Por ahora, esta entrega elige quedarse en la luz, alimentar el mito y la emoción compartida. Y quizás, ahí radique su mayor honestidad: más allá de cualquier análisis, hay experiencias que no se juzgan, se sienten.

Porque, al final, incluso cuando se encienden las luces de la sala y vuelve el ruido del mundo, algo de ese hechizo persiste. Tal vez no salgamos con respuestas, ni con una mirada definitiva sobre el hombre detrás del ícono. Pero sí con la certeza de que, por un par de horas, fuimos parte de ese universo donde todo era posible. Y mientras esa emoción siga intacta, mientras una canción baste para transportarnos, siempre podremos seguir inmersos en el mundo de Neverland.

Ficha técnica

Título original: Michael

Director: Antoine Fuqua

Guion: John Logan

Elenco: Jaafar Jackson, Juliano Krue Valdi, Colman Domingo, Nia Long, Miles Teller

Año: 2026

Duración: 127 minutos

Distribuidora: Andes Films

 

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