FICVALDIVIA Crítica de cine “La Gradiva”: Un viaje de autodescubrimiento

Por Juan Marín 

La Gradiva es una de las grandes películas del año. La ópera prima de Marine Atlan sorprendió en su estreno en Cannes, donde obtuvo el premio a Mejor Película de la Semana de la Crítica. Para muchos de los críticos que asistieron al certamen, fue una de las grandes revelaciones del prestigioso festival. Después de verla, puedo confirmar que estamos ante una obra extraordinaria, dotada de una enorme sensibilidad, candidez y profundidad para abordar una historia sobre la juventud desde una mirada contenida, madura, alejada de los lugares comunes y de las representaciones convencionales de la adolescencia.

Marine Atlan impacta con el talento de su debut, sumándose a esa tradición del cine francés que, desde Claire Denis y Bruno Dumont hasta Céline Sciamma, no deja de revelar nuevas voces y miradas autorales. El cine francés continúa siendo un territorio fértil para descubrir cineastas capaces de explorar la intimidad humana desde perspectivas singulares, y Atlan demuestra aquí un tacto cinematográfico que merece toda nuestra atención.

La historia sigue a un grupo de estudiantes franceses de secundaria que emprenden un viaje escolar poco antes de graduarse. Su destino es el sur de Italia, donde visitan Nápoles y las ruinas de la antigua ciudad de Pompeya. Lo que comienza como una excursión académica se transforma gradualmente en una experiencia marcada por el aislamiento, la liberación y la tensión emocional. En medio de un paisaje detenido en el tiempo, las dinámicas habituales del grupo se alteran y dan paso a conflictos, tensiones sexuales y cuestionamientos sobre el futuro. La incertidumbre frente a la vida adulta emerge con una intensidad inesperada, convirtiendo el viaje en una experiencia de descubrimiento personal y colectivo.

El autodescubrimiento juvenil se despliega a través del cuerpo, el espacio y las relaciones. El viaje a Nápoles y Pompeya permite a los adolescentes reflexionar sobre su propia identidad al confrontar sus cuerpos y emociones con las ruinas del pasado. Lejos de las normas y las estructuras habituales del viaje escolar, los jóvenes encuentran espacios de libertad en los que pueden explorar sus deseos, enfrentarse a tensiones sociales y sexuales, y redefinir los vínculos que los unen. Este proceso expresa la incertidumbre propia de crecer y dar el salto hacia la adultez, pero también pone en escena el descubrimiento del otro a través de los afectos, cuestionando las formas tradicionales de mirar, desear y relacionarse.

El título de la película remite a Gradiva, relato de Wilhelm Jensen que adquirió notoriedad gracias a la interpretación psicoanalítica de Freud. La figura de Gradiva, cuyo nombre evoca a una mujer que “camina hacia adelante”, se convierte aquí en una imagen simbólica del tránsito entre lo visible y lo oculto, entre aquello que permanece enterrado en el inconsciente y aquello que comienza a emerger a la superficie. Desde esta perspectiva, las ruinas de Pompeya, petrificadas por la erupción volcánica, obtienen una dimensión metafórica: representan el mundo interior de los jóvenes, un territorio en el que las emociones, los sueños y los conflictos permanecen latentes, como vestigios de una vida interior que todavía espera ser descubierta.

Así, el viaje geográfico se transforma en una auténtica excavación íntima. El recorrido por el museo y el yacimiento arqueológico, donde los adolescentes contemplan los cuerpos de quienes quedaron atrapados en la catástrofe, funciona como un espejo de sus propias inquietudes y contradicciones. Observar esas figuras inmovilizadas en el tiempo se convierte, progresivamente, en un ejercicio de exploración subjetiva, en el que aquello que permanecía oculto comienza a manifestarse. Las ruinas dejan de ser únicamente los restos de una civilización desaparecida para convertirse en la representación material de una interioridad en plena transformación.

Este espacio se manifiesta a través de los distintos personajes, especialmente Toni, un joven homosexual y rebelde, habitualmente señalado por sus bajas notas y por ser considerado poco inteligente. Bajo esa apariencia se perciben conflictos más profundos y señales de un malestar de salud mental que la película sugiere sin necesidad de explicitarlo todo. Toni encarna esa dificultad para ser comprendido por los demás, pero también para comprenderse a sí mismo. Su identidad no se construye desde certezas, sino desde una vulnerabilidad que permanece parcialmente oculta, como si él también fuera una de esas figuras enterradas bajo las capas de una historia que todavía no consigue descifrar.

Algo similar ocurre con James, amigo de Toni, un joven mujeriego que parece poseer una especie de aura seductor a lo Terence Stamp en Teorema, de Pier Paolo Pasolini. Sin embargo, detrás de esa presencia atrayente se esconde un personaje atravesado por inquietudes y anhelos que no consigue hacer aflorar del todo. Su relación con las esculturas y las obras de arte introduce otra observación del descubrimiento: la mirada hacia los cuerpos representados, la contemplación de la belleza y la tensión entre el deseo y aquello que todavía no se puede nombrar. James parece buscar en esas imágenes una forma de reconocerse, como si el arte le ofreciera un lenguaje alternativo para aproximarse a sus propias contradicciones.

Pero La Gradiva no limita su exploración a los adolescentes. También observa el mundo adulto desde sus propias incertidumbres, especialmente a través del vínculo entre la profesora y sus alumnos. La autoridad pedagógica, que en principio debería representar una posición de seguridad y conocimiento, revela sus propias fisuras. Los adultos tampoco parecen tener del todo claro su lugar en el mundo: esconden temores, inseguridades y frustraciones detrás de una capa de autoridad que, en ocasiones, se revela tan frágil como las certezas de los jóvenes. De esta manera, la película desdibuja la frontera entre ambas etapas de la vida y sugiere que la madurez no necesariamente implica haber resuelto las preguntas fundamentales sobre la propia existencia.

