Por Victoria Abaroa
Su cartera siempre acarrea pequeñas espinas y vértebras de criaturas marinas, recogidas en las costas chilenas. Últimamente, la artista Kokó Acevedo (1999) ha comenzado a lijar su colección de reliquias óseas para obtener pigmentos, los cuales mezcla con cera, linaza, maicena e incluso tinta de tatuaje. Con estas barras de óleo artesanales da vida a los dibujos surrealistas de A veces un mar dulce, exposición abierta hasta el 30 de agosto en el Museo Palacio Rioja, en Viña del Mar.
En las obras de Kokó Acevedo, trazos orgánicos y sinuosos dan vida a personajes recurrentes. Se trata de figuras que se le aparecen en sueños nocturnos: fantasías azuladas desplegadas en un umbral donde la noche se une a la madrugada y el cielo se disuelve en las profundidades del océano.
Según Gastón Bachelard, las aguas se relacionan con la muerte y el sueño desde la desintegración y el reposo. En El agua y los sueños, el filósofo evoca el ahogo de Ofelia como paradigma de una muerte femenina, envuelta en una delicada pasividad. Sin embargo, en la muestra colectiva A veces un mar dulce —donde expone junto a Rosario Mercado, Krishna Escovedo, Exequiel Escobar y Rosario Sotomayor—, Acevedo trasciende esa docilidad asociada a lo femenino sin desmarcarse por completo de su poética.
Curada por Javiera Sepúlveda, la muestra se inspira en el Litoral Central y alude desde su título a la dualidad de un océano que oscila entre lo amable y lo feroz. En la exposición, las piezas abordan la erosión desde la evocación de la caricia, entendiendo el gesto de pulir como la purificación misma de la materia.
¿Nos podrías contar más acerca de tu relación personal con el mar?
Yo nací en Santiago, pero mi familia materna es de Quintero. Mi mamá me tuvo muy joven entonces mis abuelos estuvieron muy presentes en mi crianza, y yo desde chica fui los fines de semana a estar con ella y mi abuelo en su casa. Después de que salí del colegio me vine a estudiar a Valparaíso, para estar cerca del mar. Me gusta mucho la imagen del cabro chico en la playa, con los labios morados. Tengo esa imagen de mí misma tiritando, con mi mamá diciéndome que me salga del mar porque casi que estaba con hipotermia. Siempre he tenido una relación muy cercana con el mar y me ha interesado la biología marina. En el último tiempo he estado muy interesada en las estrellas de mar y las medusas: cómo se reproducen, cómo se alimentan, cómo siguen vivas y cuántos años tienen, porque el mar es prehistórico.
Esto que dices me recuerda una anécdota en el programa radial Café Negro acerca de tu etapa universitaria. Mencionaste que habías tenido un profesor que se interesaba por las grandes preguntas y uno de los ejemplos que dabas era la importancia y el origen del color azul. ¿Dirías que tus obras son ensayos para dar respuesta a estas preguntas?
Yo diría que sí. En algún momento también me puse a investigar sobre el azul y algo que se me quedó marcado es que no se da tanto en la naturaleza. Como era difícil de conseguir también era caro. Otra cosa que, en el la cosmogonía mapuche, el alma es de color azul. El mundo de los sueños es de ese color porque el alma vuelve a su mundo de origen. Esto lo escuché en una entrevista a Elicura Chihuailaf y me hizo mucho sentido porque yo sueño en azul.
En tu Instagram mencionas un cuaderno de sueños ¿podría decirse que se trata de una bitácora de tu trabajo o consideras que son cosas separadas?
No, yo creo que es totalmente una bitácora. Por lo general, lo que hago es anotar el sueño en esta bitácora y luego reescribirlo cuando ya estoy despierta. En el cuaderno se produce una mezcla entre lo que fue el sueño y la interpretación emocional y poética que yo le voy dando después. A partir de eso hago una selección y salen los primeros dibujos.
