Por Carla Oriely
Desde las cazas de brujas en Salem hasta los linchamientos mediáticos contemporáneos, la historia demuestra que las comunidades suelen responder al miedo buscando un culpable antes que una explicación. Arthur Miller comprendió este fenómeno cuando escribió Las brujas de Salem como una crítica al macartismo de su país. Sin embargo, el verdadero poder de su obra trasciende ese contexto histórico, pues retrata un comportamiento profundamente humano: la facilidad con que una sociedad transforma la sospecha en certeza y la diferencia en amenaza. Esa misma premisa es la que recupera El efecto de ir hacia atrás, creación original de Adams Pino, con asistencia dramatúrgica de Francisca Molina, inspirada libremente en el clásico del dramaturgo estadounidense.
La obra se presenta como un thriller contemporáneo donde todo comienza con un video borroso compartido por WhatsApp. Lo que inicialmente parece un hecho menor desencadena una silenciosa cacería humana al interior de una comunidad vecinal. Entre rumores, interpretaciones y verdades construidas sobre información fragmentaria, Lucía, profesora de Historia, intenta cuestionar los acontecimientos desde la razón. Sin embargo, aquello que parece convertirla en la voz más sensata del grupo termina transformándola en el blanco perfecto: la comunidad necesita un culpable, y ella reúne todas las condiciones para ocupar ese lugar.
Más que una adaptación contemporánea de Las brujas de Salem, el montaje propone una reflexión sobre un fenómeno que parece repetirse cíclicamente en la historia. Desde la perspectiva de Carl Gustav Jung, podría decirse que la obra pone en escena el funcionamiento del inconsciente colectivo y, especialmente, el mecanismo de la proyección. Para el psicólogo suizo, los grupos humanos tienden a depositar sobre un individuo aquello que no desean reconocer como propio. La figura de la «bruja» deja entonces de ser un personaje histórico para convertirse en un arquetipo: el recipiente donde una comunidad descarga sus miedos, contradicciones y frustraciones. El efecto de ir hacia atrás demuestra que ese arquetipo continúa vigente. Cambian los escenarios, los discursos y las tecnologías; lo que permanece es la necesidad de fabricar un enemigo que permita preservar una aparente sensación de orden.
Uno de los mayores aciertos de la dramaturgia es precisamente la actualización del conflicto. La decisión de trasladar la acción a una junta de vecinos elimina cualquier distancia temporal con el espectador. Los personajes podrían pertenecer a cualquier barrio, cualquier grupo de WhatsApp o cualquier comunidad organizada. La amenaza ya no proviene de un tribunal religioso, sino de un rumor que circula con rapidez, de interpretaciones que se convierten en certezas y de la incapacidad del grupo para detenerse a verificar aquello que cree saber. La obra consigue evidenciar que la lógica de Salem no pertenece al pasado; simplemente encontró nuevas formas de manifestarse.
La economía de recursos también fortalece esta propuesta. Con apenas cuatro intérpretes, el montaje consigue construir la sensación de una comunidad mucho más amplia. Cada personaje representa una posición distinta dentro del comportamiento colectivo. Esa síntesis dramatúrgica demuestra que la histeria colectiva no depende de la cantidad de personas involucradas, sino de la velocidad con que un relato comienza a instalarse como una verdad incuestionable.
La puesta en escena evita cualquier exceso visual y apuesta por la contención. La escenografía sitúa la acción en un espacio reconocible, pero nunca compite con el verdadero conflicto: la transformación psicológica de una comunidad que reemplaza progresivamente el diálogo por la condena. Esa austeridad dirige la atención hacia las relaciones entre los personajes y permite que el espectador observe cómo el miedo modifica la forma en que estos se vinculan entre sí.
En este contexto, el diseño de iluminación adquiere un rol fundamental. Más que iluminar la acción, administra cuidadosamente la oscuridad. Las zonas en penumbra, los cambios de intensidad y la utilización de las «no luces» construyen una atmósfera donde la tensión parece crecer incluso durante los silencios. La oscuridad deja de ser una ausencia para convertirse en un lenguaje escénico que acompaña la progresiva pérdida de certezas. Aquello que no se ve termina resultando tan inquietante como aquello que permanece expuesto.
