Por Isabel Agurto
El regreso de Los invasores a la Sala Antonio Varas seis décadas después de su estreno tiene la fuerza de un espejo que no miente, porque el país que Wolff retrató sigue reconociéndose en él. Los invasores de Egon Wolff se estrenó en 1963 en esta misma sala bajo la dirección de Víctor Jara, con Bélgica Castro como la Tole-Tole y Tennyson Ferrada como El China. Volver a ese origen en 2026, año del centenario de su autor, más que un gesto conmemorativo, es una apuesta por demostrar que el texto no necesita actualización porque nunca envejeció. La dirige ahora Marcelo Leonart, con Gabriel Cañas, Jaime McManus y Paulina Urrutia como protagonistas.
La escenografía se impone desde el momento en que el espectador entra a la sala. Todo en grises, vertical, con una escalera que domina el espacio y dos lámparas de candelabro que suben cuando comienza la acción y bajan cuando termina, como si la obra respirara. Reconocemos una casa del barrio alto que dice bastante sobre quién vive adentro y quién queda afuera. La iluminación y la paleta cromática sostienen ese tono entre sueño y realidad que el propio Leonart ha declarado como eje de su propuesta. Las entradas y salidas de los personajes por los pasillos del teatro, entre las butacas, refuerzan esa lógica onírica. Todas decisiones coherentes con lo que se espera de este director, y en su conjunto logran sostener la ambigüedad que el montaje se propone.
En ese espacio, Lucas Meyer (Jaime McManus) y Pietá (Paulina Urrutia) regresan de una fiesta cargando un miedo difícil de explicar. Temor a perder la riqueza, el estatus, la vida perfecta edificada con tanto cuidado. Esa misma noche aparece El China (Gabriel Cañas) en la casa de los Meyer. Un hombre que vive al otro lado del río, uno de los llamados «harapientos», seres inofensivos, según expresa Lucas, pero siempre que se queden al otro lado del río. Ese río que Wolff instala como frontera simbólica representa la distancia que cierta clase necesita mantener para no ver lo que hay más allá.
El China irrumpe en la casa y se muestra oscilante entre la amenaza y la súplica, entre quien viene a cobrar una deuda histórica y el hombre que pide solo un pedazo de pan. Junto a la Tole-Tole (Nicole Vial) y el resto de los invasores, opera sobre la mente de Lucas, quien rápidamente va cediendo en todo lo que le piden. Por culpa. Una culpa difusa, nunca del todo articulada, sobre cómo se amasa la riqueza en este país. Esa idea es muy poderosa en el texto y se mantiene vigente incluso después de 63 años. Y la estructura de la obra lo refuerza, porque todo podría haber sido un sueño, una pesadilla burguesa de la que se despierta aliviado; pero la situación inicial retorna, y Wolff nos deja plantada la idea del ciclo que parece repetirse y la historia que avanza en espiral.
El elenco revela dos tonos que conviven con tensión a lo largo de la obra. Paulina Urrutia entrega una actuación excepcional como Pietá. Es ella quien da la nota más realista del montaje, quien se siente verdaderamente inmersa en la pesadilla que se va instalando. En su miedo hay algo físico, urgente, que ancla la obra en lo concreto justo cuando todo lo demás tiende hacia lo abstracto. Jaime McManus apoya ese mismo tono con solidez. Gabriel Cañas, por su parte, se mueve con soltura entre lo amenazante y lo alegórico, ya que cuando está frente a Lucas es un antagonista genuino, capaz de doblegarlo, y cuando lidera al grupo invasor, El China parece intentar que las cosas estén a la altura de lo que se propone. Porque no es solo un hombre con hambre, es una figura ideológica que acusa a Meyer con precisión moral, y que persigue algo más que pan o abrigo. Esa ambigüedad es la más difícil de sostener en escena, y Cañas la habita con convicción.
El elenco joven opera en una frecuencia distinta. Los personajes secundarios del grupo de los invasores, El Cojo y Alibabá, en esta puesta son personajes femeninos interpretados por actrices jóvenes (Almendra Báez y Marcela Adriana), decisión que se entiende dentro de una lectura contemporánea. El problema es que, a ratos, esa energía juvenil se convierte en ligereza. Los invasores parecen niños jugando, y cuando eso ocurre, el miedo y la incomodidad del texto se disipan. Un caso aparte es lo que pasa con el personaje de Bobby (Gabriel Bastías), el hijo de los Meyer, cuya primera aparición genera risa en la sala. Podría leerse como un error de tono, pero hay otra lectura posible, y es que Bobby es un personaje que el público reconoce; ese joven de clase alta, algo ridículo y un poco perdido que respalda la causa de los harapientos e incluso ofrece su voz como representante, es una figura que Chile conoce bien, y está especialmente instalado desde el estallido de 2019. La risa que provoca puede venir de esa incomodidad de reconocimiento.
Con todo, remontar Los invasores en 2026 tiene una carga adicional impuesta por la actualidad social y política de Chile. Desde el agotamiento de un estallido social que sacudió el país hace siete años y que no encontró resolución estructural, las élites económicas mantuvieron intacto su poder, la desigualdad persistió y las instituciones siguieron profundamente desprestigiadas. Y encima de ello, en marzo de este año asumió el gobierno más de derecha en 35 años de democracia. El río de Wolff sigue ahí y ahora tiene nombre y coordenadas. La culpa de Lucas, esa incomodidad de clase que no termina de articularse, es hoy el estado de ánimo de un país que eligió mirar para otro lado.
Wolff escribió una advertencia para 1963, y para cualquier año en que el río siga dividiendo. Este es uno de esos años.
Ficha técnica
Título: “Los invasores”
Dirección: Marcelo Leonart
Asistencia de Dirección: Catalina Rozas
Elenco: Paulina Urrutia, Jaime McManus, Gabriel Cañas, Nicole Vial Marcela Adriana, Gabriel Bastías, Francisca Suárez, Almendra Báez.
Diseño integral: Kristian Orellana
Diseño de vestuario: Gabriela Torrejón
Diseño sonoro: Dante Leonart
Comunicaciones: Catarina Vásquez
Diseño gráfico TNCh: Alonso Morales
Equipo Técnico TNCh: Joaquín Riquelme, Hugo Hernández, Guillermo Cerón, Sebastián Chávez
Producción: Teatro Nacional Chileno
Coordenadas
Teatro Nacional Chileno, sala Antonio Varas (Morandé #25, Santiago, Metro U. de Chile)
Del 3 al 27 de junio
Funciones de miércoles a sábado a las 19.30 horas
$10.000 Entrada general; $5.000 Estudiantes y tercera edad; $3500 Estudiantes y funcionarios UChile (Presentando TUI)*; $4000 Personas con discapacidad (Presentando credencial)* (+ cargo por servicio).
**Valor especial para compras presenciales en la boletería del teatro (Morandé #25).
Entradas disponibles en Ticketplus y Boletería del teatro.
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