Por Pedro Pablo Velarde
Hay historias de amor que cambian una vida. Hay otras que cambian un país. Y hay algunas, como Tengo miedo torero, que fracasan en ambas cosas y, precisamente por eso, terminan convirtiéndose en leyenda.
La adaptación teatral de la novela de Pedro Lemebel comprende algo fundamental: no está contando únicamente la historia de amor entre la Loca del Frente y Carlos, ni tampoco solamente la preparación del atentado contra Augusto Pinochet en 1986. Está hablando de Chile. De un país construido tanto por sus victorias como por sus derrotas, por sus verdades y por todo aquello que prefirió esconder debajo del mantel.
Porque si la obra tiene un gran protagonista, ese protagonista no es ni la Loca, ni Carlos, ni siquiera Pinochet. Es la pregunta. La pregunta que sigue recorriendo la memoria nacional cuarenta años después. ¿Qué habría pasado si el atentado hubiese sido exitoso? ¿Qué habría pasado si la historia hubiese girado en otra dirección? ¿Y qué habría pasado si Carlos se hubiese quedado? Lemebel nunca responde. Y la adaptación tiene la inteligencia de no hacerlo tampoco.
La puesta en escena avanza sobre dos relatos paralelos que terminan reflejándose como en un espejo roto. Por un lado, está la revolución. Por otro, el amor. La tragedia es que ambos proyectos persiguen exactamente lo mismo: la posibilidad de un futuro diferente. Y ambos terminan fracasando. No porque les falte convicción, sino porque el poder, la historia y el miedo siempre parecen llegar primero.
La gran virtud del montaje es entender que la tragedia de Tengo miedo torero no es exclusivamente política ni exclusivamente sentimental. Es la tragedia del deseo. El deseo de amar, de pertenecer, de cambiar las cosas. El deseo de dejar de vivir en los márgenes de la historia. Y los márgenes son precisamente el territorio natural de Lemebel.
Mientras los poderosos planean estrategias, elecciones, atentados y transiciones, la Loca intenta sobrevivir. Mientras unos discuten el futuro de Chile, ella intenta resolver algo mucho más complejo: cómo seguir amando cuando el amor nunca ha sido una posibilidad real. En ese sentido, la obra habla de 1986, pero también del Chile actual. Porque seguimos viviendo en un país donde muchas veces la política parece más preocupada de administrar el poder que de transformar la realidad.
Antes era la lucha contra el marxismo. Después fue la transición. Luego el crecimiento económico. Hoy son las encuestas, los pactos, las redes sociales y las próximas elecciones. Cambian los discursos, pero la sensación de espera permanece intacta. Como si Chile estuviera permanentemente preparándose para resolver sus problemas sin resolverlos jamás.
Uno de los grandes aciertos visuales de la puesta es la utilización constante de telas, manteles, cortinas y cobertores. Todo cubre algo. Los manteles cubren la mesa. Las cajas esconden armas. Las versiones oficiales esconden responsabilidades. La transición esconde heridas. Los discursos esconden privilegios. Las cifras esconden desigualdades. Las telas terminan funcionando como una poderosa metáfora de la historia chilena. Un país que pareciera haberse especializado en cubrir antes que en enfrentar. Y quizás esa sea la operación política más brillante de Lemebel: levantar el mantel. Mostrar las manchas, los restos, los olvidados de la fiesta, los cuerpos que nunca aparecieron en la fotografía oficial.
En esa lógica, resulta particularmente acertada la decisión de mostrar a Pinochet siempre de espaldas. No verle nunca el rostro produce más inquietud que cualquier imitación caricaturesca. La figura deja de ser un hombre y se transforma en una estructura. En una maquinaria. En una sombra. En algo que sigue habitando el escenario incluso cuando ya no está presente.
La obra entiende que las dictaduras terminan, pero las formas de ejercer el poder suelen encontrar mecanismos mucho más sofisticados para sobrevivir. Y es aquí donde el humor negro aparece como una herramienta política extraordinaria. Especialmente a través de Lucía Hiriart. Las interpretaciones de Claudia Vergara y Claudia Pérez convierten al personaje en una especie de criatura mutante que se multiplica como un Gremlin alimentado después de la medianoche. Cada aparición es más delirante y más divertida que la anterior. Pero la risa siempre viene acompañada de algo incómodo. Porque esa Lucía ya no representa solamente a la esposa del dictador. Representa un cierto tipo de privilegio chileno que tiene la extraña capacidad de sobrevivir a cualquier cambio de gobierno. Un privilegio que sobrevive a las dictaduras. A las democracias. A las reformas. A las revoluciones. Y algunas veces incluso a los tribunales.
