Entrevista al dramaturgo de “La Leva” Leonardo González: “Prefiero escribir desde lo que la memoria es capaz de recordar”

 

Por Galia Bogolasky

¿Cómo surgió la idea de escribir La Leva?

Surgió el mismo día que me enteré de la muerte de Lemebel. Fue terrible. Fue uno de los momentos más tristes de este último tiempo. Estaba en un Starbucks, visitando a unos amigos en Canadá. Era enero, se podía ver el lago Ontario desde la ventana escarchado por la nieve. Llega mi amigo y muy casualmente me dice: “¿supiste que se murió Lemebel?”. Todavía me acuerdo y me da mucha pena. Lemebel había sido alguien importante para mí, sobre todo en mi infancia. Ese mismo día en ese mismo Starbucks escribí el germen de la primera “crónica” de La Leva, en formato de poesía. Un poema bastante cursi.

¿Cuál es tu conexión con Lemebel para tomar su figura como inspiración para esta obra?

Era el año 2000 yo creo, o por ahí, íbamos con mi madrina harto a La Morada (agrupación feminista), porque mi madrina trabajaba allí. Yo iba en octavo básico. Lemebel trabajaba ahí mismo haciendo su programa Cancionero, dentro de la Radio Tierra. La Morada y la Radio Tierra estaban en el mismo lugar. Para mí él era un personaje exótico. Me causaba fascinación. Mi madrina me llevó de regalo de cumpleaños a ver la adaptación teatral de su libro Loco Afán y me mostró su ejemplar de editorial LOM del libro De perlas y cicatrices, en donde aparecía él con un collar de hojas de afeitar en la portada y rescataba las crónicas que Lemebel leía en la Radio Tierra. Esto incrementó más mi curiosidad.

Un día nos encontramos en el patio de la radio y conversamos largo. Le conté que lo admiraba. Me terminó regalando un gatito callejero que vivía en la radio a cargo de él. Un gato que él había nombrado Kimba, por el león blanco y huérfano de la tele. Después yo le cambié el nombre a Galo, tal como está expuesto en la obra La Leva. En ese sentido traté de ser fiel a mi memoria de los hechos, cuando se cuenta la historia del gato. Ahora que lo pienso mejor el niño de esa historia tiene algunas diferencias conmigo, pero más menos eso así ocurrió. Fue marcador. Luego nos seguimos encontrando y me acuerdo de que una vez, años después, me lo encontré en una marcha en Plaza Italia y le dije: “Hola Pedro, soy Leo, el niño del gato Kimba” … y me mira y me dice “sé perfectamente quién eres tú”. Después nunca más lo vi y me embargó la tristeza cuando murió. Me acordé del gato, de esos días en la radio. Esos días que duraban una infinidad cuando teníamos 13 años.

Este año Lemebel ha tenido harta presencia, debido al exitoso documental de Joanna Reposi. ¿Esto fue coincidencia? o ¿hubo algo que hizo que surgiera esta obra en este momento?


Coincidencia total. Pero me parece curioso lo que ha pasado con el documental. Yo vivo en Estados Unidos y aquí no ha llegado, pero espero poder verlo algún día.

¿Cómo fue el proceso creativo para crear esta obra que tiene tantos elementos, tanto en puesta en escena, como de sonido y música?

En cuanto a la elaboración del texto, que es de lo que yo me siento autorizado para hablar, fue del “yo” hacia un “nosotros”. Después de escribir la crónica del gato que representaba una historia más personal, me dediqué a conversar durante un par de meses con personas cercanas a Pedro… hablé con Gilda Luongo, Carmen Berenguer, Pía Barros, Héctor Núñez, Jovana Skármeta, Fernando Blanco, entre otras. Entre todas surgió La Leva, en esa conexión comunitaria. Aunque, como es costumbre para mí, no grabé. Casi nunca uso la grabadora. Prefiero escribir desde lo que la memoria es capaz de recordar. Veo que ahí hay un juego de autoría más desafiante, aunque respeto mucho el trabajo de gente que usa la grabadora y construye desde ese registro, como María Moreno. Me pregunto cómo hacerle justicia a la verdad de lo que se dijo tan solo usando mi aparato, mi cuerpo. Trato en lo posible de concentrarme mientras escribo. Hasta ahí llego yo.

La pregunta por la puesta en escena le corresponde a Juan Pablo Troncoso, que es el director de la obra. Por lo que sé puedo decirte que hay un intento por recuperar la voz de Pedro Lemebel más que hacer una representación realista de las escenas. Juan Pablo ha estudiado mucho y el grupo también. Ellos han complejizado el texto, haciéndolo parte de un entramado de momentos que están dados principalmente por la actuación, el diseño y la creación de un espacio sonoro.

Esta es una obra con un componente poético importante, algo distinto de tus otros formatos en obras anteriores. ¿Cómo llegaste a este formato?

Es interesante que me digas eso porque yo no lo había pensado. La gran inspiración de esta obra es la voz de Lemebel, sus crónicas, sus entrevistas, y la voz de otras autoras como Manuel Puig, Iván Monalisa Ojeda, que me interesan. También Reinaldo Arenas, que murió en Nueva York, de Sida, en 1990, en muy malas condiciones y dejó una obra maravillosa. Su novela El color del verano es un ejercicio de escritura coral en el que él se desdobla en tres alter egos, uno corresponde a su niñez, otro al escritor y otro a su yo “mujer travesti”. También, de niño, vi varias veces la película Fresa y Chocolate. Tengo muy presente ese trabajo desde la voz cubana que para mí representa la represión a los homosexuales quizás más fuertemente que en ningún otro lugar.

