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martes, octubre 4, 2022

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Crítica de “Después de mí, el diluvio”: Viaje al corazón de las tinieblas

Crítica de Teatro
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“Después de mí, el diluvio”: Viaje al corazón de las
 tinieblas
Por Jorge Letelier 
La frase que da título a esta obra de la catalana Lluïsa Canillé es una vieja sentencia atribuida a Luis XV un poco antes del estallido social que dio origen a la Revolución Francesa, y que luego fue repetida por el dictador congolés Mabutu cuando fue derrocado y debió abandonar el país en 1997. Vinculada al egoísmo y mesianismo político, la frase es situada en el contexto del post colonialismo en África, un espacio alejado del turismo social y de los intentos por combatir el hambre y la desigualdad, donde la explotación del hombre blanco aún mantiene un yugo brutal.
Escrita a partir de un informe de la FAO sobre hambruna y mortalidad infantil, sitúa la historia en la habitación de un hotel de Kinshasa, en la República Democrática del Congo, donde se reúnen un hombre de negocios europeo (Alejandro Castillo) que trafica con el Coltán, un apreciado mineral útil para armas y tecnología, y una traductora también extranjera (Katty Kowaleczko) quien le va a ayudar en una reunión con un hombre congolés. Este único espacio, neutro y sin casi ninguna referencia del exterior, opera, sin embargo, con una fuerte presencia del entorno a través de una sutil conversación entre ambos en que se revela de manera casi tangencial las relaciones utilitaristas y de explotación que ambos hacen del país.
Desde una sutil seducción y un afán inquisidor de él sobre la traductora, el diálogo entre ambos se centra en la forma en que han ejercido ese afán post colonialista, ya sea desde la explotación abierta de un mineral que incentiva el conflicto bélico –el caso de él- como de la negación y la falta de contacto con una realidad que se asume como terrible, en el caso de ella, quien no sale de los hoteles y cuya única actividad es tomar sol en la piscina. Con un sentido aletargado del ritmo en el diálogo pero muy sugerente en la forma de generar imágenes, el texto de Canillé dirigido por Alejandro Castillo apela al distanciamiento emotivo y a una mirada que si bien es sutil no deja de ser violenta por la plena conciencia de estos dos europeos de ser parte de esa cultura occidental que agota recursos naturales ajenos, derriba gobiernos y somete al hambre a sus habitantes en un círculo vicioso que ninguna ONG logra revertir.
La obra propone un giro impensado cuando el hombre africano se presenta en el hotel para hablar de un negocio. A pesar de que entiende el idioma del europeo, no lo puede hablar, por ello la intérprete se convierte en su voz. Esta arriesgada opción pone en evidencia el entramado fundamental de la obra puesto que el tercer personaje no aparece de cuerpo presente, es solo la voz de la intérprete y desde allí inicia el diálogo, generando una potencia expresiva singular en que cada parlamento se hace progresivamente más inquietante ya que la intérprete asume un rol similar a una médium.
Si bien es un texto cuya direccionalidad es muy clara en cuanto a su dimensión ética, la sugerente manera en que expone a los personajes como seres cuya desolación tiene contornos existencialistas, logra convertirse en un texto fuertemente político pese a que su intimismo puede dar la idea de una pieza sicólogica de cámara. Y esto es porque el diálogo entre el anciano africano y el hombre de negocios propone un punto de fuga sorprendente: el primero le pide al segundo que se lleve a su hijo a Europa primero haciéndolo pasar por una promesa del fútbol para luego rogarle que lo saque del país como un chofer o un guardaespaldas o lo que sea. Frente a la resistencia del europeo, el anciano padre enumera los horrores de la realidad cotidiana del país africano que el joven le ha tocado vivir: la violencia de la guerrilla, la pobreza y el hambre se aparecen en un texto cuya poética resuena violentamente y arroja al espectador la barbarie del explotador occidental, buscando remecer esa higiénica impasibilidad con que observamos la tragedia del continente negro. La dramaturgia de Cunillé es pletórica en imágenes y ofrece una seca intensidad que logra un contrapunto en la inmovilidad de los protagonistas y en el estatismo general de la puesta en escena porque logra resonar desde el laconismo expresivo de sus actores, sólidos desde lo gestual aunque con problemas de amplificación (al menos en la función asistida). De todas maneras, la opción de dirección de apostar por esta inmovilidad casi extrema puede resultar algo fatigante en la medida en que la acción es puramente verbal.
Resulta una sorpresa conocer la obra de esta dramaturga catalana premiada en 2010 con el Premio Nacional de Literatura Dramática en su país por la singular musicalidad de un texto en apariencia cotidiano y por la habilidad con que proyecta en esta obra en apariencia menor, una furiosa diatriba sobre la culpa y la injusticia. Como un gesto incómodo, potente e implacable, el giro en que el anciano revela la verdad final visibiliza la tragedia del tercer mundo, la hace corpórea y por un momento, la convierte en el fotograma de un abismo cuyo horror reverbera impasible frente a nuestros sentidos.
“Después de mí, el diluvio”
Teatro Mori Bellavista, viernes 21:30, sábado 20:30, domingo 20:00. Hasta el 17 de diciembre.

Valor general: Viernes $8.000 y sábado $10.000

Dramaturgia: Lluïsa Cunillé
Dirección: Alejandro Castillo
Elenco: Katty Kowaleczko y Alejandro Castillo
Producción: Loreto Moya

Diseño integral: Jorge “Chino” González y Alejandro Castillo

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