Entrevista al escritor Mauricio Electorat: “Todo mi universo narrativo está absolutamente atravesado por la política”

 

Por María Olga Matte

Tuimos la oportunidad de entrevistar al escritor chileno Mauricio Electorat, desde el Barrio del Marais, en París. Electorat es escritor y periodista. Ha escrito Crónica de Perú (1982), Un buey sobre mi lengua (1987), que son sus primeros libros de poesía. El Paraíso tres veces al día (1995), La burla del tiempo (2004) Las islas que van quedando (2009), No hay que mirar a los muertos (2015) y Pequeños cementerios bajo la luna (2017). Entre los cuentos podemos destacar Nunca fui a Tijuana y otros cuentos (1999) y Alguien soñará con nosotros (2014).

¿Cómo te sentiste de niño? ¿Cuánto leías de niño? Sabemos que estuviste en la Alianza Francesa en Chile y empezaste, por lo tanto, a aprender a leer y escribir, primero, en francés que en castellano. Y que tus lecturas, por lo tanto, fueron escritores franceses. Pero, ¿a qué jugabas cuándo niño y cómo fue esa primera relación, justamente, con la lectura y con la escritura?, ¿tienes recuerdos de eso?


Sí, tengo bastantes recuerdos. Cuando niño jugaba mucho solo, porque fui hijo único hasta los cinco años. Tengo una diferencia de cinco años con mi hermana. Después, en la vida, cinco años más, cinco años menos da lo mismo, pero, entre los cero y los cinco años es mucho, y entre los cinco y los diez también, porque tu hermana es un bebé y luego es una cosa chica que anda y qué sé yo. La verdad es que jugaba mucho solo, yo creo que de pequeño no tenía muchos amigos tampoco. Tenía un universo imaginario muy nutrido. Como buen niño solo, hijo único. Muy sobreprotegido de mi madre. Todos los escritores tenemos una relación muy singular con nuestras madres.

¿Sí?

Sin duda. No se es escritor si no se tiene una relación compleja, densa, tortuosa a veces, con la madre. “Deseoso es aquel que huye de su madre” , escribe Lezama Lima. Lezama Lima, Borges, Flaubert, son todos niños así. Los míos eran juegos solitarios con camiones de palo. Jugaba mucho a conducir, a manejar camiones y ese tipo de cosas con una bandeja que hacía las veces de volante y podía estar horas. Porque me imaginaba las calles y la ruta, los paisajes y me bajaba. Y reproducía todo lo que hacíamos con mis padres, yendo a Viña o a Valparaíso.

Un universo particularmente imaginario. Una madre que obviamente no trabajaba. Digo obviamente, porque era una mujer de su generación, esas mujeres que se asumían ante todo como madres y dueñas de casa,. Estaba en la casa. Era muy lectora. Sin ser una intelectual, era mujer que había leído y leía mucho, sobre todo novelas. Te puedo contar un ritual, en el que probablemente esté el germen, el embrión de muchas cosas. Mi madre, estamos hablando de los años sesenta, se maquillaba todos los días, antes de que mi padre volviera del trabajo. Esta cosa que tenían esas señoras de esa época, de recibir bien al marido, maquilladas y tal, con las pestañas y esas cosas que siempre me fascinó, que se usa para encresparse las pestañas. Todos esos adminículos a mí me fascinaban. Todo ese despliegue de polvos esponjas, y pinceles. Me parecía increíble.

Como un arte, y el ritual mismo de verla transformarse, además.

Claro. Mientras se iba maquillando me iba contando la novela que estaba leyendo. Era muy divertido porque yo me recuerdo de niño en un rincón de la pieza, de su habitación, escuchando esas novelas del siglo XIX. Por ella escuché la historia de Madame Bovary, la historia Dorian Grey, de Ana Karenina y otras muchas .

¿Te las contaba sin filtro?

No me acuerdo cómo me las contaba. Pero, era su lectura y era una lectura un poco…, seguramente filtro había.

¿Y era buena narradora? Debe haber sido una buena narradora.

Era una gran narradora oral. Era muy simpática.

¿Te acuerdas tú de haberle ido preguntando qué pasaba más?

Por supuesto, obvio.

Porque estoy pensando que ahí nace el periodista también. ¿Por qué pasamos del “camionero” al periodista?, ¿O de este viajero a un periodista?

El periodismo fue una elección de circunstancia, porque yo tenía claro desde muy adolescente que lo que a mí me gustaba era la literatura y no otra cosa. Pero, como estábamos en plena dictadura en Chile y la educación era lo que era en ese entonces… y yo era un niñito de la mediana burguesía, de esa clase media relativamente acomodada chilena. No ricos, pero tampoco pobres y con cierta apertura del mundo, con una gente que tenía una cierta preocupación por legarle a sus hijos un cierto capital intelectual, que entendía que eso era clave…

Entonces, estudiar literatura era prácticamente impensable, por la sencilla razón de que las universidades estaban todas intervenidas. Y por lo demás, había una cuestión social. A uno lo preparaban, para ser médico, abogado, arquitecto, ingeniero, no profesor de literatura, mucho menos de castellano, esa cosa era prácticamente indigna.

