Crítica de Teatro “Estado vegetal”: Hacia una teatralidad ramificada


Crítica de Teatro
“Estado vegetal”: Hacia una teatralidad ramificada
“La inteligencia es la capacidad de resolver problemas. Si consideramos la inteligencia de esta forma, podemos decir que las plantas son seres muy inteligentes”. Stefano Mancuso.


Por Jorge Letelier F.

La idea de realizar un teatro post antropocéntrico, es decir, uno que relativice la experiencia humana como centro y eje narrativo y experiencial, ha sido explorado por la directora y dramaturga Manuela Infante desde varias obras a la fecha. Así, en “Multicancha” (2012), “Zoo” (2013) y “Realismo” (2016), indagó en caminos en las que alejándose del discurso teatral convencional (entendido como la práctica en torno a un texto y la interpretación), especuló sobre ciertas realidades que escénicamente pueden constituirse en nuevas formas de sentido.
“Multicancha” fue un experimento en torno a la voz y el cuerpo intentando un nuevo lenguaje no textual; en “Zoo” fue la imposibilidad de situar a la palabra como parte de un lenguaje racional que explique la realidad, y en “Realismo”, a partir de la filosofía del realismo especulativo analizó una posible idea de representación en torno a los objetos como centros neurálgicos de puesta en escena y por ende, post antropocéntricos.
Estas búsquedas estéticas para entender al teatro y el arte desde una racionalidad nueva y diversa, especulativa en su sentido más consciente, ha hecho de Infante la dramaturga y directora más imaginativa y vigorosa de la escena teatral local. En su trabajo confluyen una búsqueda filosófica sobre los alcances de la representación y una reflexión sobre el dispositivo escénico acorde a esos cuestionamientos.
Si en sus trabajos anteriores estas premisas eran abordadas en un camino expansivo frente a la convencionalidad teatral, en “Estado vegetal” el experimento de pensar una puesta en escena que considere tales reflexiones es un ejercicio íntegro que viene a ser como una especie de compendio de sus intereses.
Tomando como base el pensamiento de filósofos como Michael Marder y botánicos como Stefano Mancuso, que buscan redefinir la relación entre el hombre y el reino vegetal en función de reconocer rasgos como la inteligencia, conciencia y alma de las plantas, y por ello de intentar un nuevo estado de conciencia y pensamiento, Manuela Infante reflexiona en “Estado vegetal” sobre cómo se podría constituir esa nueva relación cuestionando la jerarquía habitual, a partir de un hecho policial: el accidente que sufre un joven en moto cuando choca con un árbol y queda vegetal.
En términos simples, se trata de un monólogo a cargo de la actriz Marcela Salinas (también coautora del texto) quien representa a siete personajes que en mayor o menor medida, orbitan en torno a la historia de origen. A través de declaraciones como testigos del hecho, comparecen un desopilante guardia municipal, una joven con discapacidad cognitiva, una vecina y la madre del afectado, quienes abren las posibilidades de entender el hecho desde la manera racional hasta especular de que el gigantesco árbol quizás haya impedido el paso del motonetista a través de un acto intencional. Infante establece una narración errática, ambivalente, de supuestas certezas y de otras ideas deliberadamente inasibles a través de un fascinante texto “que se va por las ramas” literalmente, y donde los personajes generan un desplazamiento de la comunicación en todas direcciones: desde un diálogo imaginado entre madre e hijo, hasta el verbalización de pensamientos de la joven con discapacidad, o frases repetidas que superpuestas (a través de un efecto loop) van perdiendo su sentido discursivo tradicional. Es genial como la directora y su notable intérprete establecen una dramaturgia de un texto reconvertido a un espacio sonoro para imaginar lo que podría ser una “conciencia vegetal narrativa” que se desplaza en todas direcciones tal como el sistema orgánico de las plantas que es ramificado y no centralizado como el humano. Por cierto que se requiere de parte del espectador de una contemplación atentísima a esta puesta en escena fascinante que de repente y a modo casi lúdico, va lanzando frases que dan cuenta de esta conciencia como una que se repite insistentemente desde el efecto de audio: “No me puedo mover”, aludiendo al estado vegetativo del joven accidentado y que sirve de puente con un nuevo estado de conciencia vegetal.
Atenta al habla de cada uno de los personajes y a su forma de deconstruirlo, Marcela Salinas ofrece una interpretación magistral que es oscilación pura: desde el gesto a la palabra dubitativa, del movimiento casi zen al uso de los objetos, su performance asombra por evadir las convenciones de la representación e instalarse en una zona expresiva de variados contornos que se resisten a ser definidos. Si hay una línea causal que permite establecer un relato, podría decirse que esta va desde la pesquisa “policial” (los testimonios reales) a la emergencia de un sentido nuevo en que las plantas adquieren conciencia de su espacio y rol en el mundo (el relato de la jardinera y de la anciana campesina cuya casa es tomada por las plantas y se funde con ellas), hasta la plena conciencia del sometimiento humano y el daño causado (el incendio) y finalmente el juicio que el mundo vegetal hace de la especie humana a través del accidente del comienzo.
Podría decirse que Infante reflexiona en torno a la idea de una “sublevación” vegetal para reivindicar sus derechos como una especie paralela, no inferior al hombre, que tiene inteligencia y sensibilidad. Sus soluciones escénicas al respecto son notables en cuanto utiliza un diseño casi abstracto en que la luz y el movimiento, un fondo estilo coro griego y una deslumbrante metáfora del fuego y las ramas quemadas sirven para generar un discurso más sensual que racional en que las certezas del lenguaje teatral y en especial las del discurso hegemónico aristotélico se refundan en una concepción orgánica –si cabe el término- de hacer avanzar los materiales expresivos de la puesta en escena a un camino ramificado en todas direcciones, que tal como dice un personaje respecto al reino vegetal, “¿cómo es crecer sin un centro?”
O quizás todo se trata de una recomposición del equilibrio natural, donde el hombre se funde en un vínculo orgánico con el mundo vegetal, en una suerte de mimetización al revés como una nueva forma de subsistencia, como parece ilustrarlo una de las escenas finales. Así lo ha explicado la propia directora, en cuanto a que un posible camino del teatro es recuperar el misterio inherente de lo que no es visible, y que necesariamente pasa por situar el punto de vista más allá de lo que la racionalidad establece. Esa puede ser una de las lecturas posibles que se desprenden de esta obra fascinante y provocadora, el mejor estreno del año del circuito teatral.
Estado vegetal
GAM, Sala A2 hasta el 16 de diciembre, 20:30 HRS.
Dirección: Manuela Infante
Dramaturgia: Manuela Infante y Marcela Salinas
Elenco: Marcela Salinas
Diseño integral: Rocío Hernández
Música y diseño sonoro: Manuela Infante
Producción: Carmina Infante
General $8.000, $4.000 est. y tercera edad.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*