Por Juan Marín
Los últimos años han sido especialmente difíciles para el cine argentino. Las políticas culturales impulsadas por el gobierno de extrema derecha de Javier Milei han estado marcadas por recortes presupuestarios, una reestructuración institucional y medidas que han afectado directamente al funcionamiento del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). En un contexto de desfinanciamiento y debilitamiento de las políticas públicas destinadas a la cultura, el cine argentino se enfrenta a un escenario complejo, en el que la continuidad de numerosos proyectos y espacios de exhibición se ha visto amenazada.
Entre las principales medidas adoptadas durante el gobierno de Milei se encuentra la degradación del Ministerio de Cultura a Secretaría, así como los recortes presupuestarios al INCAA, que afectaron los subsidios a la producción audiovisual, quitar el apoyo a festivales regionales y la continuidad de parte de su personal. Durante 2024, además, el organismo suspendió temporalmente la recepción y evaluación de nuevos proyectos de largometrajes, profundizando la incertidumbre de un sector que ya atravesaba dificultades económicas. Todo esto ha alimentado la preocupación por el futuro de una cinematografía que, junto con la brasileña, ha sido históricamente una de las más importantes, prestigiosas e influyentes de Sudamérica.
Sin embargo, el Festival Internacional de Cine de Valdivia demostró que, pese a este escenario adverso, el cine argentino sigue vivo. Frente a las dificultades institucionales y económicas, sus realizadores continúan creando obras de enorme calidad, capaces de dialogar con el presente, recuperar la memoria y explorar nuevas formas de expresión cinematográfica. La presencia argentina en el festival fue una muestra de esa vitalidad: dos premios importantes de la competencia recayeron en películas de ese país, Para hacer una película solo se necesita un arma y La ilusión de un verano sin fin. A esto se sumaron un foco dedicado al cineasta Lisandro Alonso y la exhibición de una copia restaurada en 4K de Alias Gardelito, una película fundamental del cine argentino que fue censurada en Chile. Distintas maneras de comprobar que, incluso en tiempos de retroceso, la cultura encuentra formas de resistir.
Alias Gardelito: recuperar las películas que quisieron silenciar
Alias Gardelito dirigida por Lautaro Murúa, actor y cineasta chileno que desarrolló buena parte de su trayectoria en Argentina, formó parte de la sección dedicada al cine chileno. Se trata de un crudo retrato social que sigue a un joven inmigrante que sobrevive en Buenos Aires mediante engaños, estafas y pequeños delitos. Una película que pone el foco en los márgenes de la sociedad y en un personaje que sueña con escapar de su realidad, aunque no tenga demasiado claro cómo hacerlo.
Censurada en Chile en 1963, durante el gobierno de Jorge Alessandri, la película regresa hoy gracias a la restauración realizada por la Cineteca de la Universidad de Chile. Pese a la circulación limitada que tuvo en sus primeros años, terminó consolidándose como una pieza fundamental para comprender el cine latinoamericano de la década de los sesenta.
Su recuperación representa mucho más que la posibilidad de volver a contemplar una obra del pasado. Es también una forma de restituir aquellas películas que, por distintas razones, fueron relegadas, censuradas o condenadas al olvido. Rescatar estos archivos implica enfrentarse a las políticas de silenciamiento y a todas aquellas fuerzas que buscan limitar la expresión artística. En tiempos en que la cultura vuelve a estar bajo presión, recuperar estas imágenes constituye también un acto de lucha.
Lisandro Alonso: una filmografía singular en el cine argentino
El festival también dedicó un foco a Lisandro Alonso, uno de los referentes más importantes del nuevo cine argentino y una figura fundamental para comprender las transformaciones del cine latinoamericano contemporáneo.
El ciclo coincidió con el estreno de La libertad doble, una secuela realizada 26 años después de su ópera prima, La libertad, que también formó parte del ciclo. Esta nueva película incorpora una importante coproducción chilena y cuenta con la participación de la actriz Catalina Saavedra, un dato que invita a reflexionar sobre los vínculos entre ambas cinematografías y sobre la importancia de las coproducciones en un escenario de dificultades para la producción argentina.