En la exposición, la creación grupal abarca diversas disciplinas —desde el dibujo y la fotografía hasta la performance—, pero cobra una fuerza particular en la transcripción del poema de Rosario Sotomayor, que aborda precisamente el tema de la colectividad. ¿Qué sentido adquiere encarnar este texto a través del trazo manual?
Rosario estudia arquitectura y trabaja mucho el tema de la sacralidad del espacio. Me pareció fundamental incluirla porque teníamos búsquedas similares, pero como no podía estar en el país, armamos una transcripción colaborativa con varias personas. Fue un proceso muy bonito: tener ese poema presente en la sala le dio un carácter ritual a la muestra, como si fuera una oración desplegada en un altar.
Pensando en el altar y en lo sagrado, me viene a la mente una obra abstracta que hiciste durante una residencia en México, a la que te has referido como “virgen” y “amuleto”. Su forma —alargada, vertical y sinuosa— me recordó a los contornos de un objeto ritual. En esta exposición hay otras dos piezas con el mismo formato. ¿Será que esta forma repite la idea de ese amuleto, pero que, por su escala, adquiere la categoría de tótem?
Sí, totalmente. En un momento estuve investigando mucho la germinación de las especies marinas y me pareció alucinante que, en esa etapa, las estrellas de mar lucen como pinturas de Leonora Carrington: tienen cabecita, manos y parecen pequeñas diosas o haditas. A partir de esa investigación y esas formas, retomé el trabajo en madera que había iniciado con la obra que mencionas. Quería crear una especie de pieza hermana vinculada a un estudio sobre las medusas, todo conectado con un sueño donde la medusa aparecía como un ángel y, al mismo tiempo, como la figura mitológica que petrifica. Desde el principio supe que la obra iría por ahí: la medusa, su transformación y una sacralización de este ser, pero respondiendo también a la simetría de esas formas germinales. En algún momento, pensé en pintar los contornos, pero al observarla bien decidí que la imagen debía ir de borde a borde, como una ventana o un pasadizo.
¿Cómo surgió tu interés por los huesos, la oscuridad y la muerte?
El desarrollo de mi lenguaje y mi vida en general se vieron atravesados por la muerte de mi pololo cuando yo estaba en la universidad. Fue un accidente inesperado que generó un vuelco en mi relación con el mundo onírico porque empecé a comunicarme con él a través de mis sueños. Esto no era algo que yo hiciera desde antes, sino que apareció en ese momento y comencé a dormir un montón solamente para hablar con él. Mientras vivía en Quintero con mi abuela empecé a ir mucho al mar, porque me daba mucha calma poder estar cerca de él. Estando allí, comencé a recoger huesos. Finalmente, en esta tarea convergieron dos búsquedas: la recolección de huesos y la recolección de sueños. Ambas muy unidas por la muerte, pero también por lo que queda después de ella, porque el hueso es el último mensaje del cuerpo.
¿Crees que esta resignificación de la muerte pudo haber tenido que ver con tu interés por irte a México y su noción de la muerte como carnaval?
Exacto. Algo que me atrae mucho de la cultura mexicana y de Mesoamérica es el sincretismo entre sus deidades y sus creencias, particularmente las deidades femeninas duales que responden a la vida y a la muerte, entendida esta como una parte más de un proceso. Creo que rescatar esa noción de la muerte como un renacer o como algo biológico fue lo que me llevó a México.
Tus dibujos están llenos de presencias específicas que uno podría llamar personajes ¿Ellos tienen una mitología específica inventada por ti o son entidades que se repiten pero que no tienen mucho trasfondo?
Tienen historia. En la muestra hay un dibujo preciso que hice con un amigo que se llamaba Exequiel que también falleció hace muy poco. Compartimos nuestros mundos oníricos con personajes súper definidos. Por ejemplo, la medusa que es como un ángel que encarna la catástrofe y la tejedora de sueños, que es una anciana que he visto varias veces y en situaciones críticas de mi vida. Cuando ella aparece es porque algo tiene que mutar. Es como si me dijera “cambia de rumbo, no estás no estás tejiendo bien tu vida”. También se me aparecen muchos animales.