Entonces, como no encontraba mucho cómo podía deshacer ese nudo. me decidí por el periodismo por razones obvias y creo que tenía razón hasta el día de hoy. Pienso que, si hubiese habido una buena escuela de periodismo, yo me habría recibido de periodista y habría sido periodista con mucho gusto. Creo que habría sido un buen periodista, sin duda, porque me gusta. Lo que pasa es que la escuela era muy mala, los profesores eran, dicho en buen chileno, una mierda, era una vergüenza lo que pasaba en la escuela de periodismo de la Universidad de Chile en los años ochenta. Unos tipos, no solamente mediocres, sino que, además, malos, o sea, mal intencionados.

Entonces yo me dije: “No, esta carrera no la voy a sacar, me importa un pito, me da lo mismo, esto no es una carrera”. Imagínate que el profesor de Historia universal era un coronel de la Fuerza Aérea, explicaba a los griegos, pero centrándose únicamente en las batallas, los romanos, ídem, pero luego se saltaba a las guerras de independencia de Chile. Aunque los peores eran los periodistas que se habían quedado ahí, al servicio de esa especie de plan de destrucción de toda formación académica que era esa escuela bajo la dictadura.

De manera que dije: “Bueno, no la voy a sacar o la voy a sacar a mi ritmo”. Pero me seguí interesando en la literatura, entonces, compaginé las dos. Mi idea era terminar periodismo y literatura. Entonces, entré a estudiar literatura, que era lo que yo realmente quería y ahí si me gustó mucho. Después, ocurrió lo que ocurrió me hicieron un sumario, me pusieron en una lista negra por razones políticas.

¿Y ahí sales de Chile?

A mí no me pasó, estrictamente, nada. Jamás pisé una comisaría, tampoco me echaron, me dieron una sanción al cabo de un año, en vez de al cabo de seis meses. Te hacían perder tiempo. Lo más probable, es que si te quedabas ahí ya estabas en una lista negra, porque yo sí militaba, sí era miembro de un partido político. Por lo tanto, eso se sabía, porque el Pedagógico, donde estaban Periodismo y Literatura, había una sucursal de la CNI. Los tipos sabían todo, antes que tú te enteraras ellos lo sabían primero.

De manera que, cuando estabas en esas listas negras, lo más probable es que tu nombre volviera a salir en una segunda oleada después de otras manifestaciones, o por cualquier razón. A mucha gente le pasó que al final terminaba por renunciar a terminar sus estudios porque estaban sistemáticamente suspendidos, expulsados, y si se iban a otra universidad, les pasaba lo mismo. Yo tuve la suerte de que mi familia me apoyó en esto, y fue una gran suerte, sin duda. Mis padres, que no eran particularmente de izquierda, no eran pinochetistas tampoco, sin duda, eran demócratas cristianos, lo tuvieron muy claro .

¿Ahí te vas a Barcelona entonces?

Ahí me fui a Barcelona.

¿Qué se estudia cuando se estudia literatura?, ¿Es necesario, para ser escritor, estudiar literatura?

No, sin duda alguna que no.

¿Y tú, por qué querías tanto estudiar literatura?, ¿Encontraste eso que querías hacer?, ¿Encontraste lo que buscabas?

Sí, porque si bien es cierto que no es necesario estudiar literatura para ser escritor, ahí está la historia literaria para probártelo (Cervantes no estudió literatura, Góngora tampoco, Flaubert tampoco, etc), pero sí es cierto que te puede formar, te hace ganar tiempo. Lo que, de otra manera, tú solo, en tu casa vas a tener que abordar durante años de años de años, durante una vida entera para poder tener alguna idea de la evolución de los movimientos estéticos y, por lo tanto, filosóficos, a través de tiempo, una carrera de literatura te lo da en cuatro o cinco años, al menos las bases.

¿Para ser mejor escritor?

Lo que te ofrece una carrera de literatura es una formación sistemática en un área determinada. Yo estudié literatura, básicamente, porque, por lo que tú decías al comienzo: Yo aprendí los rudimentos de la literatura francesa. Aprendí, primero, a leer a Apollinaire, a Verlaine, a Baudelaire, Flaubert, en fin. Sin contar con los clásicos. Pero de literatura española, que era mi lengua materna, no tenía la más ínfima idea o muy poco. Entonces, como quería escribir, y para mí escribir era en español, en castellano, sentía que me faltaba esa formación. Y los períodos clásicos son extremadamente formativos, porque entonces tú te das cuenta por qué razón los clásicos perviven ¿Cómo dice Borges? “Clásico es un libro que las sucesivas generaciones de los hombres leen con previo fervor y misteriosa lealtad”.

¿A ti te sirvió, a ti te ayudó, te dio una base?

