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martes, febrero 7, 2023

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Crítica de Teatro “Translunar paradise”: historia de amor sin palabras

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Crítica de Teatro

“Translunar paradise”: historia de amor sin palabras
Por Jorge Letelier
En un panorama atiborrado de montajes contemporáneos que buscan extremar las posibilidades de la puesta en escena y el texto, siempre resulta bien cuando una obra que restituye la más absoluta simpleza aparece en la cartelera. Y si esa obra ejecuta sus elementos con virtuosismo y emoción, es un pequeño lujo.
Eso ocurre con el montaje inglés “Translunar Paradise”, de la compañía Theatre ad Infinitum, que se está presentando en el Teatro Municipal de Las Condes hasta el 24 de marzo, luego de su estreno de 2011 en el Fringe Festival de Edimburgo. En la superficie es la historia de amor de una pareja de ancianos narrada con la expresión corporal de sus dos actores y apoyada con unas máscaras ligeramente realistas. Amor y muerte habría que agregar, ya que la mujer fallece en una de las escenas iniciales luego de que en breves situaciones hemos podido ver con claridad el cariño que se profesan. La muerte organiza el relato en torno a la memoria, donde a través de sutiles movimientos vemos el pasado de esta pareja y alternadamente el proceso de aceptación del hombre ante la ausencia de su mujer.
El momento en que se conocen y enamoran, el matrimonio, un viaje de él o el nacimiento y muerte de su pequeño hijo, son algunos de los cuadros que de manera magistral ambos actores (George Mann y Deborah Pugh) escenifican con un lenguaje corporal de delicada compenetración, por momentos con bellas coreografías y por otro con una contenida expresividad que por momentos recuerda el bello raconto con el resumen del matrimonio del filme animado Up. El elemento que permite el paso del presente al pasado y viceversa, es un sutil gesto en que los actores acercan o alejan las máscaras de sus rostros con una pequeña exhalación que es un pequeño instante mágico y evocador.
Apoyada con una bellísima música ejecutada en vivo solo con acordeón y una voz de influencias celtas a cargo de Sophie Crawford, el relato va mostrando el difícil tránsito desde el dolor por la partida de la mujer hasta su aceptación, donde ella es una presencia fantasmal que va guiando este proceso con humor y ternura, como en la escena en que él saca dos tazas para hacer té y ella juega a detener su mano en un diálogo corporal en que sutilmente se expone la necesidad de aceptar la ausencia.
Los consumados intérpretes logran evocar todo tipo de imágenes y sentimientos a través de una propuesta en que la emocionalidad no solo está dada por su propia expresividad, sino que en el uso de las máscaras se transmite maravillosamente la misma sensación, elevando al gesto a un estado superior de virtuosismo. Con un par de elementos como decorado (una mesa, sillas, una maleta) y con la música cuya intérprete es un actor no menor del montaje, la emocionalidad de este relato fluye tan naturalmente que incluso algunas escenas en que cuesta reconocer el contexto, su conexión con la felicidad, la tristeza o el amor es inmediatamente comprendida.
Una escena que ejemplifica esta idea es la historia de cuando él se va a la guerra. Desde el dolor por la separación, la partida en tren y los traumas luego de la vuelta son vívidos y poderosos, de gran poder cinemático. Es un ejemplo de simpleza expresiva que resitúa el valor de la expresividad corporal como motor dramático y narrativo, en tiempos en que la autoconciencia en el lenguaje y los afanes sobrediscursivos son tendencia dominante en el teatro chileno.
Sin ir más lejos, uno de los últimos montajes que recupera el valor primigenio de la corporalidad sin texto es “Juan Salvador Tramoya”, de la compañía La mona ilustre, quienes al igual que Theatre ad infinitum, fueron alumnos del método de Jacques Lecoq (en el caso de los chilenos, a través de la desaparecida Escuela del Gesto y la Imagen La Mancha).
Esta historia de cámara, en apariencia simple, atenta a los mínimos detalles y de gran complejidad gestual, tiene la virtud de embellecer sentimientos tristes y sombríos, como la soledad luego de la muerte del ser querido, la aceptación y la exaltación de la vida aún más allá del dolor. Puede parecer un cliché, pero concediendo al costado naif de la idea, sigue siendo una propuesta emotiva y de genuina teatralidad.
Translunar Paradise
Dirección: George Mann

Co-ideada por: Kim Heron, George Mann y Deborah Pugh
Música: Kim Heron y George Mann
Acordeón: Sophie Crawford
Dramaturgia: Amy Nostbakken y Nir Paldi
Diseño de iluminación: Peter Harrison                                   
Vestuario: Clare Amos
Escenografía: Francesco Gorni                                     
Máscaras: Victoria Beaton  

Teatro Municipal de Las Condes, Miércoles a sábado, 20:00 hrs.
Entradas de $10.000 a $17.000
Tarjeta vecino: $4.000 a $6.800

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