La utilización de recursos cercanos al cómic opera de manera similar. Lejos de trivializar la violencia, la ridiculiza. Y pocas cosas son más peligrosas para el poder que el ridículo. La obra parece decirnos que algunos personajes históricos estuvieron tan obsesionados con parecer grandes hombres que olvidaron lo vulnerable que puede ser cualquiera cuando deja de ser temido y comienza a ser observado. El humor funciona entonces como un bisturí. No busca alivianar la historia. Busca abrirla y observar qué hay debajo.
Donde la puesta presenta algunas limitaciones es en la representación de la marginalidad. La escenografía establece códigos claros y funciona dramáticamente, pero por momentos parece demasiado cómoda para el universo de Lemebel. Falta polvo. Falta humedad. Falta precariedad. Falta la sensación de que esos cuerpos efectivamente sobreviven en los márgenes económicos y sociales de un país profundamente desigual. Porque en Lemebel la pobreza nunca fue una escenografía. Fue una condición de existencia. Fue una forma de habitar el mundo. Fue una herida política.
También destacan las actuaciones. Mario Ocampo construye un Carlos contenido, natural y profundamente humano. Evita convertir al militante en un héroe de bronce y justamente por eso lo vuelve creíble. Por su parte, Claudia Vergara y Claudia Pérez entregan algunos de los momentos más lúcidos de la función, navegando entre el absurdo, la comedia negra y la crítica política con una precisión notable. Sin embargo, por encima de las actuaciones, del diseño escénico y de los múltiples hallazgos de la puesta, permanece la fuerza de una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿Qué país habría surgido si aquel atentado hubiera cambiado el curso de la historia? ¿Habría llegado antes la democracia? ¿Habrían sido menos profundas las heridas? ¿O simplemente estaríamos contando otro fracaso nacional?
Y más importante aún: ¿De verdad Chile cambió tanto como le gusta creer que cambió? Porque observando el escenario resulta difícil no advertir ciertas continuidades. La desigualdad sigue allí. Los marginados siguen allí. Las promesas incumplidas siguen allí. La obsesión por el poder sigue allí. Incluso la costumbre de esconder los problemas bajo el mantel parece seguir bastante saludable.
Quizás por eso Tengo miedo torero sigue siendo una obra tan vigente. No porque nos hable de la dictadura. Sino porque nos obliga a preguntarnos qué hicimos con la democracia.
Al finalizar la función, uno no sale pensando en Pinochet ni en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Tampoco sale pensando únicamente en la historia de amor entre la Loca y Carlos. Sale pensando en Chile. En ese país que todavía parece enamorado de las oportunidades perdidas. Un país que sigue preguntándose qué habría pasado si las cosas hubiesen ocurrido de otra manera, mientras evita preguntarse por qué muchas de las cosas que debía cambiar todavía permanecen exactamente dónde estaban. Como las cajas. Como los manteles. Como ciertas heridas. Y como ese viejo miedo chileno a levantar la tela y mirar, de una vez por todas, lo que sigue escondido debajo.
Ficha técnica
Título: Tengo miedo toreero
Autor: Pedro Lemebel
Adaptación: Claudia Pérez Hernández
Dirección: Claudia Pérez
Música: Manuel García, Camilo Zicavo San Martín, Emilio García Caviedes
Diseño de escenografía: Luis Alcaide
Visuales: Macarena Quezada
Técnica: Yosune González
Realización escenográfica: Daniel Figueroa
Realización de vestuarios: Belén Pérez
Producción: Javiera Blanco Herrera
Fotografías: Camilo Arentsen, Macarena Quezada
Archivos sonoros: Constanza Farías K.
Voz en off: Sergio Campos
Patrocinio: Giampiero Fava
Colaboran: Universidad Central (Registro y producción sonora) y Corporación Cultural de Ñuñoa (Espacio de ensayo)
Con el apoyo de: La Tienda Nacional
Duración: 105 minutos
Edad recomendada: +14 años
Elenco: José Luis Aguilera Minaya, Mario Ocampo, Daniela Gala, Claudia Vergara, Otilio Castro, Claudia Pérez
Coordenadas
Mori Recoleta
Del 15 de octubre al 28 de noviembre
*El 22 de octubre no hay funciónJueves a sábado a las 20:30 hrs
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