Crítica de teatro “Los puentes de Madison”: Amor inequívoco y sin moralejas

Por Álvaro Guerrero  

Creo que lo primero que deseaba ver como un espectador, en esta adaptación a las tablas nacionales del clásico noventero de Clint Eastwood: The bridges of Madison county, basado en la novela de Robert James Waller, era la manera en la que la dupla romántica formada por Blanca Lewin y César Caillet, a través de las formas del teatro, reinventaban y/o homenajeaban a la histórica pareja del cine de amor dramático, y por qué no existencial, interpretada por Meryl Strepp y el mismo Clint Eastwood. Pero también y al mismo tiempo, la forma con que se desplazarían los actores en el escenario teatral, reproduciendo lo concentrado que van a ser esos escasos días en los que la esposa de un hombre de “campo”, honesto, sencillo, pero limitado a su mundo de certezas inmediatas, conoce, se enamora, y vive un brevísimo idilio con un fotógrafo que trabaja como independiente para National Geographic. Un lobo solitario que ha llegado a la localidad de Madison, Iowa, para fotografiar los viejos puentes del condado.

El teatro ha sido fuente de dramaturgia y expresividad para el cine desde siempre. En temáticas de amor ha traspasado a la gran pantalla adaptaciones celebres, que profundizan en los abismos y riesgos emocionales de comprometerse sentimental y psicológicamente a un ‘otro’, y que van desde la delicadeza melancólica de lo que no será, en Brief encounter, de David Lean (1945), pasando por el micro universo cargado de seres de pensión en Separate tables, de Delbert Mann (1958), hasta la demoledora, nihilista, Closer, de Mike Nicholls (2002). The bridges of Madison county (1995) en cambio se erige, a partir de su material novelesco de origen, en cine de corte clásico en plena era noventera del furor por Tarantino, equilibrando en ese sentido de manera magistral, el melodrama romántico sobre dos seres de una realidad contradictoria, tan serenos como perdidos en un bucle temporal, y el tono apesadumbrado de vidas perdidas, secretos familiares tan dolorosos como potencialmente “dulces”. La otra pregunta que tenía previa a la función, es la de qué cosas le puede aportar el cine a la representación teatral, más allá de la anécdota y el diseño de personajes. O acaso basta con la imaginería y los ecos que irradian un clásico de la gran pantalla, muy querido del público y de la crítica desde su estreno, para levantar un proyecto que vuelva a hacer sentir en su audiencia los rezagos emotivos de una historia triste, esta vez frente a frente y “en vivo” con los interpretes del drama.

Francesca, el personaje interpretado por Blanca Lewin, al igual que el de Meryl Streep, logra aterrizar “la pelota al piso” en el momento de mayor incertidumbre y carga emocional de la historia, cuando Robert (César Caillet) le pide que se vayan juntos, con la certeza de que esto que están sintiendo el uno por el otro es algo que “la mayoría de las personas nunca llegaran a sentir”, y para el caso de ellos, una convicción que ya no se repetirá más, es decir un amor más grande que la vida y que atraviesa incluso la muerte, irradiando su espectro de influencia desde los muertos a los vivos. Francesca le espeta con realismo femenino, de que si se van esto que tienen ahora desaparecerá, reconociendo implícitamente de que es un amor tan inequívoco como imposible, de que en un futuro juntos seguramente la rutina terminaría ahogando el sentimiento profundo que están seguros, sienten ambos ahora. Francesca le dice esto a Robert desde su posición ambivalente, allí donde su vida demasiado “normal” opera en doble rasero de poder: cómo cárcel y a la vez como lo que también es, familia, afectos profundos muchas veces no expresados con toda justicia. Inversamente, Robert es un lobo libre que está solo. La obra es una tragedia no solo en cuanto al destino de los personajes, sino al tipo de amor que está presentando: un “sueño” que solo puede operar encapsulado en el tiempo, como si ya hubiera ocurrido.

El montaje hace uso de un solo espacio escenográfico: la cocina-sala, iluminada con tonos cálidos sobre colores suavemente contrastados, allí donde la pareja va a desarrollar sus acercamientos cada vez más intensos. Este diseño reproduce la sensación de lejanía espacial respecto al resto del mundo y cualquier centro urbano, de lugar secreto y en alguna medida protegido, por paradójico que esto parezca en la casa de una persona casada. En todo el fondo del escenario destaca una imagen del puente, símbolo del vínculo entre ambos, y que rememora mucho el ambiente de la película, y por delante de ellos y más cerca del publico la presencia de otra pareja, la de los hijos de Francesca que leen el diario secreto que ha dejado su madre, arrastrando cada uno también crisis conyugales. El recurso para separar al mismo tiempo actores y dimensiones temporales de la acción dramática no es muy novedoso, pero funciona bien, con Felipe Valenzuela y Yosune Gonzáles que interpretan respectivamente a Michael y Annie, caracterizados respecto a los 30 años que han transcurrido desde la película, ella como una mujer muy parecida a la del filme de Eastwood, y él caracterizado totalmente distinto de la usanza de un hombre en sus primero 40’s de los años noventa, ahora con pantalones muy anchos y rebajados al tobillo, por contraste al modelo masculino que presenta Caillet, sensible en el fondo pero más “serio” en apariencia. Un hombre que reúne condiciones muy escasas de encontrar: libre, correcto, y que esconde su inseguridad como cualquier adulto, pero tampoco vive obsesionado o temeroso de ello.