Uno de los momentos más significativos ocurre cuando Lucía comienza a ser definitivamente señalada por la comunidad. Mientras intenta responder a las acusaciones, una escoba cae inesperadamente sobre el escenario. El gesto posee una enorme potencia simbólica. No es necesario explicar la referencia para que el espectador complete inmediatamente la asociación con el imaginario de las brujas de Salem. Sin embargo, la fuerza de la escena no reside únicamente en esa cita visual. La escoba aparece justo en el instante en que Lucía deja de ser percibida como una profesora para convertirse en la representación de aquello que el grupo necesita condenar. La obra no sugiere la existencia de una bruja; evidencia el momento exacto en que una comunidad decide inventarla.
Las actuaciones sostienen con equilibrio esta construcción colectiva. Nicolás Alaluf, Fabiola Álvarez y Adams Pino construyen personajes creíbles que representan distintas formas de participar en la dinámica del grupo. La comunidad nunca aparece como un monstruo evidente, sino como un conjunto de personas comunes que, poco a poco, dejan de escuchar para comenzar a confirmar aquello que ya desean creer.
Dentro de ese equilibrio sobresale el trabajo de Ángela López en el rol de Lucía. Su interpretación sostiene el mayor peso dramático del montaje porque es el único personaje que experimenta una transformación profunda. Al comienzo intenta enfrentar el conflicto desde la razón, la evidencia y el pensamiento crítico, convencida de que los hechos bastarán para desmontar las sospechas. Sin embargo, a medida que comprende que el juicio colectivo ya no responde a la lógica, su interpretación adquiere nuevos matices.
Es precisamente en el desenlace donde su trabajo alcanza su mayor profundidad. La aparente aceptación del relato construido por la comunidad nunca se percibe como una derrota absoluta. Por el contrario, deja la impresión de que Lucía comprende finalmente las reglas invisibles que sostienen ese juicio colectivo y decide entrar en ellas para intentar recuperar el control de su propia historia. La escena recuerda, en cierta medida, a la resolución de El Menú, donde Margot logra sobrevivir no enfrentando directamente a Slowik, sino comprendiendo el código que organiza su universo. Del mismo modo, Lucía parece advertir que la razón ya no tiene cabida en un sistema construido sobre la necesidad de creer. En lugar de combatir ese mecanismo desde afuera, decide habitarlo. La obra nunca confirma si se trata de una estrategia consciente, una resignación o una transformación psicológica. Esa ambigüedad constituye uno de sus mayores aciertos y convierte el final en un espacio abierto a la interpretación del espectador.
Más que un thriller sobre un rumor, El efecto de ir hacia atrás termina siendo una reflexión sobre la psicología colectiva. El verdadero antagonista nunca es un personaje en particular, sino el comportamiento de una comunidad que necesita fabricar un culpable para sostener sus propias certezas. La sencillez de la puesta en escena, la inteligencia con que actualiza el universo de Arthur Miller, la solidez del elenco y una propuesta simbólica que dialoga con los arquetipos descritos por Jung, convierten a este montaje en una experiencia profundamente vigente.
Al finalizar la función comprendemos que el efecto de ir hacia atrás no consiste en regresar a Salem. Consiste en descubrir que nunca dejamos de estar allí.
Ficha técnica
Título: El efecto de ir hacia atrás
País: Chile
Versión y puesta en escena: Adams Pino Parra
Dramaturgia original: Las brujas de Salem, de Arthur Miller (versión libremente inspirada)
Asistencia de dramaturgia: Francisca Molina
Diseño de escenografía e iluminación: Tobías Díaz
Asistencia de dirección: Sebastián Rubio
Universo sonoro y registro audiovisual: Nicolás Bravo
Elenco: Ángela López, Nicolás Alaluf, Fabiola Álvarez y Adams Pino
Producción y marketing: Agencia Faro
Duración: 80 minutos
Edad recomendada: +12 años. Contiene cambios bruscos de iluminación y luces de alta intensidad.
Coordenadas
Desde el 23 de julio hasta el 2 de agosto.
Jueves a domingo, 19:00 horas.
Entradas generales a $7.000 y $4.000 para estudiantes y tercera edad
Teatro del Puente (Río Mapocho, entre los puentes Pío Nono y Purísima, Santiago).
Entradas: Ticketplus.
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