Tu estás viviendo en Estados Unidos hace un tiempo. ¿Cómo ha sido la experiencia de estar allá y escribir para montajes en Chile?

Estuve viviendo en Nueva York y hace poquito que vivo en Texas, porque empecé un doctorado en escritura en la Universidad de Houston dirigido por Cristina Rivera Garza, a quien le estoy muy agradecido por acogerme en esta comunidad intelectual. Yo creo que Nueva York es una ciudad brutalmente deliciosa, es casi una droga. Texas me da más tranquilidad, al contrario de lo que se pensaría, que los texanos son todos malos y que aman las armas, a mí me ha tocado pertenecer a un círculo de gente muy bella que piensa la vida de forma amplia. Pero NY… NY es la mejor definición de la palabra “todo” que uno podría encontrar en el diccionario. Y cuando te toma bien, te da mucha capacidad para crear, te enchufa, te apura, te obliga a agotar tus posibilidades y a priorizar.

Yo nunca escribo para montajes en Chile. La primera parte de La Leva (que se titula Kimba, el león blanco) se estrenó primero en Nueva York, en el festival Fuerza Fest, dirigida por Daniela Fresard y luego hicimos con Daniela una perfoconferencia en Harvard, ahí donde el mismo Lemebel había ofrecido una charla magistral en el año 2004. Fue bonito, eso fue como un cierre para mí con el texto, que se había escrito también en una universidad, en la Universidad de Nueva York, dentro de un taller de ficción de Lina Meruane, dentro del magíster que yo cursaba. Nanas, que es la obra anterior, también se estrenó primero en Nueva York y después en Chile. Nunca pienso que estoy escribiendo para Chile. Pero por ciertas razones las obras se dan allá. Razones que no son mágicas. Me refiero a cariños, afectos, lugares y recuerdos a los que las obras de algún modo apelan.

¿Cómo ves el estado del teatro chileno, mirado desde la perspectiva de estar inserto en un ambiente con una importante historia teatral?

Bueno, por lo que leo y que me cuentan, veo bien al teatro chileno. Veo que hay una manera de hacer teatro que es menos realista que acá, es más experimental. No es como acá que el dramaturgo es intocable y eso me parece bien (antes me parecía mal pero ahora me parece bien, la experiencia me ha ayudado a ver las cosas distinto) y me gusta que el teatro en Chile se haga con mucho esfuerzo y compañerismo. Acá he notado que hay mucho rigor, los sueldos son más estables y mejores en comparación con el costo de la vida, en otras palabras, se puede vivir del teatro porque hay una industria (me refiero a New York, no a Texas). Pero los actores terminan la función y normalmente se van a sus casas. No es como en Chile que nos iríamos a tomar algo.

Entonces, pones en la balanza y no sabes… depende de qué tipo de vínculo te interese más cultivar. Ojalá en Chile los sueldos fueran mejores para los que hacemos teatro. De partida, ojalá hubiera sueldos anuales y no boleteos o ingresos esporádicos por proyecto. Para alguien que aporta sustantivamente a la cultura, lo mínimo es que se le retribuya con un sueldo digno de su aporte. Me acuerdo que Juan Radrigán batallaba para llegar a fin de mes, tenía que hacer clases en varias universidades, y aunque le gustaba, era agotador para alguien de más de setenta años tener ese estilo de vida. Después vino el Premio Nacional, pero eso ya se lo dieron al final de su vida.

¿Cuáles son las grandes temáticas de las que te gusta hablar en tus obras?

No sé. Nunca me propongo hablar de temas. Creo que siempre se trata de dialogar con algo. Últimamente pienso más desde el protagonismo de la naturaleza. Lo humano me interesa menos que antes. Me interesan más los animales, las geografías. Pero por otro lado, pienso que me gustaría ser capaz de crear algo tan complejo como lo que ha ocurrido con Joker, que es la desmitificación del héroe que los gringos venían creando hace tanto tiempo en sus películas de Marvel. Esa subversión me parece muy necesaria. La que viene a chocar con lo que está promoviéndose, para clamar existencia, y a veces lograr un impacto concreto. Creo que ahí se puede contribuir mucho. Me refiero a usar un formato comercial (los gringos lo llaman un blockbuster) para hacer algo que cuestione las bases de una sociedad. Utilizando personajes icónicos que sean populares, que permitan debatir sobre los mitos de una nación y acaso los mitos universales. El ser blanco vigoroso, por ejemplo, la chica rubia delgada no intelectual.

¿Cuáles son tus futuros proyectos?
Me gustaría seguir trabajando con Juan Pablo (Troncoso), con Ricardo (Montt), con las chicas de La Leva. Me interesa seguir dialogando con Interdram, agrupación con la que hicimos la obra Nanas. Me parece el trabajo de Ana López es relevante para la actividad cultural latinoamericana. Y bueno, tengo que escribir una tesis doctoral, que no es poco.

LA LEVA, un montaje que se sitúa en la encrucijada que implica Pedro Lemebel: artista, proleta, loca, leva, lumpen.

Última Función: 
Sábado 19 de octubre/ 21 hrs

Sala Ana González

Estación Mapocho

Entradas en boletería, desde una hora antes de cada función, o reservando al correo:
obralaleva@gmail.com

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