Por Galia Bogolasky
El vicio absurdo regresa al Teatro La Memoria, después de 33 años, bajo la dirección de Rodrigo Pérez y con Claudia Di Girólamo nuevamente sobre el escenario, es un reestreno que entiende que el tiempo transforma inevitablemente el sentido de una obra. Lejos de reproducir el montaje de 1993, la nueva versión convierte la memoria en el eje de su propuesta escénica y sitúa al espectador frente a una pregunta profundamente teatral: ¿Qué ocurre cuando una actriz vuelve a interpretar un personaje tres décadas después?
La puesta en escena parece sostenerse sobre una estética de la contención. El diseño integral de César Erazo Toro y el universo sonoro de Guillermo Ugalde privilegian un espacio donde la palabra y el cuerpo adquieren protagonismo absoluto. Esta sobriedad dialoga con la tradición escénica de Rodrigo Pérez, cuyo trabajo a través del Teatro La Provincia ha privilegiado históricamente la intensidad del acontecimiento teatral por sobre la espectacularidad visual. En este contexto, cada elemento escénico parece dispuesto para construir un territorio liminal entre el recuerdo y el presente, donde la representación se vuelve también una reflexión sobre sí misma.
El mayor atractivo del montaje se sostiene en la desbordante interpretación de Claudia Di Girólamo. La actriz no solo vuelve a encarnar a Virginia Woolf en los instantes previos a su muerte; también interpreta el acto mismo de regresar a un personaje que marcó un punto de inflexión en su carrera. Esa doble dimensión convierte el monólogo en un ejercicio de gran complejidad interpretativa, donde confluyen la memoria personal, el oficio actoral y la ficción dramática.
Más que interpretar a Virginia Woolf, la actriz establece un diálogo con ella, pero también consigo misma. Su trabajo oscila constantemente entre la representación y la conciencia de estar representando, construyendo un delicado equilibrio entre vulnerabilidad, lucidez y dominio técnico. El personaje que interpreta aborda los dolores de su vida, la muerte del hermano, la soledad, la historia, el pasado, y las tragedias, que recalca que han sido muchas. También aborda el tema del abuso, a través de un texto que se proyecta en pantalla escrito por Virginia Woolf en 1939, donde menciona el abuso que sufrió de parte de su hermanastro Gerard Duckworth.
La propuesta de incorporar las preguntas de la propia actriz dentro del texto abre una posibilidad escénica especialmente fértil. Di Girólamo deja de ser únicamente intérprete para transformarse en un sujeto que expone las dudas del proceso creativo, borrando deliberadamente la frontera entre actriz y personaje. Esa decisión promete una interpretación menos apoyada en la representación clásica que en la experiencia acumulada de una artista que dialoga con su propia trayectoria.
Roberto Baeza escribió el texto hace 33 años, cuando tenía 19 años. Es impresionante pensar que alguien tan joven, en esa época, haya escrito un texto así. La dramaturgia resiste notablemente el paso del tiempo. El texto original conserva su capacidad evocadora y las nuevas incorporaciones dialogan con él sin fracturar su unidad. El recurso metalingüístico no opera como una actualización forzada, sino como una evolución natural de una obra que ahora reflexiona sobre su propia existencia. El «vicio absurdo» deja de ser únicamente la necesidad de escribir de Virginia Woolf para transformarse también en la necesidad —igualmente absurda e inevitable— de hacer teatro. El «vicio absurdo» deja de pertenecer exclusivamente a la escritora inglesa para extenderse también a la actriz que insiste en representar y al director que vuelve sobre una obra fundacional. La creación artística aparece entonces como una necesidad persistente que atraviesa generaciones y disciplinas.
Cuando la actriz entra en escena, aborda en varios momentos la importancia de la memoria emotiva, el método de Stanislavski (En ese momento se escuchan risas del público en el estreno, compuesto por varios actores, que claramente entienden bien este concepto). En el texto aparecen varias frases potentes y bellas que pude rescatar, como “Estoy sola en un mundo hostil” y “Esa es la fisura por la cual se vislumbra el desastre” que reflejan tan bien el personaje de Woolf, y que cualquiera se puede sentir identificado/a y conectado/a con el relato.
La dirección de Rodrigo Pérez funciona muy bien y se observa esa confianza que tiene con la actriz con la que ha trabajado en innumerables montajes. El escenario ya no funciona únicamente como espacio de representación, sino también como lugar de memoria, donde conviven el montaje original, el presente de sus creadores y la mirada del espectador contemporáneo. Es una puesta en escena que incorpora las tecnologías que usa el teatro contemporáneo, como recursos de sonidos, a través de varios micrófonos en escena, donde se crean secuencias, loops, y resonancias. También se incorporan proyecciones al fondo del escenario, que son una maravilla, y logran complementar este montaje de manera bellísima. Cada elemento en el escenario, como las pierdas, y el agua están dispuestos con una intención, que funciona a la perfección. El vestuario es bellísimo, donde vemos a la actriz con una propuesta moderna, jeans, una camisa, zapatos muy sencillos, un abrigo bellísimo, que juega con las mezcla de textiles, para luego aparecer con una falda abultada, un sombrero negro enorme, donde podemos apreciar esa combinación entre la actriz, y el personaje de Virginia Woolf.
El reestreno tiene un sentido más allá que de una recuperación histórica. El vicio absurdo parece interrogar el propio sentido del teatro: una práctica efímera que solo puede sobrevivir a través del recuerdo y de nuevas interpretaciones. En tiempos donde la nostalgia suele convertirse en un recurso fácil, la obra apuesta por una revisión crítica del pasado, entendiendo que toda memoria es también una forma de reescritura. Más que celebrar un hito de la escena chilena, este regreso parece proponer una conversación entre distintas edades del arte y de la vida. Si el montaje consigue materializar sobre el escenario las preguntas que anuncia su propuesta, El vicio absurdo no solo recupera un clásico del teatro nacional, sino que demuestra que las grandes obras permanecen vivas precisamente porque nunca vuelven a ser las mismas.
FICHA ARTÍSTICA
Título: El vicio absurdo
Puesta en escena: Rodrigo Pérez
Dramaturgia: Roberto Baeza
Elenco: Claudia di Girólamo
Diseño Integral y fotografías: César Erazo Toro
Música: Guillermo Ugalde
Comunicaciones: Catalina Córdova
Producción: Mekánik Celeste
Compañía: Teatro La Provincia
Coordenadas
Fecha de temporada: 23 de julio al 15 de agosto
Días y horario: Jueves a sábado a las 19:30 hrs
Lugar: Teatro La Memoria (Bellavista 0503, Providencia, Santiago)
Venta de entradas: Ticketplus: https://ticketplus.cl/events/el-vicio-absurdo-2026-07-23-07-30-00-0400
Duración: 60 minutos
Edad sugerida: +14
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