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jueves, mayo 13, 2021

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Entrevista a la escritora Victoria Valenzuela: Escribir desde la grieta

Por Pepa Valenzuela

Acaba de lanzar su segunda novela, El hambre de las bestias (Planeta) y ahora vuelve a Nueva York, desde donde escribe y se separa un poco del mundo para hacerlo. Aquí, Victoria Valenzuela, psicóloga y escritora, habla un poco de su historia, su salto al vacío y la lucidez que le dieron las letras.

La historia es así: Victoria Valenzuela, chilena, nacida y criada en Valparaíso, es psicóloga y coach. Vive en Santiago. Está casada. Vive en una linda casa. Vive bien. Quiere quedar embarazada, pero no puede. Con su esposo, lo intentan. Pagan tratamientos de fertilización. Prueban distintos métodos. Nada resulta. Y dentro de Victoria hay una voz que le hablado siempre, pero que nunca ha tomado en cuenta. La voz le dice: escribe. Escribe, escribe, que tu trabajo no te gusta, ahora que sabes que no vas a ser madre. Escribe y abandona esta vida, tu vida hasta ahora. Y Victoria le hace caso a esa voz y a sus 33 años, decide dejar su carrera como psicóloga y coach para dedicarse a la escritura. El 2016 publica su primera novela, Con permiso para amar (Ediciones B). Luego, con su esposo emigran a Nueva York. Él para trabajar, ella para dedicarse de lleno a la escritura. Victoria acaba de publicar su segunda novela, El hambre de las bestias.

¿Cómo fue este salto de la psicología a la literatura? ¿Cómo lo viviste?

Fue un salto al vacío. Se requiere mucho coraje porque este es un lugar donde hay más incertidumbre que certezas. Me siento millonaria porque cuento con el tiempo de escribir, pero eso supone una serie de renuncias. Yo no tengo seguro de salud, no tenemos ahorros, vivir de esto es muy incierto, no tienes paga constante, a menos que seas un escritor consolidado. Es un tema de elecciones. Elegí salir de la confortabilidad que es ser asalariada, tener una rutina, poder ir a un gimnasio. Era una vida bastante rutinaria, monótona y bastante de placer inmediato. Mi familia es de bastante esfuerzo, eso costó. Hubo miembros de mi familia que me quitaron el saludo y me tildaron de irresponsable, y sí, ni yo imaginaba lo duro que iba a ser este camino.

¿Cuáles fueron tus miedos al saltar a este vacío?

Creo que, si en la vida no haces saltos radicales, con violencia, no pasa nada. Pero me daba miedo perder posibilidades que me habían costado, perder la vigencia, qué pasa si nada resulta y a la vuelta no puedo volver al sistema porque me desvié. Acá se valora tanto que podamos seguir con un perfil, construirse un perfil, que al final solo es dar un paso tras otro en una dirección con una lógica que sea evidente, rutinaria. Me daba miedo no poder adaptarme, quedarme en una depresión encapsulada. Me daba miedo fracasar. Eran más miedos los que me hablaban por eso fue abrazar un poco la locura y tirarse.

Y qué te decía la locura

Que estaba tomando el último tren para hacer algo a mis 33 años. Era ahora o nunca porque esa voz aventurera se va a ir acallando con las rutinas y las comodidades. Sabía que después iba a encontrar un montón de excusas para no moverme de mi zona de confort.

¿Qué distancias hay entre tu primer libro con respecto del segundo, El hambre de las bestias?

El primer libro fue una salida del clóset. Me sirvió para decir “ahora me dedico a escribir”. Estaba en una etapa en que quería gritarle al mundo, y gritarme a mí misma, que este era un camino válido. Fue el momento más honesto de mi vida cuando declaro mi ser escritora. Yo sabía que tenía esa deuda, pero no le hacía caso y tuve que tocar fondo para decir que las letras me iban a ayudar a sobrevivir. Este segundo libro tiene que ver más con vivir las experiencias. Para escribirlo, pinté murales, me metí en la vida de Drag, fui a las academias de baile. Me concentré en las locaciones, dónde se iban a mover los personajes, qué lugar iba a tener la cordillera, el Mapocho, lugares emblemáticos como La Vega, el Museo a Cielo Abierto de San Miguel. Luego fui al mundo psicológico, por qué una persona decide maquillarse, por qué decide enseñarle a otro a bailar en tacones, por qué vivir del muralismo y correr riesgos que los lleven a la cárcel.

¿Qué tienen que ver contigo esos personajes de El hambre de las bestias, una drag queen, una peluquera, un niño que decide ser muralista?

Ellos también han tenido que ser valientes y renunciar a cosas de inmediato para hacer lo que les llena, para seguir su voz interna.

¿Te sientes ahora escritora, parte de un grupo de escritores o algo así?

Siempre he tenido una sensación de extrañeza en mi vida. Nunca he sentido que pertenezco a nada. Siempre he estado como en una grieta, ni de aquí ni de allá. Estoy en Estados Unidos, pero no soy parte, siempre miro todo por la ventana y lo mismo en mi vida, nunca he dicho acá pertenezco. Tengo un nivel de desajuste que viene conmigo. Ser parte de los grupos implica una suerte de historia que, claramente, yo no tengo. Asumo mi lugar más periférico y de silencio. Yo necesito mucho silencio. Esta figura de que estoy un poco lejos me acomoda bastante. El arte en todas sus disciplinas es un acto de renuncia. No es solo escribir, también quisiera publicarlo. Y ese es el ejercicio del que me tengo que recordar todos los días para mantener un poco de lucidez, en el eje, si no, empiezas a funcionar de acuerdo si se publica, si se vende el libro. Mantenerse fiel a una misma es lo que cuesta. 

¿Ahora estás escribiendo una tercera novela?

Sí, es sobre los vínculos materno-filiales, es más oscura también, menos tradicional, tiene una forma de escribir más jugada y que ha despertado todas mis sombras, mis temores. Ya estoy escuchando las voces que me dicen que tengo que retomar y volver a lo mío. A partir de los temas se van reparando muchas situaciones. Una se va reparando a través de la escritura. La literatura es la manera más honesta que tengo para plantarme en el mundo. Le dio sentido a mi vida y me permite llevar mi vida de una manera más honesta, más lúcida.

 

 

 

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