Otra de las obras más destacadas del ciclo fue Jauja, un western contemplativo protagonizado por Viggo Mortensen, en el que Alonso vuelve a explorar sus preocupaciones sobre el territorio, el tiempo, la soledad y la experiencia humana. Su cine, alejado de las convenciones narrativas tradicionales, demuestra que todavía existen múltiples maneras de observar y representar el mundo.
En conjunto, este foco se convirtió en una celebración de una cinematografía que continúa reinventándose, explorando sus propios límites y construyendo una identidad artística única. Una muestra de que la riqueza del cine argentino no depende únicamente de sus instituciones, sino también de la perseverancia, la libertad creativa y la visión de sus realizadores.
Para hacer una película solo se necesita un arma: el cine como memoria y militancia
Una de las películas políticas más contundentes de esta edición fue Para hacer una película solo se necesita un arma, la gran ganadora de la competencia. Su relevancia resuena especialmente en el contexto que vive Argentina, donde las discusiones sobre el financiamiento cultural, la memoria histórica y el papel del Estado en la preservación del patrimonio adquieren una renovada urgencia.
El documental parte de un hallazgo fortuito ocurrido en 2019, cuando decenas de latas de película en 16 mm aparecieron en depósitos olvidados de la Universidad Nacional de Córdoba. El material permitió recuperar un valioso conjunto de cortometrajes y registros audiovisuales realizados por estudiantes y docentes de la Escuela de Cine de esa universidad entre finales de los años sesenta y mediados de los setenta. Durante décadas, estas producciones se habían dado por destruidas o desaparecidas como consecuencia de la última dictadura militar argentina.
A partir de este descubrimiento, la película reconstruye el proceso de recuperación y preservación de los archivos, al mismo tiempo que explora la memoria colectiva de aquella generación de cineastas militantes. Mediante una combinación de registro documental, ensayo cinematográfico y ficción autorreflexiva, la obra indaga en las huellas del pasado y en las posibilidades del cine para recuperar historias silenciadas.
Su propuesta evoca el cine-ensayo de Chris Marker y Jean-Luc Godard, y establece un diálogo con obras fundamentales del documental político latinoamericano, como La batalla de Chile y La hora de los hornos. No se trata solamente de rescatar imágenes perdidas, sino de devolverles su capacidad de interpelar el presente. Las películas recuperadas contienen las huellas de una época, las ideas de una generación y las voces de quienes imaginaron otro mundo posible.
Hay algo profundamente político en ese gesto. La memoria es frágil y aquello que el cine preserva puede desaparecer con una facilidad alarmante. Por eso resulta imprescindible proteger los archivos, las instituciones y los espacios que permiten que estas obras sigan existiendo y circulando. Especialmente en un contexto latinoamericano en el que avanzan proyectos políticos de extrema derecha y en el que la cultura se convierte, cada vez más, en un terreno de disputa.
El cine también es memoria, resistencia, militancia y una forma de impedir que el olvido se imponga. Para hacer una película solo se necesita un arma constituye un brillante y necesario ejercicio de archivo y reflexión política, una obra que demuestra que las imágenes del pasado todavía pueden iluminar las luchas del presente.
La ilusión de un verano sin fin: la intimidad también es política
Otra de las grandes películas argentinas presentes en Valdivia fue La ilusión de un verano sin fin, de Alessandra Sanguinetti, ganadora del premio del público. Una obra que logró emocionar a los espectadores y que demuestra, desde una perspectiva íntima, que lo personal también puede convertirse en una forma de reflexión política.
La película propone un retrato de larga duración que sigue, a lo largo de 25 años, la vida de dos primas inseparables, Guillermina y Belinda, mientras crecen en la inmensidad rural de la Pampa argentina. El proyecto nació como un trabajo fotográfico que Sanguinetti realizó en la finca de la abuela de las niñas. Con el paso del tiempo, aquella propuesta evolucionó hacia el registro audiovisual, incorporando sus voces, juegos y entorno para capturar de manera más cercana sus experiencias, sus vínculos y las transformaciones que trae consigo el paso de los años.
Las comparaciones con El príncipe de Nanawa son inevitables. Ambas películas siguen durante largos períodos a sus protagonistas desde la infancia, registrando sus cambios y transformaciones a medida que crecen. Sin embargo, mientras la película de Clarisa Navas abarca una década, Sanguinetti extiende su mirada durante un cuarto de siglo: conocemos a las niñas cuando tienen nueve y diez años y las acompañamos hasta que alcanzan los 34 y 35.