Yo creo que sí, porque es tan interminable, tan infinito, el océano de la literatura. Cuando digo la literatura, digo las literaturas. Yo estudié literatura española, o hispánica, como se llama. Por mi formación y mi vida, sé, bastante creo yo, de literatura francesa. Pero no tengo idea de literatura japonesa o de literatura hindú, etc. Por lo tanto, por lo menos en un par de lenguas o tres, en un par de tradiciones o tres, tienes alguna formación, tienes alguna idea de cómo las tendencias estéticas, la forma en que los escritores figuran el mundo, van conversando unas con otras, se van sucediendo, se van haciendo eco.

Lo que te gusta de la literatura, es, justamente, que tiene este diálogo. Que un Séneca hoy día puede tener relación con un, no sé si es a Vargas Llosa al que mencionas, pero de que alguna manera tú dices “ah, esto lo vi en otra parte” y que se va repitiendo.

Un caso concreto: Parra. Parra es un aforista, Parra es un poeta latino, Parra es Catulo en Santiago de Chile o en Las Cruces o en Chillán, donde sea. Él lo sabía. En Gonzalo Rojas late Quevedo, además de Horacio y toda la tradición de la poesía latina.

Así es ese universo relacional eternamente que se va dando.

En efecto, la literatura es un universo relacional

Por lo tanto, sirve, entonces, como dices tú, saber para no saber que uno está inventando nada nuevo bajo el sol, sino que simplemente se va dando, se va repitiendo.

Yo creo que hay dos tipos de escritores, el escritor que se hace desde el contacto, fundamentalmente, con la poesía, esto es con el lenguaje propiamente tal, con la palabra poética, por decirlo así. Y el escritor que se sitúa más bien desde el periodismo, desde la historia, desde las ciencias sociales y que va a, básicamente, centrarse en una mirada social, socio-histórica, política, etc. Es muy raro el cruce de ambos. Por ejemplo, Borges, que viene desde la poesía y la filosofía, pero García Márquez viene desde el periodismo, desde la historia, que es la de él, que la historia de ese espacio de su infancia, la historia de ese pueblo, eso es periodismo. Vargas Llosa que es un genio a los veinte años,

Desde La Ciudad y Los Perros para adelante, Conversación en La Catedral…

Exactamente, La ciudad y Los Perros, Conversación en La Catedral y La casa verde son obras maestras, sobre todo las dos últimas. Si el Nobel se diera por el mérito de una obra, Vargas Llosa lo hubiese tenido a los cuarenta años, porque en Vargas Llosa está esa mirada que viene desde lo social, desde lo histórico, desde lo político y está también la mirada poética. Lo que hace Vargas Llosa es una profunda renovación de la novela realista peruana, y por ahí latinoamericana, incorporando a ese material narrativo realista, digamos, las estructuras poéticas con las que Faulkner renueva definitivamente la novela anglosajona. Y Vargas Llosa lo adapta y muy bien. Pero, además, era un estudioso de la poética de Flaubert, entonces, estaba en el cruce entre Flaubert, el escritor puro, que busca la perfección, con esa obsesión y el escritor vanguardista a la Faulkner o sea, va más allá, hace estallar las estructuras del relato convencional. Pero su material sigue siendo el del vasto y viejo realismo latinoamericano y con eso renueva la novela en castellano. Es posible pensar que, para emprender dicha transformación, lo cual significa una empresa bastante descomunal, a Vargas Llosa le sirvió haber estudiado literatura. No es que no lo hubiese podido hacer si hubiese estudiado derecho o historia, pero probablemente los estudios formales de literatura le permitieron ganar tiempo.

¿Cómo vas estructurando la idea, cómo surge la idea de una novela? ¿Qué te pasa a ti con estos cruces? Más allá de lo que hablabas de que si tuvieras que analizar lo mismo que hiciste con Vargas Llosa, en tu caso, ¿Cómo dirías de dónde viene ? ¿Viene del periodismo, viene de la poesía, o es que vienes de un país lejano, pero viviste en Europa y te formaste ó acá más académicamente que allá?, ¿cómo analizarías esto?

¡Qué vasto tema!

Sí y es bonito. Imagino que has tenido el |tiempo de mirarte un poco, justamente. Porque escribes sobre Chile, pero viviste más de ¿cuánto?, ¿veinte años acá? Ahora vas y vienes, estas entre los dos países y eso a uno le permite objetivizarse.

Veinte años acá y siete en Barcelona. Y si le agregas los…

Y los hijos franceses más que chilenos…

Las mujeres, los matrimonios, etc. Tengo una vida de adulto más acá que allá, sin duda. Esto me da cierto pudor, porque es una escobilla para el ego.

Lo vamos a analizar, a lo mejor no nos gusta tanto lo que dicen. Pero, ¿cómo la analizarías? Además, haces clases, haces talleres. Pongámoste a ti como objeto de una clase sobre cómo escribe Electorat Müller.

Bueno, yo diría que, …

Este entramado entre tiempo y espacio, entre narrador y personaje que conversan..

