Por Álvaro Guerrero
La obra Lo crudo, lo cocido y lo podrido fue censurada al momento de su estreno allá por 1978, en la sala Teatro de la UC. Luego volvió a ser rápidamente repuesta en el espacio que Teatro Imagen destinó para su reestreno, durante el mismo año. Fue desde un inicio una pieza de ironía social y reflejo de decadencia, y como tal volvió a ser repuesta en diversos momentos de la inmediatamente posterior historia chilena: 2010, con el bicentenario, y luego 2014, para los cuarenta años de la fundación de la Compañía Teatro Imagen.
La trama ubica un conjunto de cinco personas, cuatro garzones y la administradora de local, en un viejo restaurante, “Los inmortales”, deudor de mejores años, y donde los hombres preparan las mesas mientras parecen esperar a alguien importante que vendrá a devolverle el brillo, ahora oxidado, un pasado “glorioso”.
Conversamos con Elsa Poblete, actriz integrante del elenco del primer estreno de la obra, en 1978, y ahora a cargo del montaje, para el reestreno de Lo crudo, lo cocido y lo podrido en Festival Identidades 2026.
¿Cómo dialoga este montaje en el Chile de 2026 con el texto original y el montaje inicial de la obra, escrito en los años 70 y censurado en dictadura?
Cuando fue censurada en el Teatro de la Universidad Católica a dos o tres días de su estreno, estando todo listo y dirigida por Gustavo Meza, era la primera obra trabajada en el teatro profesional de Marco Antonio de la Parra. Esta censura lo hizo famoso antes de que se conociera su obra. Su nombre se volvió más conocido que el texto mismo hasta un tiempo después. Cuando ocurrió la censura, la tomó el Teatro Imagen. Gustavo decidió continuar, porque así lo hacíamos: no había que autocensurarse. Eso fue lo bonito de nuestro teatro chileno, lo que aprendimos. Yo era bastante joven en ese momento y seguía a mis mayores, pero se aprendió a no autocensurarse, a correr siempre la reja que ponían de la censura, a correrla más allá y sobrepasarla. Eso hizo Gustavo; Marco Antonio lo siguió en eso, al igual que algunos de los actores del estreno inicial censurado. Entonces la estrenó el Teatro Imagen y tuvo un gran éxito de público.
¿Cuándo la estrenó el Teatro Imagen?
En el mismo año 1978, aunque no recuerdo bien el mes. Fue un éxito. En ese tiempo existía un informe a raíz de lo que sucedió con Tres Marías y una Rosa, firmado por una supuesta sección cultural de la Junta Militar, que decía que era mejor no censurar estas obras, sino dejarlas pasar porque no llegaban a más de 5.000 personas. En cambio, la censura hacía que la obra se difundiera internacionalmente y adquiriera más importancia que el hecho de que llegara a una cantidad mínima de gente. Pero esta obra realmente llegó a muchísima gente.
Esos valores los pude ponderar ahora al montarla y crearla, basándome en lo que recordaba de la dirección de Gustavo. Me fui encontrando con un material que tiene vigencia por sí mismo. No necesité adaptar, transformar ni modificar nada del texto, y ahí entendí por qué se ha transformado en un clásico. Como dice un teórico del arte y del teatro: «Los clásicos son aquellas obras que nunca terminan de decir lo que tienen que decir; siempre están vigentes». La obra, felizmente, continuó. Aplaudo al Teatro Imagen, a Gustavo y a Marco Antonio por haber decidido seguir adelante en la incertidumbre, sin saber qué iba a pasar. Tuvieron el arrojo de hacerlo porque finalmente ha sido un aporte de identidad al teatro chileno, con un esquema social, político y personal. Siendo Marco Antonio psiquiatra, la obra posee todos esos planos de lectura. Eso es lo que encontré hoy en día; no necesité modificar el lenguaje y el público que asista se va a encontrar con una obra totalmente vigente.
Respecto a los montajes posteriores, como el de 2010 para el Festival Teatro a Mil por el Bicentenario y el de 2014 por los 40 años del Teatro Imagen, ¿Cómo comparas este montaje con esos periodos históricos tan cercanos pero a la vez tan distintos?
Mantuvo su vigencia en todos esos momentos. Para el 2010, el Festival Teatro a Mil hizo una selección de obras de distintas épocas para el Bicentenario y le consultó al Teatro Imagen y a Gustavo. Él decidió hacer Lo crudo, lo cosido, lo podrido porque le pareció pertinente entre otras opciones como El último tren, que también es un clásico del teatro chileno. En 2010 tuvo una gran aceptación por los temas que aborda.
Hay desencadenamientos o desenmascaramientos políticos, más que denuncias, porque nunca se planteó como una obra de protesta. Marco Antonio no la concibió así, pero resulta en un —como decía José Donoso— «correr un tupido velo» sobre una serie de temas de identidad social, política y personal. Todo eso tuvo la misma vigencia en 2010, en 2014 y la tiene ahora.
Respecto al personaje femenino y considerando las transformaciones de género en Chile en los últimos 15 ó 20 años, ¿Cómo ves al personaje de la administradora del restaurante hoy en día?
