Por Pedro Velarde
Hay clásicos que sobreviven porque hablan de lo eterno. Y hay clásicos que sobreviven porque el presente se empeña en parecerse demasiado a ellos. Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, pertenece a esta última categoría. Escrita en 1882, la obra sigue resultando incómodamente actual porque retrata una sociedad donde la verdad vale menos que los balances, donde el poder cambia de discurso según la dirección del viento y donde la opinión pública es venerada mientras se la manipula con sorprendente facilidad.
La versión dirigida por Alexandra Von Hummel entiende perfectamente esta vigencia y decide asumir un riesgo tan audaz como inteligente: entrar al universo de Ibsen a través de Tiburón. La apuesta podría haber terminado en un ejercicio de ingenio superficial, pero ocurre exactamente lo contrario. El paralelo entre la película de Spielberg y la obra de Ibsen resulta evidente y poderoso. En ambas historias existe una advertencia sobre un peligro real; en ambas, las autoridades prefieren proteger la economía antes que a las personas; en ambas, quien dice la verdad termina convertido en una amenaza para la comunidad. La introducción, construida desde ese juego cinematográfico, no solo actualiza el conflicto sino que instala desde el comienzo una pregunta que atraviesa toda la puesta: ¿Cuánto de lo que creemos saber es realmente cierto y cuánto ha sido cuidadosamente editado para nosotros?
Es precisamente ahí donde aparece uno de los aspectos más interesantes de la propuesta. La ironía sobre el periodismo, la falta de investigación, el desconocimiento y la manipulación informativa encuentra una imagen brillante en el uso de los subtítulos y las traducciones. La obra transforma algo aparentemente banal en una metáfora muy eficaz de nuestra época: no vemos la realidad, vemos la versión de la realidad que alguien decidió subtitular para nosotros. Y esa observación, en tiempos de redes sociales, algoritmos, operaciones comunicacionales y verdades de consumo rápido, resulta tan divertida como inquietante.
El texto de Ibsen parece escrito para el Chile contemporáneo. El enfrentamiento entre empleo, crecimiento económico y protección ambiental resuena con especial fuerza en un país que continúa discutiendo si los ecosistemas poseen un valor intrínseco o si deben medirse únicamente por su rentabilidad. El descubrimiento del doctor Stockmann sobre las aguas contaminadas del balneario dialoga directamente con una realidad marcada por zonas de sacrificio, humedales amenazados y proyectos evaluados bajo criterios donde la productividad suele imponerse sobre la sostenibilidad. ¿Quién usa un humedal? ¿Se puede medir el uso de un humedal por la cantidad de personas que lo utilizan? Preguntas que surgieron hace un par de semanas desde las altas esferas políticas.
La adaptación refuerza esa lectura política sin caer en panfletos. La transformación del alcalde en alcaldesa aporta una actualización interesante a los espacios de poder contemporáneos y permite observar cómo ciertas lógicas autoritarias sobreviven independientemente del género de quien las ejerza. Destaca en esto la interpretación de Paulina García que logra articular cada una de las piezas del puzle con perfecta armonía, entendiendo que la obra nunca trata realmente sobre hombres o mujeres. Trata sobre el poder. Y sobre la extraordinaria capacidad que tiene el poder para convencernos de que actúa por el bien común cuando en realidad protege intereses particulares.
También aparece otro blanco de la crítica: la política contemporánea y su tendencia al pragmatismo extremo. Los personajes parecen avanzar sin convicciones, adaptando sus discursos según las circunstancias. Son políticos amarillos en el sentido más profundo de la expresión: se mueven según calienta el sol. La obra señala con ironía esa transformación de la política en una actividad orientada a la supervivencia más que a las ideas, una observación que inevitablemente encuentra ecos en figuras públicas de distintos sectores.
Uno de los momentos más sólidos de la puesta surge precisamente cuando la historia aborda la relación entre democracia y poder. La asamblea pública se convierte en un espacio fascinante de observación política. Allí emergen preguntas que trascienden el argumento original: ¿Quién tiene derecho a moderar una discusión?, ¿Quién le entrega esa autoridad?, ¿Qué significa realmente hablar en nombre del pueblo?, ¿Existe siquiera algo que pueda llamarse «el pueblo» como una entidad homogénea? La escena revela cómo la censura no siempre opera mediante la prohibición. A veces funciona a través de procedimientos, reglamentos, votaciones y supuestos consensos. Es decir, mediante mecanismos perfectamente democráticos.
En términos escenográficos, la propuesta funciona con eficacia. Los elementos son precisos y cumplen su propósito narrativo sin distraer la atención del conflicto central. El negocio familiar ligado a la venta de gas constituye una idea atractiva para potenciar la tensión dramática, aunque en la práctica termina operando más como un recurso funcional que como un verdadero factor de peligro. La sensación es que la puesta nunca explota completamente el potencial simbólico y dramático de ese elemento.
