Violeta Parra: Un Museo para la Vida

Un museo para la vida
Por Noelia Barrientos


Violeta daba las gracias a esa vida que le había dado tanto. Algún artículo apuntaba a que esa canción se oponía a lo que pasó tan sólo un año después: una  marcha de los pies cansados que le mandó lejos, y, como suele pasar con los que no regresan cuando parten, se llevaron con ellos sus recuerdos y todo lo que rodeó su existencia.

Sin embargo, esa vida a la que tachaba de generosa, le ha dado ahora también un museo en pleno centro de Santiago de Chile. A unos pasos del metro Baquedano. Una especie de cueva de piedra orgánica, y atravesada por rampas, cristaleras, luz, y música para recopilar y tratar de reconstruir, en definitiva, a esa Violeta Parra ‘madre, hermana, amante, hija’ que exprimió y amasó una existencia determinada por la pasión enfundada en el arte en todas sus múltiples formas.
El arte de la música, del cantar, del tejer, del pintar, del escribir. Retazos al fin y al cabo clavados en troncos de árbol con sus acordes escondidos en su interior, arpas sin cuerdas colgadas de la pared, telares enormes hablando de una sociedad caprichosa y marcada por la incertidumbre y desconcierto. Tan importante es esa colección de tesoros que reconstruyen la historia de la hermanísima del antipoeta, como la época de la que datan.
Llamaba la atención sobre todo de un huerto que se veía a través de un escaparate con notas musicales. Y es así como uno se da cuenta de que, un plan de sábado cualquiera, puede ayudar a acercarte a la realidad chilena, a su arte folclórico e identidad. Como bien simboliza el huerto a la entrada del edificio, el que siembra, siempre recoge. Alguno, con suerte, alguno tomates. Violeta recogió un museo.

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