Mira, en primer lugar, yo creo que, por lo que decíamos, probablemente yo sea un sujeto, sin duda alguna, dividido entre dos experiencias del mundo que son, también y acaso en primer lugar, lingüísticas, por supuesto. El castellano, que es mi lengua materna, pero también el francés, que viene muy pronto, que aprendí a los cuatro años, y que es la lengua en la que me formé intelectualmente. Y después, años de vida acá, etcétera. Por lo tanto, eso hace de mí un sujeto dividido entre dos lenguas, entre dos culturas, entre dos universos. Lo cual, como me dijo alguna vez una de las ex mujeres de Cortázar, “eso es una gran fuente de creatividad, pero también es una gran fuente de neurosis”.

Hay algo de esquizofrenia en esta división. De hecho, tú dices muchas veces, que la práctica de tu escritura es esta cosa identitaria que está siempre buscándote ahí, que está siempre rondando …

Absolutamente. Porque estás en ese vaivén. Eres la prueba manifiesta de la famosa frase de Rimbaud: “Yo es otro” y, por lo tanto, la materia de tu obra es precisamente el trabajo de construcción identitaria, ligada a de la memoria, etc. En ese cruce se dan cita la narrativa y el psicoanálisis. Escribir es siempre una foma de conocer y de conocerse, pero lo es más aún cuando la memoria y las marcas lingüísticas asociadas a tu inconsciente no indican claramente una pertenencia, más bien al contrario, son erráticas, desconcertantes, hablo por ejemplo del material de los sueños, a mí me ocurre de soñar en francés y otras veces en castellano, pero también, con el paso del tiempo, no sé muy bien si tal o tal situación ocurrió en París, en Santiago o a lo mejor en Barcelona…y cuando estoy hablando, haciendo clases por ejemplo, se me viene la palabra precisa a la mente… pero en francés, o viceversa, cuando estoy hablando en francés se me aparece una expresión en castellano que es perfecta en ese contexto, pero obviamente, intraducible…
Y esa neurosis, o esquizofrenia. Sientes que en el acto de escribir habría un acto de…

Más neurosis que psicosis, creo yo, en todo caso… (risas).

No, no, de esquizofrenia dije yo, claro, desde términos de la división sí, neurosis. Yo hago teatro por neurótica también, evidentemente ¿Esa neurosis te lleva a que el acto de escritura sea un acto terapéutico entonces?

Bueno, por supuesto que tiene una dimensión, no sé si reparadora, pero esclarecedora sin duda alguna. Y en todo caso apaciguadora.

Tú has dicho que una novela es ante todo estructura y que hay que ser un arquitecto para poder ser un novelista…

Por supuesto.

…Que cuando no encuentras esa arquitectura, ese entramado, aunque tengas los personajes, aunque tengas la idea no puedes escribir la novela.

No. Y muchas veces he abandonado novelas porque no he dado con la estructura, las he dejado de lado y ahí están.

¿Cómo se hace esa estructura?, ¿aparece?, ¿se crea?, ¿se estudia?

Primero lo que se hace es tener la historia, la historia no es la novela. La historia es lo que tú vas a contar…

La anécdota que se llama.

La anécdota o la historia, sí. Pero uno no cuenta “toda” la historia, la desarrolla, eso sí, y sobre ella el escritor estructura la novela, la historia es como la tierra de hojas sobre la cual va a germinar la novela. Y esa historia es una historia que uno desarrolla poco a poco, que frecuenta diría yo, que pone sobre el papel en innumerables borradores. Yo trabajo con cuadernos para empezar, después trabajo en el computador. Pero, siempre a mano al comienzo, tomando notas, notas, notas, notas, también haciendo escenas, escribiendo diálogos posibles, lugares, situaciones. Hasta que tú sabes la historia que vas a contar. Y una vez que tienes esa historia, ahí recién puedes, por lo menos es lo que hago yo, levantar, sobre esa historia una estructura que va a ser, en ese caso, el relato, ese es el relato. Yo te puedo contar la historia de lo que estoy escribiendo ahora. Te puedo contar muchísimas cosas, pero no todas esas cosas van a aparecer en el relato. A lo mejor, va a parecer muy poco, pero yo las tengo que saber para, justamente, poder estructurar ese relato. Por ejemplo, por decirte algo, si yo escribiera la historia de mi abuelo que era un francés que se fue de Limoges y llegó a Buenos Aires y de Buenos Aires a Valparaíso, y fue comerciante y se pasó la vida él haciendo el viaje de Valparaíso a Francia, no contaría absolutamente toda su vida, sino algunos momentos, a lo mejor dos o tres bastarían y lo más probable es que partiera por el momento de su muerte, solo, pobre, en una sala común de un hospital de Santiago, después de haber tenido un familión y mucha plata.

Pero, ¿por qué de repente aparece la estructura y, a veces, no aparece como dices tú, ¿de qué depende?, ¿se puede aprender a ser arquitecto de la novela?

Depende de muchas horas de cavilación alrededor de ese tema, o a veces, de una intuición genial.

De la intuición.

De una intuición genial que a veces tienes y a veces no tienes. Pero eso pasa cuando “tienes” la historia, porque la historia la empiezas a habitar, tú empiezas a vivir con esa historia…

Puede ser que de repente te digas esto es policial.