Y cuál es el grado de química entre Blanca Lewin y César Caillet, ¿qué tan bien logran, primero recordar y luego hacer olvidar a la pareja protagónica del filme? El piso de interés del público ya parte desde cierta altura. Es difícil que la obra pudiera volverse monótona debido a que conocemos hacia dónde va: primero a un amor real, que puede equilibrarse frágilmente entre la incredulidad de un mundo como el del 2026, que tanto como rechaza el amor romántico, hace uso de nuevas categorías que van en otra dirección, hacia la búsqueda de plenitud ideal del individuo en sí, sin la necesidad de “completarse” con otro, y por otra parte la necesidad de volver a creer en lo amoroso como el encuentro dificilísimo de hallar, de ese “otro” u otra no como un espejo de lo que desea sentir el ego, sino como el descubrimiento de lo humano, y con ello lo asechado por la muerte, a través del amor y el deseo. Quizá esa misma inercia en la dirección del texto dramático, y por sobre todo la dirección a la que son sujetos los dos intérpretes, ayuda a que las actuaciones, en particular la de Caillet, vaya creciendo en intensidad con el pasar de los minutos. Cada movimiento escénico de la pareja parece bien planificado en función de su fuerza de atracción: dos cuerpos en los que el erotismo subterráneo a sus conversaciones, aparentemente casuales al principio, se alejan y reencuentran dentro de un territorio pequeño, acotado a nivel espacial, pero cargado con la potencia de la nostalgia de lo otro que también sabemos y esperamos: la tragedia de lo que no podría ser bajo ninguna decisión posible. Es decir, una historia tan sensible como sin salida, más allá de lo que los hijos puedan aprender y proyectar en sus propias vidas, treinta años después de los hechos descubiertos en el diario de la madre.

Blanca Lewin construye correctamente su personaje de mujer de origen extranjero. Una italiana con estudios universitarios que ha enterrado esa vocación para ser ama de casa en un recóndito pueblo norteamericano. La misma química actoral entre ambos va también in crescendo, conjuntamente con el desarrollo del amor imposible. Sin embargo, el paso de los tanteos iniciales, el romance ya declarado pero incipiente, a la convicción mutua de que han encontrado al alma gemela de su vida, se hace un poco abrupta, automática. De pronto ya estamos en el territorio de la pasión y la temida despedida que ninguno de los dos quiere dar. Cuando ese final llega en su, a la vez lento desenlace, lo que queda en la retina es la pareja protagónica y su pequeña gran historia secreta. La otra pareja, la de los hijos, palidece en cuanto a lo que estas revelaciones puedan influir en sus crisis personales, muy eclipsados por el destino de Francesca y Robert: no poder olvidar, asumiendo que el amor que han descubierto funciona como una llama que por inequívoca, paradójicamente les ilumina con la certeza de que no habría resistido el desgaste de la convivencia y los años. No es una historia de amor “cerrada” en su pasión explosiva sino un punto de partida para la reflexión del alcance de sus propios materiales.

Ficha técnica

Título: Los puentes de Madison

Autor: Robert James Walles

Adaptación: Fernando Masllores, Federico García del Pino 

Dirección: Aranzazu Yankovic   

Elenco: Blanca Lewin, Cesar Caillet, Yosune Gonzales, Felipe Valenzuela

Compañía: MST Teatro 

Técnica: Gabriel Pozo

Comunicaciones: Voorus

Edad recomendada: + 13 años

Duración: 90 minutos

Coordenadas

Teatro Mori Parque Arauco

Del 7 de mayo al 29 de junio 

Jueves a sábado 20:00 horas

Entrada general $25.000

Descuentos sobre valor general:

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3 comentarios de “Crítica de teatro “Los puentes de Madison”: Amor inequívoco y sin moralejas

  1. lore goy dice:

    Más que una crítica en sí Parece una interminable reseña de lo que es el contenido de la obra … demasiado largo para mi gusto Gracias

  2. JUAN BENNETT BALLACEY dice:

    Estimado Álvaro, con mucho respeto te sugiero hacer una crítica al trabajo realizado por la dirección y los Actores y actrices y no darnos una demostración de tu conocimiento de la película….con todo respeto no dijiste nada

    atte
    juan

  3. Angelica . dice:

    La vi ayer , no me gustó la obra , la encontré fome , le falta generar, transmitír más emoción, muy plana .
    Los actores son buenos, me gustan pero algo le falta a la puesta en escena. El Hijo muy simpático, fue lo mejor.

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