Es muy bonito lo que plantea Marco Antonio en su texto. Ella es la mujer del grupo y resguarda el patrimonio histórico, el pasado, presente y futuro del grupo. Mantiene todo el contenido de las situaciones y del momento histórico; lo contiene ella. Es como un oráculo que va marcando el presente y lo que vendrá. Es un personaje hermoso. A mí me tocó interpretarlo anteriormente, pero ahora no podía actuarlo porque si dirijo no me parece adecuado actuar; son dos planos distintos y contradictorios para mi caso.
Con respecto al elenco actual, ¿se repiten algunos actores de los últimos montajes o son completamente nuevos?
Son nuevos. Hugo Medina y Óscar Hernández, que estuvieron antes, están en otras actividades. Hugo está en una obra rindiendo homenaje a Manuel Rodríguez (El que no se rinde, no es de la Patria o similar) y Óscar está con otros proyectos. Quería que estuvieran, pero no se pudo. El elenco que se armó finalmente me encanta: Cristián García-Huidobro, Pablo Teillier, Jean-Michel Servan, Denise Nassar, Ignacio Adell y Agustín Moya. Agustín fue mi compañero de curso en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile hace muchos años, al igual que Cristián. Es un reencuentro muy bonito. Gonzalo Robles la hizo desde la versión original como miembro del Teatro Imagen y Lucho Alarcón también participó, pero no pude contar con ellos esta vez. Sin embargo, cuento con un elenco maravilloso con el que nos entendemos muy bien. Ha sido muy agradable la confianza que han depositado en mí como directora.
Sobre el Festival Identidades en Antofagasta, que se realiza desde 2015 en el escenario de las Ruinas de Huanchaca, ¿Cómo fue la experiencia de presentar esta obra en un espacio tan particular?
Fue el estreno de esta nueva etapa. Estrenarla en el Festival Identidades es una aspiración, porque es un evento impecablemente organizado por su directora, Alejandra Rojas, y su equipo. Tienen una experiencia que hace que todo funcione como reloj y con una disposición maravillosa.
El público de Antofagasta, a lo largo de once años, ha desarrollado un criterio teatral que hace que su recepción sea muy significativa. Estar ahí al aire libre, con más de 800 personas, fue un placer. Adaptamos el montaje al espacio y funcionó todo increíblemente bien.
Alejandra fue alumna de Gustavo en la Escuela de Teatro Imagen, la cual dirigimos hasta el año 2024. Gustavo siempre propiciaba que la gente de regiones que venía a estudiar volviera a su territorio a hacer teatro. Alejandra ha cumplido eso con creces, ampliando la labor identitaria hacia los países del altiplano.
A propósito de la formación de audiencias que ha generado este festival en Antofagasta, ¿Cómo percibes la relación del público con la obra?
En la medida en que el público asiste a un festival, se va formando como audiencia artística. Adquieren criterio, discernimiento y saben cuándo están recibiendo una propuesta genuina. Para uno como creador es una evaluación muy importante.
En este caso fue una recepción maravillosa. El público estuvo atento todo el tiempo y hubo reacciones colectivas hermosas: cantaron una de las canciones con los actores y aplaudieron el ritmo en una escena de baile. No imaginábamos una participación tan activa. Se cumple el objetivo del teatro: que el espectador viva una experiencia vital significativa, porque nadie sale igual después de ver una obra que lo involucra y lo conmueve.
El espacio de las Ruinas de Huanchaca también aporta mucho a la experiencia…
Así es, y el espacio está muy bien equipado y organizado para el equipo técnico y artístico. La producción del festival, a cargo de Javiera Reyes, es de altísimo nivel, muy resolutiva y acogedora. Cumple una función social y cultural que justifica plenamente su financiamiento. Esto recuerda a otras experiencias, como los Temporales Teatrales de Puerto Montt, donde las audiencias regionales se convierten en evaluadores naturales del trabajo escénico.
Para concluir, ¿Qué sigue ahora con la temporada en Santiago?
Estrenaremos el 29 de octubre. Tuvimos que postergar unos días la fecha inicial debido a las condiciones climáticas y arreglos del espacio. Estaremos en cartelera hasta la última semana de noviembre y luego esperamos participar en festivales durante el verano.
Aún no nos han convocado a Santiago a Mil porque no han visto el montaje actual, pero esperamos estar presentes en diversos festivales y circuitos municipales. Nuestra producción es independiente y privada, realizada con mucho esfuerzo y de forma muy personal y directa.
Ficha técnica
Titulo: Lo crudo, lo cocido y lo podrido
Autor: Marco Antonio de la Parra
Dirección: Elsa Poblete
Puesta en escena original: Gustavo Meza
Elenco: Cristián García-Huidobro, Pablo Teillier, Jean-Michel Servan, Denise Nassar, Ignacio Adell y Agustín Moya.
Coordenadas
Identidades Festival
Domingo 11 de octubre de 2026.
Ruinas de Huanchaca (Anfiteatro y explanada), en Antofagasta, Chile.
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