Los perros largos y esbeltos son una imagen que se repite mucho.
Efectivamente. En las obras aparecen los perros porque también se me aparecen demasiado en los sueños como mensajeros. También sueño mucho con pájaros que me piden prestarle atención a ciertas cosas
¿Qué representa para ti la mariposa de obsidiana? que es una de las obras de tu muestra.
La mariposa de obsidiana se inspira en la diosa azteca y en el poema de Octavio Paz. Ella es el primer sacrificio azteca, una mujer que se vuelve la madre de todo lo que habita debajo la tierra. Luego, al desarrollarse la astronomía, estas deidades se astralizan, así que se convierte en diosa del cielo y del inframundo a la vez. Al imaginar a esta guardiana de las almas y los sueños profundos, ideé un ser casi arácnido, gigante, bajo cuya sombra estamos todos. Es la estructura invisible que nos envuelve, arriba y abajo, hecha a partir de una recolección de huesos. Lo iridiscente viene de mi investigación sobre el color y las emociones. Estaba buscando lograr el color del nácar y me di cuenta de que esa gama tornasolada la comparten también los huesos. El blanco hueso contiene pequeñas partículas de otros colores: rosa, verde, azul. Descubrir que una estructura biológica como el hueso contiene todo ese espectro me pareció muy potente, y utilicé esa misma técnica recolectando fragmentos de óleo.
Al final del programa radial Café Negro hablaste de cómo la producción artística de tu generación suele tener que ver con problemáticas concretas de la actualidad. ¿Cómo converge esta dimensión de la actualidad, terrenal y concreta con el mundo de los sueños, el inconsciente y todo aquello que parece trascender la actualidad noticiosa?
Lola Hoffmann rescataba de Jung la idea de que hemos desposeído a las cosas de su misterio, rompiendo nuestro vínculo afectivo con la naturaleza. Para reconectar con esa dimensión mítica, los sueños son hoy el canal más accesible. A partir de esto, asumí el compromiso de cultivar ese lazo emocional con la naturaleza y las problemáticas sociales, que son también humanas. En este marco, y desde el lenguaje poético, se sitúa la capacidad de enfocar imágenes con los ojos cerrados —destacada por Italo Calvino—: una potencia imaginativa infinitamente rica que hoy se está perdiendo. De ahí mi interés por el surrealismo, que indaga en esas dimensiones invisibles que nos unen, como el amor. Mi trabajo busca rescatar esa capacidad imaginativa y reanudar nuestro vínculo afectivo con el entorno.
¿Crees que todas las personas pueden interactuar tan profundamente con sus sueños?
Creo que todos podemos, pero se cultiva. A mí se me ha facilitado porque desde pequeña he sido muy atenta, lo que me permitió desarrollar una comunicación efectiva conmigo misma y leer el mundo en imágenes; ese siempre ha sido mi camino en el arte. Mi sensibilidad hace que las cosas me atraviesen, y una de mis misiones es entregarla hacia la construcción de una vereda más consciente y bondadosa. En mi caso, el desarrollo de la lectura del inconsciente se dio obligado por la muerte de mi pareja y su presencia continua. A partir de ahí entendí que existía otra dimensión —un portal o canal hacia lo invisible que me permitió ver mi sombra y el mundo de los símbolos—. Me gustaría transmitir lo sanador que es esto y lo importante que resulta para vivir, para morir y para conectarse con los demás.
Ficha técnica
Exposición: A veces un mar dulce
Artista: Kokó Acevedo, Rosario Mercado, Krishna Escovedo, Exequiel Escobar y Rosario Sotomayor
Lugar: Museo Palacio de la Rioja
Valparaíso, Chile
Técnicas: Dibujo, performance, cerámica, poesía
Entrada: Gratuita
Hasta el 30 de agosto
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