Por supuesto, tu empiezas a vivir con esa historia, a habitar en esa historia. Yo cuando estoy escribiendo una novela, cuando estoy en esta fase, tanto en París como en Santiago, voy a visitar los lugares donde ocurre la novela y digo “fulano vive acá, mi personaje tal vive en el número dos de la calle Victor Massé”.

Creas tu personaje así, visualizando lo que vas a usar.

Totalmente, Incluso hago los planos, hago dibujos del interior de la casa, sé dónde está la cama. Si puedo tomo fotos y las pego en el cuaderno.

Volviendo al tema anterior, sí hay un poco de psicosis. Como una serie de policías, tenemos a los culpables a los sospechosos.

Exactamente. Todo eso te hace vivir en un mundo totalmente imaginario, durante meses. Yo he pasado días enteros acá, en esta ciudad, recorriendo calles, inventando vidas en departamentos que no conozco, porque nunca entré al número 9 de la calle Victor Massé. No tengo idea cómo es, pero ahí vive uno de mis personajes, en el quinto piso con un balconcito, una terraza. Esa esquizofrenia, ese universo, absolutamente imaginario es parte fundamental de la escritura.

Más que imaginario la pregunta es, solo por memoria a Cortázar, ¿Te ha pasado algo medio cortazariano? Como encontrarte con un señor que vive en el 9 de la rue Victor Massé, un Emilio Ortiz, algo así medio fantástico en el sentido literario cortazariano, ¿Enfrentarte con un personaje así de carne y hueso, con alguno que tu hayas inventado?

Me ha pasado en la vida real, me han pasado cosas por el estilo…

Encontrar la carta a Sartre que le mandaron los personajes de La burla del tiempo, por ejemplo. Porque La burla del tiempo tiene también una cosa medio cortazariana. Así como en términos de la relatividad del tiempo de cómo pasa, quiénes somos, cuando no éramos nosotros los de entonces y ya no somos los mismos.

Sin duda. Pero en la vida me han pasado cosas así. En la literatura menos, pero no sé, ahora que lo pienso…

Con tu personaje, digo yo, con tu literatura, con tus novelas que te haya pasado con…

Es que hay otro escritor que a mí me ha influido mucho, no tengo ningún empacho en reconocer mis influencias, que son varias, Patrick Modiano. Yo soy capaz de ver a una mujer en la calle e imaginarle una vida.

Eso es muy actoral.

Imaginarle una vida. No sé por qué, no necesariamente es bonita y no es necesariamente una mujer atractiva. No es una cuestión sexual, o de seducción.

Es la vida de dónde va, dónde viene, su día.

Puedo seguirla, eso me ha ocurrido, de seguir a un personaje porque estoy pensando, a lo mejor si esa señora se da vuelta, va a pensar que soy un psicópata depravado que la estoy siguiendo porque la quiero yo qué sé…

Vamos a este impulso, justamente, de actor que tienes y yo sé que ya te lo han dicho y uno lo ve en tus novelas. La escritura en diálogo, además, te gusta mucho el teatro, ¿algún día vas a cruzar el umbral, vas a escribir teatro, te vas a convertir en dramaturgo, quizás?

Me encantaría.

¿Qué pasa que no das el salto? Porque tú dices que escribir cuentos para ti es escribir como novelas, pero yo encuentro que es tan distinto, ¿Qué pasa con los formatos?

No, me encantaría escribir teatro. Sencillamente, no lo he hecho porque yo creo que no he dado con el tema, justamente, no he dado con la historia y no he dado con la “narratividad dramática”… porque en el teatro es acotado. El teatro es una hora treinta, dos horas, pero no son cuatro horas, que es lo que tú te puedes demorar en leer una novela medianamente breve. Pero me encantaría escribir teatro y, de hecho, mis novelas son puro diálogo. Es un entramado de diálogos que se cruzan, además, de voces que se cruzan, etcétera., de narradores, de personajes que dialogan con el narrador y el narrador se mete y los contradice. Entonces, es muy teatral, efectivamente. No renuncio a la idea de escribir de alguna vez algo para el teatro, sin duda.

¿Te cuesta mucho elegir el narrador? Yo siempre he oído que lo más difícil para un escritor es elegir su narrador y el punto de vista del narrador ¿Te pasa eso? o también ¿te viene así de repente?, es como “él es el que debe contar la historia y este es el punto de vista de donde hay que contarla”.

Bueno, ese es un problema crucial. Una vez que tú tienes la historia que vas a contar, tienes que estructurar el relato a partir de esa historia y ahí el primer problema que se presenta es, precisamente, encontrar el narrador. Cómo la vas a narrar o quiénes van a narrar. En mi caso el problema se presenta igual, pero es, quizás, un poco menos acuciante, en el sentido de que como yo hago novelas estrictamente, dialogadas da un poco lo mismo al final quien narre, porque todos narran en un momento u otro. Pero siempre hay un personaje por el cual el mundo de la novela va a entrar en contacto con el del lector, ese es el narrador. Por lo tanto, según cómo mira el mundo ese personaje que está narrando, así lo va a ver el lector también. Entonces es muy importante. Y ahí no te puedes equivocar, porque claro, si te equivocaste ahí tienes que destejer el chaleco.