Las actuaciones sostienen gran parte del peso de la obra. El elenco construye personajes convincentes y complejos, capaces de navegar entre el drama, la ironía y el comentario político. Destaca especialmente Rodrigo Soto, cuyo extenso monólogo constituye uno de los puntos más altos de la función. Hay una intensidad, una humanidad y una claridad argumentativa que logran capturar completamente la atención del público. Por lo mismo, la decisión de interrumpir ese momento rompiendo la cuarta pared se siente discutible. Más que enriquecer la escena, parece desconfiar innecesariamente de la fuerza que el actor ya había conseguido construir.
También es notable el trabajo de María Gracia Omegna, particularmente en la secuencia final. Sin embargo, la disposición escénica elegida limita parcialmente el impacto emocional del momento. Resulta inevitable imaginar una versión aún más potente con la actriz enfrentando directamente al público. La decisión de mantener al doctor de espaldas puede leerse como símbolo del abandono y la exclusión, pero reduce parte de la fuerza expresiva de una escena que ya posee suficiente carga dramática por sí misma.
La obra introduce además varias preguntas metateatrales acerca de por qué seguir montando clásicos en lugar de crear obras nuevas. Paradójicamente, la propia representación parece responder esa interrogante sin necesidad de formularla. Porque cuando un texto escrito hace más de un siglo logra describir con tanta precisión las tensiones del presente, la pregunta deja de tener sentido. Algunas de estas reflexiones, así como ciertos guiños directos al público, terminan acercándose peligrosamente al humor fácil y aportan menos al conjunto que el propio texto de Ibsen. Pero incluso con esas irregularidades, la potencia de Un enemigo del pueblo permanece intacta.
Porque el verdadero tema de la obra no es la contaminación de unas aguas termales. Es la contaminación del debate público. Es la facilidad con que una sociedad decide sacrificar la verdad en nombre del desarrollo. Es la capacidad de los medios para transformarse en instrumentos del poder. Es la tendencia de las autoridades a confundir interés económico con bien común. Es el modo en que las mayorías pueden ser manipuladas mientras se las convence de que están decidiendo libremente.
Ibsen entendió algo que hoy parece más vigente que nunca: la verdad rara vez pierde porque sea falsa. Pierde porque resulta inconveniente. Esta adaptación lo recuerda con inteligencia, ironía y una saludable voluntad de incomodar. Quizás no todas sus apuestas resultan igualmente exitosas, pero sus mejores momentos son extraordinariamente lúcidos.
Una obra necesaria. No porque entregue respuestas, sino porque obliga a formular las preguntas correctas. Y en tiempos donde la política, los medios y la economía parecen disputar permanentemente el control del relato, eso ya es mucho más de lo que ofrece buena parte de la conversación pública actual.
Ficha técnica
Título: Un enemigo del pueblo
Dramaturgia: Henrik Ibsen
Adaptación dramatúrgica: Juan Pablo Troncoso Ch.
Dirección: Alexandra Von Hummel
Elenco: Rodrigo Soto, Paulina García, María Gracia Omegna, Germán Pinilla, Sofía Guiraldes y Laura Vila
Diseño integral: Catalina Devia
Música y asistencia de dirección: Mario Avillo
Diseño audiovisual: Ximena Sánchez
Asistencia técnica y operación de iluminación: Fernanda Letelier
Asistencia de diseño integral: Isidora González
Operación de sonido: Diego Salgado/ Operación audiovisual: Ignacio Herrera
Realización escenográfica: José Carrera/ Producción general: Sofía Paine
Producción ejecutiva: Carolina Araya
Una producción Universidad Finis Terrae 2026: Escuela de Teatro, Facultad de Artes; Teatro Finis Terrae, Vicerrectoría de Vinculación, Extensión y Comunicaciones; Dirección de Creación Artística, Vicerrectoría de Investigación, Creación Artística e Innovación. Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento y Desarrollo de las Artes Escénicas, Línea de Apoyo a Teatros Universitarios, convocatoria 2026, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
COORDENADAS UN ENEMIGO DEL PUEBLO
1 al 30 de octubre
jueves y viernes 20 h.; sábado y domingo 19 h
Duración: 130 min/ Recomendada desde los 14 años
$15.000 Gral. $7.500 Preventa 1 $11.500 Preventa 2, $7.500 Súper Jueves y estudiantes; $9.000 personas mayores; $ 11.500 Domingo Dúo, $10.500 Tarjeta Vecino SoyProvidencia
Teatro Finis Terrae (Av. Pocuro 1935, Providencia).
Estacionamiento gratuito (ingreso por calle Amberes)
https://ticketplus.cl/events/un-enemigo-del-pueblo-2026
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