Por Juan Marín
En 1965, Marco Bellocchio irrumpió en el cine con I pugni in tasca, una ópera prima provocadora, punzante y extraordinariamente audaz, que con el paso del tiempo se consolidaría como una de las obras fundamentales del cine italiano moderno. Bellocchio no se limitaba a narrar la descomposición de una familia burguesa: utilizaba su núcleo doméstico como un microcosmos desde el cual dinamitar, con una ferocidad casi perversa, algunas de las instituciones y estructuras de poder más arraigadas de la sociedad: la familia, la religión, la burguesía y la moral tradicional.
La premisa era brutal: un joven epiléptico, perteneciente a una familia rica, comienza a concebir un plan para asesinar a sus propios familiares con el propósito de apropiarse de la herencia. Pero detrás de la violencia y de la provocación había algo mucho más complejo: una mirada corrosiva sobre las relaciones de poder, la enfermedad, la dependencia, la culpa y las formas de opresión que pueden esconderse detrás del honor burgués. I pugni in tasca no necesitaba acentuar su transgresión porque ella estaba inscrita en la propia estructura de la película.
Sesenta y un años después, el cineasta brasileño Karim Aïnouz retoma aquella película para realizar Rosebush pruning, una reinterpretación que, al menos desde mi perspectiva, no solo está muy lejos de la obra de Bellocchio, sino que constituye un fracaso cinematográfico de proporciones gigantescas. El problema no reside únicamente en que el resultado no esté a la altura del original (algo perfectamente legítimo en cualquier remake), sino en que parece no comprender aquello que hacía verdaderamente subversiva a la película de 1965. El contraste resulta particularmente penoso considerando que Bellocchio, con 86 años, continúa vivo para contemplar esta reinterpretación fallida de su propia obra.
Aïnouz traslada la historia del norte de Italia a la Cataluña contemporánea y sustituye a la familia burguesa de la posguerra por una familia estadounidense obscenamente rica, recluida en una lujosa residencia. El cambio de contexto podría haber resultado fructífero: actualizar el conflicto para hablar de las nuevas formas de privilegio, aislamiento y decadencia de las élites contemporáneas. Sin embargo, la película parece conformarse con convertir la riqueza en una colección de signos externos: ropa de alta costura, mansiones, marcas, cuerpos, excesos y comportamientos escandalosos.
Esta es la segunda incursión de Aïnouz en el cine anglósajón después de Firebrand, drama histórico y thriller psicológico ambientado en la corte Tudor que se concentra en los últimos meses de Enrique VIII desde la perspectiva de su sexta y última esposa, Catherine Parr. Aquella película, aun con sus problemas, dejaba entrever una voluntad de explorar un territorio cinematográfico distinto. Aquí, en cambio, esa ambición parece diluirse detrás de una estética deliberadamente estridente y de una provocación que pocas veces encuentra una verdadera dimensión intelectual.
La familia estadounidense rica y disfuncional sobre la que gira la película, lleva una vida aislada en una lujosa mansión en las montañas de Cataluña. El que está al frente de la familia es un patriarca ciego y manipulador, acompañado por sus cuatro hijos adultos: Jack, Edward, Anna y Robert. Encerrados en un mundo marcado por el lujo, la moda y el consumismo, los integrantes de la familia mantienen vínculos cada vez más perturbadores y cargados de secretos, conflictos y tensiones sexuales entre ellos. Todo se vuelve aún más extraño cuando sale a relucir la historia de la madre, quien supuestamente murió años atrás.
El problema es que Rosebush pruning no entiende como provocar con profundidad. Hay una voluntad evidente de construir una especie de artefacto pop perverso, pero debajo de su superficie estilizada parece existir muy poco pensamiento. La película está mucho más cerca de cierta estética de Eat the Rich asociada al cine de Emerald Fennell que de la violencia política, moral y psicológica de Bellocchio. Allí donde I pugni in tasca encontraba la perturbación en la propia lógica interna de la familia, Aïnouz parece necesitar constantemente exhibirla.