¿Y cómo sabes si te equivocas?

Porque no funciona, se vuelve aburrido. Te das cuenta de inmediato, en la relectura cuando hay algo que no funciona bien, el texto no se lee bien, se te cae de las manos.

¿Cómo sabes cuando no funciona?

Porque no sale. Es como cuando bailas, cuando vas a bailar salsa y bailas con un tipo y te das cuenta que el tipo no tiene idea de bailar salsa. No sale.

Tú dices que para ti el humor es una herramienta, un arma incluso, hablas tú, fundamental, ¿Cómo lo utilizas, además, en la vida, en tus clases, en los talleres? Porque las novelas se lo vamos a aconsejar que las lean. Pero, ¿Viene de niño también? ¿Ha sido una herramienta para sobrellevar todo lo que ha pasado y vivir con ello?

Sin duda. El humor te permite atenuar la sordidez de la realidad nomás. Y el sufrimiento que provoca sencillamente el hecho de estar vivos, porque también somos seres sufrientes. Sufrimos, dudamos, nos angustiamos y el humor es una respuesta de eso, una especie de catarsis o de bálsamo, ambas cosas, para poder sobrellevar el sufrimiento que significa vivir.

Cuando estas escribiendo ¿Eres consciente que pones humor en eso o te sale?

Es que siempre me sale solo. Yo creo que tengo mucho humor. Las novelas sin humor me matan, no puedo con ellas, a no ser que sean muy nostálgicas o muy rápidas o muy eróticas, que el humor sea reemplazado por otra cosa igualmente potente. Pero en Flaubert hay humor, Balzac, que es un escritor genial, está lleno de humor. Balzac es un humorista de mucho cuidado. Y es el primer autor de novela negra.

Un humor negro, bien negro.

Absolutamente. Yo creo que el humor es algo que es, de alguna manera, connatural al hecho de expresarse. Porque tiene que ver con la distancia que tú tienes contigo mismo. Lo primero es reírse de sí mismo, sin duda, yo me río de mí mismo todo el tiempo. Además, me hablo y cómo hablo solo…Entonces, muchas veces me entretengo mucho, me encuentro genial.

Es que, si uno se encontrara latero, se aburriría uno mismo y ahí estaríamos perdidos.

Pero, otras veces me encuentro una mierda, un pelotudo, “pero, ¿cómo pude ser tan imbécil?

Del humor pasemos a la ironía, que es otro grado de humor, ¿no es cierto?, que después viene lo mordaz y hay otros grados. Pero estoy pensando, justamente, de nuevo en La burla del tiempo. Porque la pregunta es, ¿Cómo vive hoy día ese niño militante o ese joven militante que se la jugó, que estaba en el Pedagógico, que fue amonestado? Hoy día, ¿Qué queda de ese rebelde?, ¿Qué queda de ese que, también, se ve en tus novelas? El que sigue buscando o el que sufre por ese país escindido, que queda una familia escindida, ¿Qué pasa hoy día con un Mauricio Electorat? Alguien que se la jugó en los años ochenta, que vivió en dictadura y ¿Qué hay hoy día aquí en París?

Yo diría que, en primer lugar, una gran admiración por el MAPU obrero campesino que fue mi partido y lo seguirá siendo hasta el final. Creo que la historia nos dio la razón. Esto lo podemos discutir muchísimo porque, obviamente, estoy siendo irónico y estoy haciendo humor, desde luego, pero apenas. En segundo lugar, pienso que, obviamente cuando has tenido, iba a ser muy irónico, iba a decir “la fortuna de haberte formado bajo la dictadura”, pero eso es casi cruel porque, efectivamente, es muy cruel una dictadura, pero es sin duda alguna una gran escuela. Te enseña, primero, que existe una cosa que se llama la vida en común, que existe una cosa que se llama la vida social, que existe una cosa que se llama el respeto en el sentido amplio de la palabra, de los otros, partiendo por la vida de los otros y esas cosas no están garantizadas. No son connaturales a la especie humana, no son esencias, son formas políticas y esas formas políticas hay que cuidarlas, porque puede pasar lo que pasó en Chile, lo que ha pasado en tantas partes del mundo, sistemáticamente. Y, por lo tanto, creo que, haberse formado o haber salido a la vida consciente bajo una dictadura te hace consciente de esa dimensión política necesaria y te marca para el resto de tu vida,. Yo soy alguien apasionado por la política, me interesa auténticamente. No he hecho política y en el fondo todo mi universo narrativo está absolutamente atravesado por la política, es decir, estoy escribiendo sistemáticamente el mismo tipo de historia, que son una especie de thrillers familiares-políticos o político-familiares. Desde la primera hasta la última novela, que se llama Pequeños cementerios bajo la luna, donde, está de nuevo la historia, un padre pinochetista con un hijo absolutamente anti pinochetista. Entonces, se ve cómo la situación política del país se calca o se desborda y atraviesa la familia. Es un vastísimo tema del que no se sale nunca, creo yo.

¿Tú crees que queda todavía algo de ese muchacho en este Mauricio Electorat hoy día?

