Por Carla Oriely
El thriller psicológico ha encontrado en el teatro un espacio privilegiado para explorar aquello que el cine suele resolver mediante efectos visuales o montajes fragmentados: la representación de una mente incapaz de distinguir con claridad entre la realidad y la ficción que ella misma construye. En ese contexto, Rosalyn. Dos mujeres, un enigma, dirigida por Bárbara Ruiz-Tagle, del dramaturgo italiano Edoardo Erba, propone una experiencia donde el suspenso no depende únicamente de descubrir a una culpable, sino de comprender cómo el trauma transforma la memoria y fragmenta la identidad.
Desde sus primeros minutos, la obra instala una atmósfera de incertidumbre. El relato avanza entre interrogatorios, recuerdos y conversaciones que conducen al espectador por una aparente investigación policial. Sin embargo, a medida que la historia se desarrolla, esa estructura comienza a desestabilizarse y revela que el verdadero conflicto no ocurre en el exterior, sino dentro de la protagonista. El crimen deja de ser el centro del relato, para dar paso a una exploración sobre los mecanismos de defensa que construye la mente cuando enfrenta una experiencia imposible de aceptar.
En este sentido, la obra dialoga con una tradición narrativa presente en thrillers psicológicos como Fight Club y Shutter Island. La comparación no radica en la similitud de sus historias, sino en el recurso dramático que comparten: la construcción de una realidad alterada por una mente traumatizada. La revelación final no busca únicamente sorprender, sino obligar al espectador a reinterpretar retrospectivamente todo lo observado. Cada escena adquiere un nuevo significado cuando se comprende que la realidad presentada estaba mediada por la percepción fragmentada de la protagonista.
La dramaturgia consigue que el misterio no se limite a descubrir quién cometió un crimen, sino a comprender cómo la culpa puede reorganizar la memoria hasta volver irreconocible la propia identidad. De esta manera, el verdadero escenario de la obra deja de ser el espacio físico para convertirse en la mente de Rosalyn. Esa es, probablemente, la principal fortaleza del montaje: comprender que el suspenso más inquietante nace de la fragilidad de la conciencia y no de un peligro externo.
La dirección de Bárbara Ruiz-Tagle refuerza esta lectura mediante una puesta en escena austera y contenida. La escenografía es sencilla, pero lejos de sentirse pobre, responde a una decisión estética coherente con el universo de la obra. Al prescindir de grandes elementos visuales, la atención se concentra casi por completo en el trabajo de las actrices y en la evolución del conflicto psicológico.
Los pocos objetos presentes cumplen una función dramática específica y acompañan el desarrollo de la acción sin transformarse en un elemento decorativo. La economía de recursos permite que el escenario sea construido principalmente por los cuerpos, la palabra y la tensión entre los personajes. En consecuencia, el espectador termina habitando el espacio mental de Rosalyn más que un lugar físico determinado.
En ese contexto, el trabajo actoral constituye el principal soporte del montaje. Alessandra Guerzoni construye una Rosalyn dinámica, intensa y de gran presencia escénica. Su interpretación se caracteriza por constantes cambios de energía, corporalidad y ritmo que reflejan el progresivo deterioro emocional del personaje. La actriz logra llenar el escenario incluso en los momentos de mayor quietud, sosteniendo la atención mediante una expresividad que comunica tanto como el texto. En contraste, María Olga Matte interpreta a Ester desde un registro mucho más contenido. Su fortaleza radica en la palabra, la escucha y la capacidad de conducir el relato desde una aparente estabilidad. Mientras Rosalyn impulsa el conflicto mediante la acción y el movimiento, Ester organiza la escena desde la narración y la observación. Lejos de generar una competencia interpretativa, ambas construyen un equilibrio que constituye uno de los mayores aciertos de la obra. Sus diferencias actorales no se enfrentan; se complementan, permitiendo que el conflicto psicológico se desarrolle con naturalidad.
