Crítica literaria “En una habitación ajena”: “Ahora me observo desde fuera, como alguien que no soy yo”

Por Paulo Adriazola Brandt

En esta excelente novela del escritor sudafricano Damon Galgut (1963), quien obtuvo el premio Booker por otra de sus obras, La promesa, nos relata tres historias unidas tanto por el protagonista, Damon, como por el tópico del viaje, desarrollado aquí como una necesidad para no estar, o al menos que el movimiento se encargue de adormecernos, de evitar que la secuencia infinita de pensamientos incómodos se manifieste, en tanto continúe el moviendo. “La idea de viajar es un intento por escapar del tiempo, la mayoría de las veces, un intento inútil”.

En la primera historia, El seguidor, el protagonista, que ha viajado incansablemente, conoce a Reiner, casualmente, en la cresta de una colina, el hombre viste enteramente de negro y desde ese instante comienza una relación amistosa que los lleva a compartir un viaje a Lesoto. Pero la formalidad continúa como si no hubiesen avanzado en una intimidad que debería nacer a partir de esa amistad. Es más, la relación es ambigua, circula otra necesidad de cercanía, tal vez física, pero que no se concreta. “Él no ama a Reiner, pero su camaradería sí tiene la forma de una oscura pasión”. Y quien nos cuenta esta historia es un narrador en tercera persona que mira con objetividad, pero en ciertos momentos aparece una voz en primera persona, de alguien que necesita narrar esta historia desde la comodidad de ser otro, “soy un espectador de mi propio comportamiento”. Es decir, un narrador que se desdobla para decir exactamente lo que siente. En tanto recorren largos kilómetros de agrestes caminos en Lesoto, la única unión es el ruido de sus pisadas porque no hablan, y esa ausencia de palabras crea una tensión que de cierta manera Damon disfruta, ya que han creado un mundo etéreo y práctico donde no se necesita el lenguaje. Pero Reines es inflexible, metódico, siempre enigmático, quiere prescindir de todas las banalidades, “la gente necesita demasiadas cosas”. Sin embargo, cuando necesitan relacionarse con los demás, como para comprar alimentos, el silencio no sirve y la pugna por el poder aflora. Damon explota y le dice “como puedes tratarme así” y lanza con furia los objetos de un precario campamento que han armado, en tanto Reiner sigue impasible, esperando una pausa para acercarse, siempre indolente, y únicamente le da un billete de 50 rands, “los vas a necesitar”, y en lo más alto de una montaña, tal como se conocieron, se separan con un simple adiós. Tiempo después se encuentran casualmente un par de veces, y evitan saludarse.

En la segunda historia, El amante, nuestro protagonista, Damon, se encuentra en Zambia donde conoce a un grupo de turistas con quienes comparte el viaje, no interactúan más allá de acordar el siguiente destino, y una que otra conversación banal. Pero deciden ir a una hermosa isla en medio de un lago, que para los demás es un paraíso donde nadan, duermen y fuman, pero Damon no halla la calma, y pronto se aleja de ellos, abandona lo que el resto ve como un pedazo del paraíso. Sin embargo, ese cambio de rumbo lo lleva a conocer a Jerome, nuevamente gracias al azar, porque jamás busca algo, jamás cuenta con un proyecto que no sea seguir moviéndose. Y como Jerome quiere conocer Tanzania, junto a otros dos turistas (uno es chileno, de Santiago), se entrega a esta nueva aventura, que hará surgir entre él y Jerome, otra relación con espacios de silencio más que de palabras. Pero el destino juega una mala pasada y se pierden de vista en una pequeña ciudad peligrosa, Damon lo busca en la estación de trenes, pero ya es tarde y debe ir por un alojamiento, llega a un hotel sencillo, lúgubre, donde solo queda una habitación. “No recuerda la última vez que se sintió tan solo”. Pero pronto se vuelven a encontrar y Jerome lo invita a Suiza, donde vive, pero Damon no contesta, aunque le asegura que volverán a encontrarse. Y nuevamente el constante cambio, recorre ciudades sin saber bien para qué, “Va de un lugar a otro impulsado por la absurda angustia de quedarse quieto”, porque lo de Jerome es lo mismo de antes, lo que ha sido, pero en verdad nunca ocurrió. Cuatro meses después viaja a Europa y visita a Jerome en Suiza, quien lo recibe con uniforme militar, la conversación es falsa y fría, en realidad no sabían qué decirse. “Siempre cargando con el peso del vacío, como una maleta negra encadenada a su muñeca”. Al final, luego de pasar por Londres, vuelve a su casa y le escribe a Jerome. A los pocos días alguien contesta su carta para decirle que Jerome ha muerto en un accidente de tránsito.

La tercera historia, El guardián, toma otro rumbo. Aquí Damon es un verdadero guardián de su amiga Anna, una mujer inestable, rebelde frente a su tratamiento psiquiátrico, se niega a tomar sus medicamentos y es él quien debe cuidarla, aunque eso lo descompensa y se siente vacío. Ya es un hombre de mediana edad y su forma de viajar ha cambiado. Ahora está en Margao, “una ciudad sucia y bulliciosa” en la India. Y la idea de moverse, de trasladarse por el solo hecho de sentir la impermanencia ya no existe, porque Anna demanda toda su atención, parecida a una niña que quiere arrancar en busca de una libertad peligrosa, “como si estuviera en un túnel largo y oscuro, y al final viese un mundo soleado”. De pronto Anna ingiere la totalidad de las pastillas, 250, el número le parece increíble, y entra en coma, pasan días angustiantes en un hospital que no hay nadie más que la cuide, y él la baña, limpia sus excrementos, la vigila, y luego de algunas semanas se va recuperando. Y cuando ya está plenamente consciente, exige que la dejen ir, salir de ese encierro, porque ella no ha pedido que la cuiden, que la suelten, repite. Pero Damon se opone y la relación entre ambos llega al límite, se odian. En definitiva, esta situación obliga a nuestro protagonista a hacer todo lo que no pudo con Reiner, es decir, vincularse profundamente. Pero el viaje termina y se separan, ella trata de estructurar una vida, tiene una novia, insiste en hallar algo que la haga feliz. Sin embargo, una tarde de soledad, en su departamento, “tomó una sobredosis masiva de analgésicos” y falleció. Cuando Damon se entera, habla en voz alta como si fuera lo último que ella pudiera oír: “Perdóname, amiga mía, traté de sostenerte, pero te caíste, te caíste”.

Ficha técnica

Título: En una habitación ajena

Autor: Damon Galgut

Novela

Editorial: Libros del Asteroide

Año:2024                    

Páginas: 220

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