Por Carla Oriely
Hay conflictos cuya dimensión resulta difícil de representar sin reducirlos a una imagen, una consigna o una sucesión de acontecimientos. Cuando la historia está atravesada por la violencia, la pérdida y las disputas por un territorio, el desafío artístico consiste en encontrar una forma de aproximarse a esa realidad sin convertirla en una representación más de aquello que ya conocemos. En El espacio de acá, escrita y dirigida por Andrea Giadach, el camino elegido es el de la abstracción. La obra toma distancia de la Tierra para volver a ella, construyendo un universo escénico que cruza episodios de la historia palestina con algunos hitos de la carrera espacial. Desde ese desplazamiento, el montaje propone una paradoja: alejarse del territorio para intentar comprender aquello que permanece profundamente arraigado en él.
Primera parte de la trilogía Proyecto Azul, la obra se articula a partir de la historia de un personaje que acaba de presenciar la muerte de su mejor amigo y que, tras enterarse de la noticia por medio de la madre de aquel, emprende un viaje que le permita reconstruir relatos junto a las voces de quienes ya no están. La pérdida personal funciona como punto de partida para una búsqueda que excede la experiencia individual. A través de voces reales e imaginadas, el relato abre un espacio para recuperar memorias y dar lugar a las ausencias. La muerte no aparece únicamente como un acontecimiento que clausura una vida, sino también como aquello que obliga a quienes permanecen a preguntarse cómo narrar lo perdido.
El espacio exterior opera aquí como una posibilidad narrativa. Frente a la inmensidad del universo, la Tierra puede observarse desde otra perspectiva, como si la distancia permitiera suspender, al menos momentáneamente, las fronteras que organizan nuestra percepción del mundo. Sin embargo, el montaje no abandona lo terrenal. Por el contrario, sus referencias visuales remiten a una geografía reconocible, marcada por los tonos de la tierra y por una materialidad que evoca los paisajes de Medio Oriente. La abstracción, entonces, no supone una renuncia a lo concreto, sino una forma de aproximarse a ello desde otro lugar.
Esta tensión se manifiesta especialmente en la puesta en escena. En un único espacio, los colores tierra construyen una atmósfera que remite al territorio y contrasta con la dimensión espacial sugerida por otros elementos del montaje. Los ruidos intensos y el humo irrumpen en ese universo, alterando la percepción y aportando una dimensión sensorial que escapa a la representación literal. Los cascos iluminados, que evocan los utilizados por los astronautas, refuerzan el cruce entre ambos mundos. La escena no necesita reconstruir un paisaje reconocible ni reproducir imágenes explícitas de la violencia para establecer una relación con el conflicto. Su apuesta consiste en sugerir, desplazar y generar asociaciones. En ese sentido, uno de los aciertos de la propuesta es encontrar una identidad visual propia frente a una realidad que suele aparecer representada mediante imágenes reiteradas de destrucción y sufrimiento.
La carrera espacial, asociada a la conquista de nuevos horizontes y al deseo de trascender los límites humanos, entra en contacto con una realidad en la que la relación con la tierra continúa siendo un asunto urgente y conflictivo. Mientras el imaginario espacial invita a pensar en la posibilidad de contemplar el planeta desde la distancia, la historia palestina devuelve la mirada hacia un territorio concreto, atravesado por la violencia y la pérdida. En esa contradicción reside parte del interés de la propuesta: la posibilidad de observar el mundo desde lejos no implica necesariamente comprenderlo mejor, pero puede abrir otras formas de aproximarse a aquello que sucede en él.
Otro aspecto significativo se encuentra en el trabajo de Deby Kaufmann Levy y Lorena Ramírez Álamo, quienes construyen interpretaciones convincentes dentro de un lenguaje escénico alejado del realismo convencional. Ambas actrices interpretan figuras masculinas sin recurrir a una caracterización exterior que reproduzca de manera literal su apariencia. La decisión desplaza la atención desde el vestuario hacia las posibilidades expresivas del cuerpo y la voz, demostrando que la construcción de un personaje no depende exclusivamente de su representación física. Este recurso dialoga con la abstracción del montaje, donde las identidades se configuran dentro de un universo que invita al espectador a completar aquello que no se muestra explícitamente.
