Oscar 2018: una premiación política (en la medida de lo posible)

Oscar 2018: una premiación política 

(en la medida de lo posible)

Por Jorge Letelier

Luego de uno de los años más tensos de su historia reciente, donde el productor más exitoso de las últimas décadas, Harvey Weinstein, pasó en pocos días a convertirse en el mayor paria de la industria (con graves acusaciones e investigaciones judiciales por acoso sexual y violación), se podría haber pensado que la reciente ceremonia del Premio Oscar iba ser la ocasión para consolidar la visibilidad política ganada por las actrices de Hollywood contra el acoso así como los movimientos #metoo y #timesup

Pero el nivel de combatividad no fue tal (al menos ni de cerca a lo que ocurrió en los Globos de Oro) con el recordado pero criticado speech de Oprah Winfrey. También se hubiera pensado que el gobierno de Trump iba a recibir diversos espolonazos en una industria que había elegido como nominados a un grupo de filmes que hablaban de inmigración, racismo, visibilidad de minoría sexuales y los temas que hoy copan la agenda mundial.

Pero poco de eso ocurrió. Hubo alusiones, disidencia y algunos discursos (el de Frances McDormand fue el más notorio, emocional pero repleto de lugares comunes), pero nada que se le parezca a una tensión inherente en el aire. Quizá algo de eso provocó que la transmisión del domingo fue la de menos rating de su historia: apenas 26,5 millones de espectadores en EEUU, un 19% menos que el 2017. No es que la controversia o la reivindicación política aumente de por sí el rating, pero las circunstancias no eran las de otros años, con una temperatura ambiente proclive a la indignación por la cultura del abuso sexual y laboral, la reivindicación por la igualdad de ingresos entre hombres y mujeres y la difícil situación para los migrantes en el gobierno de Trump. Incluso había espacio para ese margen totalitario del “si no estás conmigo estás en contra”, que afectó la nominación de Kate Winslet, y afectó la imagen pública de Timothé Chalamet y Quentin Tarantino, entre otros.

Por ello que se esperaban encendidas arengas. No por nada parte del favoritismo se lo llevaban filmes que hablaban sobre la inmigración y el temor al otro (“La forma del agua”), el racismo inherente al progresismo político (“¡Huye!”) y la opción de premiar por primera vez en su historia como mejor filme a una cinta dirigida y escrita por una mujer (“Lady Bird”). O sea, las condiciones para demostrar que la Academia de Hollywood estaba cambiando irreversiblemente para estar a tono con los tiempos, tenía todo de su lado.

Pero si bien se dio la lógica, y ganaron las cintas que venían mejor aspectadas en los aprontes previos, el palmarés dio cuenta de un tímido ajuste a la contingencia política de estos días. Premiar a “La forma del agua” como mejor filme y director (Guillermo del Toro) es reconocer a la cinta “políticamente” más inofensiva de todas. Pese a su metáfora sobre la aceptación del otro y la mirada bienpensante sobre el marginado, no tiene la tensión ni la urgencia de “¡Huye!”, quien parece golpear directamente al corazón de Hollywood y su aparente progresismo político pero que sigue manteniendo relegado a la comunidad afroamericana a posiciones secundarias. Hasta “Llámame por tu nombre” y su idealismo del primer amor, parece osada frente al filme de Del Toro por su notable naturalidad para despojarse de la etiqueta gay y narrar con gran belleza una historia de amor a secas. En esa lógica, el gesto más rotundo de visibilización la generó la cinta chilena “Una mujer fantástica”, la que pese a que es vista en EEUU como el filme que revela una problemática trans e inaugura la estadística de ser el primer filme ganador con protagonista trans, es en Chile donde su utilidad como artefacto político-artístico está por venir, ya que está tensionando nada menos que la demorada aprobación de la ley de identidad de género.

Y poco más que agregar. Si sumamos que la tan ansiada igualdad en la industria entre hombres y mujeres se zanjó con ningún premio para “Lady Bird”, pese a que se podía esperar que su protagonista Saoirse Ronan hubiera podido obtenerlo.

Quizás más que una premiación reivindicativa o política, fue una premiación mexicanizada, donde Del Toro se unió a Cuarón y González Iñárritu como el tercer azteca en obtener el Oscar a mejor director en 5 años, sumado a los premios de Coco (mejor filme animado y canción original), cinta Pixar pero de alma mexicana. Si eso es algo parecido a una respuesta hacia Trump y su política odiosa contra sus vecinos, puede ser. Pero no es un golpe al mentón como se esperaba luego de un año zarandeado como pocos y que tenía bastantes querellas en disputa para haber pasado a la historia.
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