Resulta fascinante que la directora condense semejante recorrido en apenas una hora y cuarenta minutos, frente a las tres horas y treinta y dos minutos de El príncipe de Nanawa. Sanguinetti comprime el paso del tiempo y acelera nuestra percepción del crecimiento, construyendo un relato en el que los juegos, las representaciones que las niñas realizan frente a la cámara, sus reflexiones cargadas de inocencia y el estrecho vínculo que las une adquieren una dimensión especial.
Poco a poco, asistimos a su tránsito hacia el mundo adulto, donde cada una tomará caminos diferentes. La película observa cómo cambian sus cuerpos, sus pensamientos y sus relaciones, mientras permanecen las huellas de una infancia compartida. Todo ocurre en un entorno rural donde los animales (chanchos, vacas, perros, gatos y gallinas) forman parte de una misma cotidianidad, situados en esa frontera difusa entre ser alimento y formar parte de la familia.
El tiempo, la nostalgia y la infancia se construyen a través de una suerte de elipsis cinematográfica que observa el paso de los años con una sensibilidad y una melancolía conmovedoras. La cámara no solo registra el crecimiento de sus protagonistas: también nos enfrenta a nuestra propia relación con el tiempo, a los recuerdos que conservamos y a todo aquello que inevitablemente dejamos atrás.
Es una película que llega al corazón gracias a sus carismáticas protagonistas y a la naturalidad con la que consigue convertir una experiencia particular en algo universal. Una de esas razones por mi amor por el cine: su infinita capacidad para encontrar nuevas formas de contar historias y transformar el paso del tiempo en una experiencia cinematográfica hermosa, sensible y humana.
Un cine que no se deja silenciar
La presencia de estas películas en el FICValdivia permite observar una realidad que va más allá de los premios y los reconocimientos. A pesar de las dificultades económicas, los recortes y la incertidumbre institucional, el cine argentino sigue produciendo obras que dialogan con su historia, exploran nuevas formas narrativas y mantienen una presencia relevante en el panorama cinematográfico latinoamericano.
Para hacer una película solo se necesita un arma recupera imágenes que parecían condenadas a desaparecer, La ilusión de un verano sin fin transforma 25 años de observación en un retrato conmovedor sobre la infancia, los vínculos y el paso del tiempo, Alias Gardelito vuelve a circular como una pieza fundamental de la memoria cinematográfica regional, y el cine de Lisandro Alonso demuestra que la exploración artística sigue abriendo caminos, incluso en contextos adversos.
Son películas muy distintas entre sí, pero todas permiten pensar en el cine como una forma de resistencia. Una resistencia que no necesariamente se manifiesta mediante consignas explícitas, sino también a través de la preservación de la memoria, la libertad de creación, la exploración de nuevas miradas y la posibilidad de contar historias que de otro modo podrían quedar relegadas al olvido.
Por todo esto, los premios y reconocimientos obtenidos por el cine argentino en Valdivia constituyen mucho más que un motivo de celebración. Son una señal de que, pese al debilitamiento de las políticas públicas destinadas a sostenerlo, existe una comunidad de cineastas, artistas y trabajadores que continúa defendiendo su cinematografía con talento, convicción e ingenio.
Podrán recortarse presupuestos, debilitarse instituciones y dificultarse la realización de nuevas películas, pero no es tan sencillo acabar con una tradición cultural construida durante años. El cine argentino sigue de pie, encontrando espacios para mostrarse y demostrando que su vitalidad no puede medirse únicamente en términos económicos.
En tiempos en que la cultura vuelve a convertirse en un campo de batalla ideológico, defender el cine también significa defender la memoria, la imaginación y la posibilidad de construir una mirada crítica sobre el mundo. El FICValdivia fue, en ese sentido, un espacio privilegiado para reconocer esa lucha y celebrar a quienes siguen haciendo películas a pesar de todos los problemas.
El cine argentino continúa vivo y a la vanguardia. Y mientras existan cineastas dispuestos a crear, imágenes que recuperar e historias que contar, la cultura seguirá encontrando distintas maneras de sobrevivir.
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