Uno de los elementos más llamativos del trabajo actoral es la irrupción de cantos que, desde una exploración experimental, evocan sonoridades tradicionales de Medio Oriente. Su aparición resulta inesperada y transforma por momentos la experiencia de observación en algo más sensorial. Hay en esas voces una cualidad envolvente, cercana al trance, que suspende la necesidad de comprender racionalmente cada situación y permite entrar en otra dimensión del montaje. La experiencia sonora parece abrir un camino distinto hacia la memoria y la emoción, allí donde las palabras no necesariamente alcanzan para dar cuenta de la pérdida. En estos momentos, la obra encuentra una forma de comunicación que no depende exclusivamente del relato, sino también de aquello que la voz es capaz de provocar en el cuerpo de quien escucha.
La presencia de una actriz de origen palestino y otra de origen judío compartiendo el escenario introduce, además, una dimensión significativa en la lectura del montaje. Sus procedencias dialogan con una historia atravesada por tensiones políticas, culturales e identitarias. Sin embargo, el interés de esta colaboración no reside únicamente en su dimensión simbólica, sino también en la posibilidad de sostener una representación que permita escuchar distintas voces sin reducirlas a una oposición simplificada. El teatro se convierte así en un lugar de encuentro, aunque ese encuentro no implique borrar las diferencias ni resolver las tensiones que atraviesan la historia.
La abstracción que recorre El espacio de Acá también plantea una exigencia para el espectador. La historia avanza a través de situaciones y asociaciones que no siempre resultan fáciles de seguir desde una lógica narrativa convencional. El cruce entre la carrera espacial, los testimonios reales y las voces imaginadas construye un relato que requiere una disposición particular para entrar en su universo. En lugar de conducir al público por una secuencia de acontecimientos claramente delimitados, la obra invita a establecer conexiones entre imágenes, relatos y memorias. Esta elección puede volver compleja la comprensión de la historia, pero forma parte de un lenguaje escénico que privilegia la sugerencia por sobre la explicación.
Al terminar la función, queda una sensación de extrañeza que no se resuelve necesariamente con una comprensión completa del relato. Lo que nos invita a salir con preguntas que permanecen más allá de la experiencia teatral. La mirada vuelve inevitablemente hacia Gaza y hacia las consecuencias humanas de un conflicto en el que tantas personas inocentes han perdido la vida. Frente a una tragedia de esta magnitud, resulta difícil permanecer indiferente ante la distancia que puede establecerse entre los acontecimientos y quienes los observan desde otros lugares. La obra no entrega respuestas definitivas, pero abre un espacio para detenerse a pensar en las vidas que desaparecen, en las historias que quedan interrumpidas y en la necesidad de preservar la memoria de quienes ya no pueden contar su propia experiencia.
El espacio de acá propone mirar un conflicto terrenal desde un lugar inesperado. Su puesta en escena, el uso de la abstracción y el cruce entre memoria y exploración espacial construyen una experiencia que se distancia de las formas más habituales de representar la violencia. Aunque su relato puede resultar complejo de seguir, el montaje encuentra en sus imágenes, sonidos y cantos una vía para aproximarse a aquello que no siempre puede explicarse mediante las palabras. Su mayor interés está en esa tensión entre la distancia y la cercanía, entre la inmensidad del universo y la materialidad de la tierra. Porque, incluso cuando la mirada intenta alejarse lo suficiente para observar el mundo en su conjunto, hay historias que insisten en devolverla al lugar del que nunca ha podido desprenderse.
Ficha técnica
Título: El Espacio de Acá
País: Chile
Dirección y Dramaturgia: Andrea Giadach
Actrices: Deby Kaufmann Levy y Lorena Ramírez Alamo.
Diseñadora: Rayen Morales Cayupán y Alioshka Calderón
Creación Visuales / Registro: Riki Portugueis
Música: Marcello Martínez y Deby Kaufmann
Diseño gráfico: Javier Pavez
Productoras: Francesca Ceccotti y Catalina Rosas
Comunicaciones: Francisca Yévenes | Loica Cultura
Apoyan / colaboran: CIP, Centro de Información Palestina; BAJ Metropolitana y Palestinart
Edad recomendada: mayores de 14 años. Uso acotado de humo y estridencia sonora.
Coordenadas
Desde el 23 al 30 de octubre 2026
Hora: 19:30 hrs. (Chile)
Duración: 65 minutos
Teatro Camilo Henríquez (Amunátegui 31, Santiago).
Entradas en: https://ticketplus.cl/events/el-espacio-de-aca
![]()

