Crítica de teatro “Oración de los afligidos”: El campo profundo en el patio de una casa

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Por Jorge Letelier

Referirse a los sistemas de exhibición alternativos como el alejamiento del circuito de las salas como casi único criterio diferenciador, es una idea que con el tiempo ha ido perdiendo el sentido. Las obras presentadas en espacios no teatrales, ya sea un departamento o un galpón, apunta a una misma lógica que apunta al cambio de la infraestructura como eje pero manteniendo las condicionantes de representación.

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¿Son espacios realmente alternativos? Sí, en la medida que tensionan una estructura económica y de difusión homogeneizante. ¿Provocan una experienciaa entre creador y espectador capaz de generar nuevas relaciones? Es poco probable ya que tiende a reproducir una misma dinámica pero en formato pequeño o íntimo.

Esta breve reflexión me viene al caso para Oración de los afligidos, un montaje independiente escrito y dirigido por Aldo Droguett que se presenta en una vieja casa de La Cisterna. La acción transcurre en un gran patio yermo con algunos árboles, el que ha sido intervenido con un diseño de iluminación y sonido que construye ambientes diferenciados que son explorados por los asistentes. La historia se ambienta en el campo profundo, en ese territorio casi fantasmal que recuerda a Ánimas de día claro o La viuda de Apablaza, donde Jeremías, un peón casi en estado natural, baja a casarse con una mujer pese a la oposición de su madre. De manera casi radriganesca, este mundo cruel y surreal se rige por una lógica que cuesta diferenciar si es el mundo de los vivos o muertos y donde el protagonista parece atrapado por una pobreza asfixiante a la vez que de un deseo por emigrar a Australia y aspirar a una vida de felicidad material.

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Como decíamos, alejarse del circuito de exhibición es alternativo per se pero no es ni de cerca novedoso. Pareciera que la novedad está afincada es solo desplazar la convención de la sala para construir la experiencia en un lugar “real”. En Oración de los afligidos la operación realizada por Droguett parece funcionar al revés: el uso de sus materiales y recursos y cómo estos construyen desde su propia naturaleza e identidad un espacio teatralizable es lo que la convierte en una instancia de genuina originalidad. Dicho de otro modo, hay una puesta en escena preparada en y por la topografía del patio de esta casa lo que permite una inmersión mayor del espectador (viajante, prefiere decir su autor) en la historia que se presencia. El patio de por sí otorga una cercanía o un realismo mayor, pero acá el juego no es mimético sino que su propia especificidad como espacio agrega una densidad nueva donde la representación se reconstruye como el campo profundo.

Para lograr un efecto mayor, los asistentes son conducidos por distintos espacios a escasos centímetros de los actores y la acción dramática, literalmente entre las piedras y la tierra. Esto que podría sonar a extravagancia autoral se apoya en una puesta en escena compleja y desafiante que obliga al “viajante” a establecer planos de percepción entre acciones dramáticas situadas a veces a varios metros de distancia unas con otras, simulando una especie de laberinto. En otros

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momentos, se nos conduce por espacios cerrados desde cuyas cortinas los personajes deambulan a nuestro lado. La experiencia huele a tierra y polvo, a humedad y pobreza extrema. Lo interesante es que esta aproximación casi en carne viva al tema en cuestión (pobreza, campo, marginalidad) es una operación calculadamente dispuesta desde la intervención escénica, generando un efecto ambiguo de sentido, y servido con mucho oficio por un elenco solvente, sin fisuras.

En un segundo nivel, esta casa es la de infancia del director Droguett y se nos avisa que en octubre será vendida para ser demolida. El escenario, por tanto, conlleva una fuerte carga subjetiva y personal, lo que a la vez nos sitúa en una paradoja: el lugar en que tan laboriosamente se ha diseñado un juego de puesta en escena “al natural” no podrá reproducirse más porque en poco tiempo ya no existirá. Es cierto, se podría adaptar otra casa y otro patio a las necesidades de la obra, pero no podrán reproducirse las ideas y espacios de la puesta en escena tal como se apreció. No dejan de ser llamativas estas reflexiones en la medida de que se trata de una representación que al menos en su aspecto dramático, es convencional.

Aldo Droguett es un director y dramaturgo de larga trayectoria desde hace un par de décadas, a menudo en circuitos alejados de la oficialidad (se recuerdan sus celebradas versiones de Violación y Titus Andronicus), y con este montaje, primera parte de la llamada Trilogía Zona Sur del colectivo Acción Animal, enfatiza el carácter experimental y de transfiguración de los espacios de representación. Es una apuesta arriesgada porque exige al asistente-viajante una completa predisposición a entregarse a una lógica teatral y económica muy desafiante y distinta a lo acostumbrado

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, y cuya operación simbólica requiere códigos de inmersión total. En la función que asistimos, había un frío intenso que curiosamente, ayudó a experimentar la sensación de marginalidad y opresión a un nivel casi táctil, alejado de lo discursivo y consciente.

Ejemplo de un teatro radical y políticamente desafiante, este sorpresivo montaje plantea varias inquietudes que tensionan nuestra experiencia como espectadores y las lógicas de producción y exhibición alternativas que parecen desarrollarse siempre al apego de alguna moda imperante.

Oración de los afligidos

Dramaturgia y Dirección: Aldo Droguett.
Asistencia Dirección: Valentina Valenzuela.
Composición Musical: Gabriel Miranda.
Diseño Integral: Acción Animal.
Elenco: Valentina Valenzuela, Marcel Venegas, Natalia Goñía, Angie Quezada, Ana Alicia González, Victoria Sarabia, Aldo Droguett.
FUNCIONES
Jueves a domingo, 20.00 horas. Adhesión general: $ 4.000.
Hasta el sábado 5 octubre.
DIRECCIÓN: Espacio Acción Animal. Fuenzalida Urrejola 112, Paradero 18 Gran Avenida. Metro Lo Ovalle (Línea 2).

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