Este viaje ritualístico, de transformación y catarsis, consiste tanto en perderse como en conocerse. Hay algo trágico en su desarrollo, pero también una aparición melodramática que nace desde las emociones contenidas, los gestos mínimos y las tensiones que atraviesan a los personajes. Su ritmo pausado, poético y melancólico permite que las experiencias adquieran espesor sin necesidad de subrayarlas constantemente. Atlan confía en los silencios, las miradas y los espacios, construyendo una película que encuentra su fuerza precisamente en aquello que no termina de decir.

Una de sus grandes virtudes reside en la fotografía, realizada por la propia directora, quien también ha desarrollado una trayectoria como directora de fotografía. Su mirada construye una experiencia visual de enorme precisión, capaz de trasladarnos a la geografía física y emocional de la ciudad italiana. Mediante encuadres rigurosos que destacan la textura de las rocas, los pasillos estrechos, los desplazamientos en moto, el yeso de los cuerpos petrificados y la inmovilidad de las estatuas, la cámara construye una estética mineral, casi estática, que remite a la permanencia del pasado y a la huella de la muerte.

Sin embargo, esa inmovilidad contrasta constantemente con la representación de los cuerpos jóvenes, cuyos gestos, movimientos y rasgos físicos transmiten vitalidad y dinamismo. La transpiración, la calidez de la piel, la incidencia del sol y la fluidez de sus movimientos introducen un toque sensorial que enfatiza la presencia física de los adolescentes y la intensidad de sus experiencias. El cuerpo se convierte en un territorio de exploración, un espacio donde el deseo, las pulsiones y las contradicciones comienzan a manifestarse incluso antes de que los personajes puedan reconocerlas o expresarlas verbalmente.

De este modo, la puesta en escena establece una oposición entre los cuerpos petrificados, detenidos para siempre en el instante de la catástrofe, y los cuerpos vivos, conectados por el despertar de la conciencia. El contraste no solo enfrenta visualmente la muerte histórica con la vitalidad del presente, sino que también expresa la tensión entre la inmovilidad y el movimiento, la permanencia y la transformación. Frente a las figuras condenadas a permanecer intactas en su último instante, los adolescentes habitan un momento de sus vidas en el que todo parece todavía posible, aunque esa libertad también implique incertidumbre, dolor y pérdida.

A ello se suma la manera en que Atlan filma los paisajes y la arquitectura de Nápoles con una precisión casi quirúrgica. La ciudad se despliega a través de una escala urbana compuesta por pasillos, estatuas, museos, cuadros y travesías que adquieren una presencia fundamental en la experiencia de los personajes. No se trata simplemente de registrar una localización geográfica, sino de sumergirnos en ella, de hacer que el espacio dialogue con los estados emocionales de quienes lo recorren. La ciudad deja de funcionar como un mero telón de fondo para convertirse en una extensión de la experiencia interior de los jóvenes, un territorio que los confronta con otras formas de belleza, de historia y de existencia.

En ese sentido, la mirada de Atlan resulta especialmente interesante porque nunca separa del todo la experiencia física de la reflexión intelectual. Las ruinas no son únicamente una referencia histórica, las esculturas no son simples objetos artísticos, los cuerpos no son solo presencias juveniles. Todo parece estar conectado por una red de significados que emerge de manera orgánica, sin que la película necesite convertir sus imágenes en explicaciones cerradas. Su propuesta visual encuentra así un equilibrio entre la contemplación y la experiencia sensorial, entre la densidad de sus ideas y la espontaneidad de los cuerpos que las habitan.

La Gradiva es una película de sensibilidades silenciosas, una obra que se construye desde los matices y encuentra en la sutileza una de sus mayores fortalezas. Se instala, sin duda, entre las grandes revelaciones del festival e incluso del año. Es una película que golpea con fuerza, pero que nunca necesita recurrir al estruendo para hacerlo. Su profundidad reside en la manera en que observa a sus personajes, en cómo acompaña sus contradicciones y en la confianza que deposita en las imágenes para expresar aquello que permanece oculto.

Lo extraordinario es que su aproximación a la adolescencia nunca se queda suspendida en un limbo de descubrimientos pasajeros. Crecer no aparece aquí como una etapa idealizada ni como un tránsito necesariamente luminoso, sino como una experiencia ambigua en la que conocerse puede significar tanto una liberación como una herida. Hay descubrimientos que transforman, deseos que desestabilizan y experiencias que dejan marcas difíciles de descifrar. En ese proceso, los personajes avanzan sin saber del todo hacia dónde se dirigen, como si cada uno estuviera intentando desenterrar una parte de sí mismo.

Marine Atlan construye así una odisea personal e interiorizada, un viaje en el que el pasado y el presente, la muerte y el deseo, la inmovilidad y el movimiento se encuentran para hablar de ese instante decisivo en el que dejamos de ser quienes éramos sin saber todavía quiénes llegaremos a ser. Una película delicada y humana, que confirma la llegada de una cineasta con una mirada propia.

Ficha técnica

Título original: La Gradiva

País: Francia

Año: 2026

Dirección: Marine Atlan

Elenco: Colas Quignard, Suzanne Gerin, Mitia Capellier, Antonia Buresi, Julie Sokolowski

Guion: Marine Atlan

Fotografía: Marine Atlan

Duración: 145 min

FICValdivia 2026

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