Yo creo que en La burla del tiempo está mi generación, la de la Alianza Francesa y los primeros años de universidad. Los personajes, Cristián Warnken, Rocío Muñoz, Claudio Betsalel, son todos mis amigos de infancia. Algunos de ellos muy amigos hasta el día de hoy. Fuimos a militar en ese partido o en esos partidos porque en el colegio concluimos, rápidamente, que sí, que había que hacer algo. La educación francesa es orientada hacia el presente, es para que tú te desenvuelvas en el mundo y, por lo tanto, cuando nosotros salimos de esa especie de burbuja que era la Alianza Francesa, como te decía, donde estudiábamos la Revolución Industrial, la Revolución Rusa, etcétera, y te encuentras en la Universidad de Chile con un capitán de aviación que te explica la Historia Universal y salta de Atila a la Edad Media, tú te das cuenta que algo pasa, justamente, hay un problema. Ese problema es Chile, lamentablemente.

Hablando de educación, ¿Qué te interesa enseñar cuando haces talleres, cuando haces clases aquí en Francia, cuando haces clases en Chile? ¿Qué es lo que más te interesa transmitir dentro de una sala de clases?

A mí, lo que me interesa transmitir es que la literatura no es un pasatiempo, no es un hobbie. La literatura es una manera de estar en el mundo, es una manera de interpelar al mundo y es, además, una forma –porque obviamente es poesía en el sentido jakobsoniano del término– de estar en contacto con figuraciones de otros mundos y, por lo tanto, con la vastedad del mundo. Eso es lo que a mí me interesa transmitir y, por lo tanto, cuando hago talleres o seminarios de escritura creativa, lo esencial es que los alumnos comprendan que la literatura es un juego increíblemente serio, pero increíblemente lúdico al mismo tiempo, tiene una potencia, una velocidad, un sincretismo que ningún otro arte tiene. No hay otra disciplina humana, creo yo, que tenga estas características. Eso es lo que me interesa transmitir.

¿Te ha pasado o tienes el recuerdo así de alguien, de algún adulto que, de repente, hayas descubierto que tenía un talento impresionante y que se haya dedicado a escribir?

Sin duda. Más de una vez.

¿Lo puedes reconocer a la primera clase, a la primera tarea?, ¿Cómo te ocurre?

Porque el texto es bueno, te habla, te interpela. Y no hay solo un tipo de texto bueno, por supuesto, puede ser cualquier cosa un texto bueno. Puede ser un poema de Claudio Bertoni y puede ser un cuento de Borges. No hay un solo criterio. Pero cuando el texto es bueno, cuando tiene posibilidades, cuando está sólidamente construido, entra en diálogo con el lector, y entonces hay que reconocer que ahí hay talento.

¿Cómo reconoces el talento en alguien?

Por ejemplo, no voy a decir el nombre, pero una chica que llega a mi taller diciéndome que ella quisiera escribir, pero es muy mala, que no tiene ningún talento para escribir. Y yo empiezo a leer lo que escribe y le digo lo contrario, le digo “esto es muy bueno, tienes mucho talento, es cosa de que te lo creas”. Y bueno, esa chica acaba de terminar su primera novela que será publicada por una editorial importante chilena. Hay una construcción, quiero decir, uno puede ayudar a algo, ser facilitador de algo, a condición, de que la persona quiera jugar el juego en las condiciones en que hay que jugarlo. Trabajar, ponerse en la óptica en que hay que ponerse, que es una óptica furiosamente lúdica, seriamente lúdica, pero auténtica. No es la literatura-tecito o charla de sobremesa, por eso no hago talleres grupales, porque se vuelven una especie de reunión de amigos, en que se habla de la última película, del libro de no sé quién, del libro de fulana, del cuento de mengano… Y van y le pagan setenta lucas a un gil que es un tótem, porque lo que compra esa gente es el prestigio carismático del escritor, como dice Bourdieu. Entonces ellos piensan que, de alguna manera, mitológicamente, por ósmosis, el talento del escritor fulano de tal, o de la escritora mengana, les va a chorrear encima. Eso no existe. No me interesa, no me interesa el tecito literario. Por eso hago talleres individuales con gente que viene con el deseo de escribir. Porque escribir es una cuestión de deseo, fundamentalmente. Y el deseo es siempre personal.

¿Te duele escribir?

No, dolerme no. No me duele. Yo siempre me entretengo mucho cuando estoy escribiendo. Ahora, lo que me molesta, a veces, es abandonar historias porque no doy con la estructura. Eso me frustra ¿Dolor? No, no hablaría de dolor, porque no escribo desde el dolor, el dolor está en otra parte, o los dolores…

¿Lo más gratificante de ser hoy día escritor?

Yo creo que hay un momento que se repite, se va a repetir después, pero la pimera vez es única. Que es cuando tú has escrito lanzándote al vacío, sin pensar en publicar, sin pensar ni siquiera en construirte como escritor. Y un día llegas a la oficina de tu editor y ves la novela hecha, con la portada, la contrasolapa, la foto… Y tú dices “puta hueón, esta hueá la escribí yo en mi casa”. La escribí yo en mi casa, robándole horas al sueño, a las doce de la noche, hasta las tres de la mañana, hasta las cinco de la mañana y aquí está. Y eso, es una gran satisfacción.