Resulta especialmente desconcertante que el guion esté escrito por el griego Efthimis Filippou, colaborador habitual de Yorgos Lanthimos y responsable de guiones tan extraordinarios como Canino y La langosta. Aquí, sin embargo, aquella capacidad para construir situaciones absurdas, inquietantes y moralmente ambiguas parece desaparecer. Todo está demasiado subrayado, explicado y enfatizado. La película parece una caricatura de la caricatura.
Los ricos hablan de marcas caras, presumen de cuánto dinero gastan y convierten su existencia en una sucesión de signos de estatus. Pero una sátira de las élites no puede reducirse a mostrar que los ricos son ricos, superficiales y desagradables. La verdadera sátira comienza cuando existe una comprensión más profunda de las estructuras que producen ese comportamiento. Aquí, en cambio, la película parece confundir la enumeración de objetos de lujo con una crítica al capitalismo y el exceso con una forma de pensamiento.
La perversión tampoco encuentra una forma cinematográfica verdaderamente perturbadora. Fetichismo, asesinatos, abuso sexual, violencia psicológica e incesto aparecen como mecanismos destinados a escandalizar, pero rara vez adquieren una verdadera densidad dramática. El problema no es que la película sea excesiva, el problema es que su exceso carece de consecuencias. La transgresión, cuando se utiliza únicamente como adorno, termina neutralizándose a sí misma.
Es inevitable pensar en Luis Buñuel, particularmente en El ángel exterminador, donde la burguesía podía ser destruida desde el absurdo, la crueldad y una inteligencia satírica extraordinaria. O incluso en Ruben Östlund, cuya mirada sobre las clases privilegiadas suele encontrar contradicciones mucho más precisas entre el comportamiento individual y las estructuras sociales que lo determinan. En comparación, Rosebush pruning parece no saber exactamente qué hacer con aquello que pretende atacar.
Su estética rosa, cercana a un videoclip de promoción de Gucci, termina reforzando esa sensación de superficialidad. Todo se siente fácil, calculado y vacío, con personajes que nunca alcanzan la dimensión necesaria para ser realmente transgresores. Es una película que parece querer ser “edgy”, como si mostrar semen, actos sexuales depravados o incomodar fuera suficiente para convertirse en una obra disruptiva. La provocación por sí misma es una herramienta extremadamente limitada. Lo verdaderamente difícil es conseguir que aquello que provoca también obligue al espectador a cuestionar la moralidad. Pero detrás de esa apariencia se percibe una alarmante pobreza narrativa.
Por eso resulta tan problemática la etiqueta de remake de I pugni in tasca. Más que una relectura, Rosebush pruning parece una apropiación superficial de algunos elementos de la película original: la familia, la enfermedad, la violencia, el deseo, la decadencia desprovistos de la complejidad que los hacía verdaderamente transgresor.
Bellocchio entendía que la familia podía ser una institución política y que destruirla cinematográficamente implicaba también cuestionar las estructuras sociales que la sostenían. Aïnouz, en cambio, parece creer que solo basta con vestir a sus personajes con ropa de lujo, encerrarlos en una mansión y hacerlos cometer actos cada vez más escandalosos.
La diferencia es fundamental.
Provocar es fácil. Lo difícil es tener algo verdaderamente subversivo que decir. Y Rosebush pruning, detrás de toda su supuesta sofisticación estética, parece tener muy poco que decir.
Ficha técnica
Título original: Rosebush pruning
Dirección: Karim Aïnouz
Guion: Efthymis Filippou
Países: Alemania-Italia-España-Reino Unido-Estados Unidos
Duración: 94 min
Reparto: Callum Turner, Riley Keough, Jamie Bell, Lukas Gage, Elle Fanning, Tracy Letts, Pamela Anderson.
Disponible: MUBI
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