Precisamente porque la propuesta escénica es minimalista, el trabajo de las intérpretes adquiere aún mayor relevancia. Son ellas quienes transforman el espacio, administran el ritmo y sostienen la progresión dramática sin necesidad de apoyarse en grandes cambios escenográficos. La obra demuestra que una puesta sencilla puede resultar profundamente efectiva cuando existe un trabajo actoral capaz de sostener toda la carga emocional del relato.
En el aspecto técnico, destaca especialmente el diseño sonoro. Los sonidos estridentes y las irrupciones acústicas mantienen al público en un estado constante de alerta, anticipando que algo está por quebrarse dentro del relato. Más que acompañar la acción, el sonido participa activamente en la construcción del suspenso y orienta la percepción del espectador. Su función, además, trasciende lo ambiental. Estas irrupciones parecen materializar las fisuras internas de la protagonista, convirtiéndose en una extensión de su conflicto psicológico. Cada golpe sonoro recuerda que bajo la aparente estabilidad del relato permanece latente un trauma imposible de contener. En este sentido, el diseño sonoro establece un diálogo coherente con la propuesta dramatúrgica y fortalece la sensación de inestabilidad que atraviesa toda la obra.
Si bien algunos espectadores familiarizados con el género podrían anticipar parte de la revelación final, el interés del montaje no depende exclusivamente del efecto sorpresa. Su mayor mérito consiste en construir una experiencia que invita a revisar retrospectivamente cada acontecer, y comprender cómo la mente puede reorganizar la realidad para hacer soportable aquello que resulta insoportable.
Más que un thriller policial, Rosalyn. Dos mujeres, un enigma propone una reflexión sobre la memoria, la culpa y la identidad. El crimen funciona como punto de partida, pero el verdadero conflicto se desarrolla en una conciencia fracturada que intenta sobrevivir a su propia verdad. La sencillez de la puesta en escena, el equilibrio entre las interpretaciones y un diseño sonoro que intensifica la tensión convierten a la obra en una experiencia donde el suspenso nace menos de lo que ocurre sobre el escenario que de aquello que sucede dentro de la mente de su protagonista.
En un momento donde muchas producciones recurren al espectáculo visual para representar conflictos psicológicos, este montaje opta por el camino contrario: confiar en la actuación, la palabra y la capacidad del teatro para convertir el espacio escénico en el reflejo de una conciencia. Es precisamente en esa decisión donde reside su mayor fortaleza, recordándonos que el escenario más inquietante no siempre necesita grandes artificios; a veces basta una mente intentando reconstruir una realidad que ya no puede sostener.
Ficha técnica
Título: Rosalyn. Dos mujeres, un enigma
País: Italia y Chile
Dramaturgia: Edoardo Erba
Dirección: Bárbara Ruiz-Tagle
Asistente de Dirección: Ángeles Rivero
Traducción: Alessandra Guerzoni
Elenco: María Olga Matte y Alessandra Guerzoni
Producción ejecutiva: Alessandra Guernozi y María Olga Matte
Producción general y en terreno: Cynthia Naudy
Diseño de escenografía e iluminación: Rocío Hernández
Diseño visual: Alex Waxghotn
Universo sonoro: Cristian Mascaró
Diseño y confección capas: Colección Crisálida, RFD Los Ríos 2026
Diseño de maquillaje, hairstyling y efectos especiales: Jessica Baeza
Diseño de gráficas: Juan Andrés Rivera
Una coproducción Teatro Finis Terrae
Edad recomendada: +14 años. Uso acotado de humo y estridencia sonora.
Coordenadas
Desde el 9 al 26 de julio
jueves y viernes 20:30 horas; sábados y domingos, 19:00 horas.
Duración: 80 min
Teatro Finis Terrae (Av. Pocuro 1935, Providencia, Santiago de Chile).
Entradas en: https://ticketplus.cl/events/rosalyn
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