¿Verlo en una librería, me imagino, que más todavía?

Verte en librerías es una profunda satisfacción. Hay cosas que ocurren y que tú dices, bueno, qué curioso, lo que en algún minuto se me ocurrió en el metro de París, o en un avión, y empecé a tomar notas, a hacer dibujitos y hacer toda esa esquizofrenia que decís tú. De pronto se materializó y es una novela. Y tú bajas al metro en la estación Tobalaba de Santiago de Chile, entras para bajarte en tu metro Príncipe de Gales, entras en Tobalaba y hay un tipo que está leyendo tu novela y que te dice “fírmamela por favor”. Entonces, tú dices: “Bueno, para algo sirve”. O sea, de algo hay gratificaciones, sin duda. Después, traducirse a sí mismo, también, ha sido una gran, gran, gratificación. Porque, por primera vez hago algo que me había estado rondando la cabeza hacia mucho tiempo.

Escribiste en español y te tradujiste al francés, con todo lo que eso puede significar de difícil.

Eso fue extremadamente arduo, porque me di cuenta de muchas cosas.

Estamos hablando de Pequeños cementerios bajo la luna, tu última novela que está escrita en forma completamente hablada, o sea, doblemente difícil. Hablada en chileno.

Sí, esa novela es totalmente dialogada. Y me di cuenta de que la novela estaba escrita en chileno. O sea, me di cuenta de lo siguiente: Las marcas de una comunidad nacional en un texto narrativo no tienen que ver únicamente con el léxico. No es sólo que un personaje diga “puta, por la chucha hueón, no hueí”, no tiene que ver solamente con el léxico, sino que, mucho más profundamente con la sintaxis, porque hay una sintaxis profunda. Yo me enfrentaba a eso, que en párrafos absolutamente descriptivos o cuando el personaje se va diciendo cosas a sí mismo, yo pensaba: “Pero, ¿Cómo traduzco esta frase que es totalmente chilena? Esto no lo dice nadie en ninguna otra parte”. Es un chileno que se está hablando a sí mismo, cómo crestas lo pongo en francés.

A un argentino es difícil traducirle, imagínate a un francés.

Para que suene con la misma cercanía, con la misma propiedad…

Entiendo que obtuviste felicitaciones de tu editora francesa.

Mi editora no quería, porque me decía: “No, por ningún motivo, porque me vas a hacer otra novela, porque cómo eres el autor:” Y yo le respondí, “mira, esto está escrito estrictamente en chileno, no hay nadie que pueda traducir esta cosa y si yo no lo logro has lo que quieras. Pero yo quiero intentarlo, porque no veo qué traductor podría traducir esto. Tendría que ser un traductor, obviamente francés, pero que tuviera una experiencia de lo chileno profundamente íntima, o sea, alguien como yo”. Hay una sola traductora en ese caso, que es Alejandra Carrasco. Pero Alejandra tiene diez millones de novelas por traducir cada año…

La próxima novela, entiendo que tiene estos subgéneros de thriller, porno, ciencia ficción ¿Nos puedes contar algo, adelantar algo?, ¿Cómo va ese trabajo?, ¿encontraste la estructura, encontraste el narrador, los personajes?

El narrador sí, el narrador lo tengo, no he encontrado la estructura. No he desarrollado mucho esa historia, pero en realidad siempre me ha pasa lo mismo. Yo estaba escribiendo una novela y escribí otra. Me pasó con el El Paraíso tres veces al día, mi primera novela. Yo estaba escribiendo otra novela y de pronto se me cruzó otra historia y escribí esa. Estaba escribiendo otra novela y se me cruzó esa historia, escribí La burla del tiempo. Ahora estaba escribiendo esa historia de la que hablé, efectivamente, que me parece entretenida. Pero más de lo mismo. Estoy un poco aburrido de hacer lo mismo sistemáticamente. Ahora estoy inventando una historia, merodeando por la historia, vaciándome por las calles, viendo dónde viven, etc. Porque quiero hacer una historia directamente en francés ahora.

¿Escribirla en francés desde el principio?

Sí. Bueno, ya la escribí. Como te decía, la traducción de mi novela anterior al francés es, prácticamente, escribir otra novela. Y, además, ese Electorat escritor chileno me dio tanta lata que me dije debería escribir directamente en francés, es mucho más fácil, que estarle respetando las estructuras sintácticas profundas a este tipo. Nunca me había detestado tanto como cuando me traduje. Entonces, quiero hacer ese intento.

Vamos a tener a Electorat en francés que se va a auto traducir al castellano o el chileno, probablemente. Vas a tener que hacerlo, de todas maneras. No te van a perdonar en Chile que no lo traduzcas al castellano…

No creo, pero sería interesante hacerlo. Lo que pasa es que eso te obliga a escribir en francés, después traducirte al castellano. Eso si es un poco esquizofrénico.

Please follow and like us:
error

1 Comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*